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ÁLVARO DE ALBORNOZ,
MINISTRO1
Por Ricardo Serna
A lo largo de la historia de España,
muchos han sido los personajes ilustres o conocidos que,
a modo de elección libre y personal, quisieron
ser recibidos francmasones. Hoy traemos a la palestra
a uno de tantos, don Álvaro de Albornoz y Liminiana.
Nació en Luarca (Oviedo), en 1879, y desde su primera
juventud estuvo vinculado a la acción social y
al compromiso político. Ingresó en el Partido
Republicano radical de Lerroux en 1909, siendo elegido
diputado al año siguiente. En 1929 intervino, en
compañía de Marcelino Domingo, en la formación
y definitiva cohesión del Partido Radical Socialista.
Desempeñó la cartera de Fomento en el gobierno
provisional republicano de abril de 1931 y más
adelante fue también ministro de Justicia en el
ministerio Azaña. Marchó de España
al final de la guerra civil y presidió el gobierno
republicano en el exilio entre 1945 y 1946. Murió
en México el año 1954, no sin antes ver
publicadas, entre otras, sus obras Individualismo y
socialismo y Páginas del destierro.
Si la memoria no me traiciona, recuerdo
haber visto un retrato suyo, pintado al óleo por
Quintanilla -magnífico lienzo, por cierto-, en
uno de los despachos madrileños del Ministerio
de Justicia.
Era Álvaro de Albornoz, según
testimonio de algunos de sus coetáneos, un hombre
de porte digno y elegante, inteligente y sereno, más
bien delgado de físico y muy educado, discreto
y al tiempo sociable y buen conversador.
De su filiación masónica
no cabe duda alguna. José Antonio Ferrer Benimeli,
ínclito historiador, lo cita como tal en el segundo
volumen de su celebrada Masonería española
contemporánea, y María Dolores Gómez
Molleda afirma también por su parte, en La masonería
en la crisis española del siglo XX, que Álvaro
de Albornoz fue iniciado en la logia Dantón
el 18 de marzo de 1927, siendo exaltado con rapidez al
Grado 2º y 3º en el mes de mayo del mismo año.
Utilizó en sus trabajos y actividades masónicas
el nombre simbólico de Juan Prouvaire. Era la Dantón
una logia cuya carta constitutiva tenía fecha del
5 de diciembre del año anterior, 1926, y que al
parecer se caracterizaba por aglutinar en su seno intelectuales
con auténtica pasión política y social,
fruto sin duda de los aires que corrían entonces
por este país.
Un hombre de su época, en suma,
que bien merece nuestro recuerdo en el tiempo.
1 Publicado en la revista La Acacia,
Nueva época, Nº 9, Zaragoza, octubre 2000,
p. 8.
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