| |
IGLESIA CATÓLICA
VERSUS MASONERÍA .
UN CONFLICTO MUY ESPECIAL1
Por Ricardo Serna
Por lo delicado del asunto, poco se
habla en tribunas públicas del conflicto que la
Iglesia inició -y hay que ser claros al decirlo-
a causa de su rigidez y circunstancias históricas,
allá por 1738, cuando el papa Clemente XII, en
su bula In Eminenti, condenó la Masonería,
entre otras razones por el peligro que, según la
Iglesia, implicaba una sociedad abierta a hombres de cualquier
religión. La condena de la bula In Eminenti
no se limitó a la excomunión, sino que provocó
excesos como penas de muerte o aniquilación de
numerosas logias, entre otras secuelas por el estilo.
Son éstos los errores antiguos -como escribe el
diplomático Vaca de Osma- "que fueron ahondando
el abismo y proyectando hacia el futuro más males
que bienes"2
Poco después de la condena
de Clemente XII, llegó también la de Benedicto
XIV, quien la ratificó en su bula Providas.
De aquellos barros, le llegaron a la Iglesia los lodos
de la segunda mitad del XIX y, sobre todo, del primer
tercio del siglo XX, fechas en las que el antiguo conflicto
con la Masonería se incrementó progresivamente
y tuvo sus cimas en los momentos álgidos en los
que la Iglesia Católica se mostraba y comportaba
de modo más intransigente con la sociedad de su
tiempo.
En el siglo XIX la Iglesia se va a tener
que ver las caras con los efectos prácticos y tajantes
de los gobiernos liberales, que ponen en marcha medidas
desamortizadoras y pretenden la separación definitiva
de los dos poderes, el divino y el temporal. El Vaticano
condenará los movimientos liberales, pues verá
en ellos la antítesis del cristianismo, además
de una seria amenaza a los proyectos controladores de
la propia Iglesia en el mundo.
Será en esta fase cuando la Iglesia
empiece a considerar a la Masonería como la culpable
principal y la instigadora del liberalismo. Lo cierto
es que la Iglesia no ha cejado en sus propósitos
de condena desde que se publicase la constitución
Ecclesiam Christi, de Pío VII, el 13 de
septiembre de 1821, hasta llegar a la famosa encíclica
Humanum Genus de León XIII, dada en abril
de 1884 y de la que luego hablaremos, amén de otras
numerosas intervenciones pontificias en la misma línea.
En marzo de 1825, la constitución apostólica
Quo graviora, de León XII, reiteraba las
precedentes censuras. Este pontífice condena en
especial la que él llama "secta de carbonarios",
pero que viene a ser identificada con la Masonería,
y ésta a su vez con cualquier tipo de sociedad
secreta de la época. Pío VIII hizo lo propio
con su encíclica Traditi, de 1829. Los historiadores
especializados en vaticanismo y temas afines aseguran
que en tiempos de Pío IX, entre 1846 y 1878, se
atacaron y condenaron las sociedades secretas por lo menos
en un centenar y medio de documentos pontificios, asociando
con ellas directamente, sin más razones, a la Masonería.
El primero de dichos documentos fue
la encíclica Qui Pluribus, fechada el 9
de noviembre de 1846, en la que se refiere a las sociedades
secretas que anhelaban pisotear los derechos del poder
sagrado y de la autoridad civil. Igualmente, en su alocución
Quibus quantisque, del 20 de abril de 1849, Pío
IX señaló a la Masonería como causa
principal de los males que aquejaban al Estado Pontificio.3.
En 1865, la encíclica Quanta Cura volvió
sobre las andadas, proscribiendo aquellas sociedades clandestinas
a cuyos miembros se exigiese guardar secreto. Es fácil
comprender cuán oscura puede ser la comprensión
de tan ambiguas definiciones. Y en su alocución
Multiplices inter, de fecha 25 de septiembre del
mismo año, Pío IX volvió a referirse
a la Masonería, definiéndola esta vez como
"sociedad de hombres perversos" y como "secta
criminal que ataca las cosas públicas y santas".
El mismo pontífice, el 12 de octubre de 1869, en
su constitución Apostolicae Sedis, conminaba
con la excomunión latae sententiae a todos
los que diesen su nombre a la Masonería o a otro
tipo de parecidas sociedades.
