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FLOR DE JACARANDÁ,
HISTORIA DE UN ILUSTRADO MASÓN1
Por Ricardo Serna
Flor de jacarandá
Eduardo Alonso
Muchnik Editores
Barcelona, 1991
129 páginas
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Bajo un título
tan lírico como sugerente, Eduardo Alonso vuelve
a retomar los esquemas narrativos que le son propios para
contarnos, en algo más de cien páginas,
la historia parcial del marqués de Lanuza, personaje
cincuentón y viudo, casado en segundas nupcias
con la jovencísima Leonor de Molina.
Eduardo Alonso (Asturias,
1944) permanece fiel a su concepción estética
del relato. Prueba de ello lo tenemos en su misma trayectoria
como narrador. Ha publicado, entre otros libros,
Los jardines de Aranjuez (1986) y Las quimeras
del gato (1990).
El libro, avalado en edición
de bolsillo por Muchnik Editores, aparece en el
mercado con un diseño sencillo, elegante y funcional.
El argumento se convierte en la faceta
más atractiva de la entrega, aunque no resulta
de menor interés la palabra y el buen hacer constructivo
del autor, quien por medio de una adjetivación
cuidada y de un léxico extenso y apropiado a la
ocasión, consigue captar nuestro interés
e implicarnos en seguida en la trama -por otro lado muy
simple- de la novela en cuestión.
Don Luis de Lanuza, noble español
ubicado en el Madrid de Carlos III de España, vuelve
a su país tras un largo viaje "por cortes
y ciudades de Europa, becado por el ministro para informar
sobre la reforma de los espectáculos".
Dicho viaje será el punto de partida del argumento
vertebral. Con el protagonista llegan a España
dos personajes importantes en el libro: Isadela -la criada
mulata de la Martinica, a quien el marqués había
encontrado en una taberna de Burdeos- y el guapo cantante
Giuseppino Balducci, un castrado que se convierte al poco
tiempo en el amor pasional de su joven y aburrida esposa
Leonor.
Hay dos aspectos que me gustaría
destacar. De un lado, el marcado erotismo que desencadenan
los mismos personajes. Isadela, por ejemplo, vela en todo
momento por el "bienestar" del marqués,
quien regresa a Madrid, por cierto, con "su miembro
enfermo. Mi amo -dice la mulata- quiere que le cure el
bananito...pos Isadela le hará todo bien para que
su amo esté contento".
Isadela es el trasunto de la prostituta
complaciente, grandota y exótica del ilustrado
don Luis. El cuerpo de su esposa, delicado, esbelto y
algo frío también, será el contrapunto
imprescindible en los amores carnales de nuestro bien
dibujado protagonista.
En el mismo contexto erótico
habría que integrar las relaciones, ligeramente
perversas, que se establecen entre Leonor, esposa del
noble, y Giuseppino, el muchacho italiano. Ambos comparten
soledad e incapacidad de relación. Por eso se atraen
mutuamente y acaban juntos en la cama, donde "ella
empezó a advertir bajo la piel un río de
hormigas".
El segundo punto de interés lo
vemos en la ambientación histórica y en
el análisis que se hace de la España contradictoria
de la segunda mitad del siglo XVIII. Don Luis de Lanuza
es el espejo donde Eduardo Alonso pretende reflejar
el pensamiento confuso de la época. La Ilustración
quedará mutilada en nuestro país, herida
en lo esencial al entrar en contacto con el rigorismo
absurdo de las instituciones caducas representadas por
el Tribunal de la Inquisición.
El marqués, gracias a su viaje
por Europa, se percata de que el mundo de las ideas no
tiene fronteras. Toma contacto en Viena con un grupo de
francmasones y asiste "a los ritos catecuménicos
de una logia" en la que se hallaba "Da
Ponte, letrista de un joven músico llamado Mozart".
El tema de la Masonería aparece
como telón de fondo en lo tocante a materia social
o de pensamiento. Eduardo Alonso describe -incluso- parte
del ritual simbólico de iniciación en los
templos masónicos, aunque lo hace a grandes rasgos
y con evidente afán de generalización.
Al nuevo hermano le impresiona "el
idealismo de creer en la libertad, la igualdad y la fraternidad,
tres consignas que podían poner el mundo patas
arriba".
Alonso realiza una perfecta ambientación
sociopolítica, dejando bien claro a la vez su nivel
cultural y su dominio de la historia.
Por si fuera poco, la novela va tomando
un interés creciente conforme se avanza en la lectura,
de modo que intriga y buen estilo se entremezclan con
el lirismo azulado de la flor de jacarandá,
testigo mudo de un argumento apetecible y bien desarrollado.
1 Publicado el 5-XII-1991 en Rayuela,
suplemento cultural de El Periódico de Aragón,
bajo el largo epígrafe siguiente: Eduardo Alonso
aborda con brillantez la historia de un ilustrado masón.
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