Fue a partir de la mítica fecha
de 1868 cuando el conflicto se agudizó de forma
notable y hasta peligrosa. Para la Francmasonería,
el clericalismo se personificaba -y parece que aún
se personifica a veces, siglo y medio después-
en el jesuitismo, ya que la Compañía de
Jesús ha sido vista a menudo, en según qué
círculos políticos y sociales, como inequívoca
avanzadilla de la hipocresía y del oscurantismo
en la sombra. Piénsese que el antijesuitismo no
es exclusivamente masónico. Ortega y Gasset, en
1911, dijo: "El vicio radical de los jesuitas y especialmente
de los jesuitas españoles no consiste en el maquiavelismo,
ni en la codicia, ni en la soberbia, sino lisa y llanamente
en la ignorancia". El anticlericalismo de la Francmasonería
se dio como simple reacción al encono del Vaticano,
y exclusivamente para colocar a la Orden en estrategias
defensivas que, dependiendo de las circunstancias históricas,
fueron enquistándose en su tejido interno y derivando
ocasionalmente en posturas radicales.
León XIII, cuyo pontificado se
desarrollo entre 1878 y 1903, firmó y rubricó
al menos doscientos veintiocho documentos de condena contra
la Masonería y las sociedades secretas en general.
La Orden aparecía como cabeza de turco en buena
parte de los discursos y papeles pontificios, especialmente
en la encíclica Humanum Genus de 20 de abril
de 1884, que es la más ofensiva y acusatoria contra
la Francmasonería. Se pretende justificar esta
nueva condena al apuntar que la Masonería busca
"destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso
y civil establecido por el Cristianismo". Esta encíclica
hizo mucho daño a la Orden del compás y
la escuadra, ya que alcanzó enorme difusión
y se hizo de ella bandera contra los enemigos de la Iglesia
y aun de ciertos gobiernos y partidos políticos.
Benedicto XV promulgó, el 27
de mayo de 1917, un Código de Derecho Canónico
en el que se condenaba de nuevo, explícitamente,
a la Masonería y a los francmasones a través
del canon 2335. Penaba "a todos los que dieran su
nombre a la Masonería y a otras asociaciones del
mismo género que maquinan contra la Iglesia o contra
las autoridades civiles, con excomunión reservada
a la Sede Apostólica".
Mediado el siglo XX, el 26 de junio
de 1958, poco antes de su muerte, Pío XII renovaba
la condena, o sea, confirmaba el polémico artículo
2335 del Código Canónico.
El nuevo Código, promulgado por
Juan Pablo II, se fecha el 25 de enero de 1983, y ya no
se condena específicamente a la Francmasonería,
matiz de enorme trascendencia, a pesar de los esfuerzos
del cardenal Ratzinger por dar la sensación de
que la postura de la Iglesia no había cambiado
un ápice al respecto. En el canon 1374 dice concretamente
"que aquel que dé su adhesión a una
asociación que actúe contra la Iglesia sea
castigado con una pena justa; que aquel que promueva o
dirija tal asociación sea castigado con interdicto"
(que no pueda celebrar o recibir sacramentos). Es decir,
en 1983 se sustituyó el canon 2335 por el 1374.
Como señala el historiador oscense Ferrer, "ha
desaparecido toda referencia a la masonería, a
la excomunión y a los que maquinan contra las potestades
civiles legítimas, tres de los aspectos básicos
que sólo tenían razón de ser en el
contexto histórico de un problema concreto italiano
del siglo XIX que, evidentemente, al no existir hoy resultaba
anacrónico mantener"4
Este largo e injustificado conflicto
entre Iglesia y Masonería tuvo un reflejo nítido
en la prensa de ciertas épocas, sobre todo en la
del último tercio del XIX y el primero del siglo
pasado. La antimasonería llegará en España
a uno de sus puntos culminantes en 1899, cuando todos
los obispos, reunidos en el V Congreso Católico
Nacional de Burgos, firmaron un manifiesto, dirigido al
gobierno, solicitando una reforma urgente de la Ley de
Asociaciones con el fin de conseguir la expulsión
del país de todos los francmasones.
El profesor Enríquez del Árbol
ha estudiado el antimasonismo en la prensa granadina,
concluyendo que los dos periódicos adscritos al
movimiento católico de comienzos del XX reaccionaron
de forma similar, es decir, atacando agresivamente a la
Masonería y culpando a la Orden liberal de todos
los males de la patria pasados y aun venideros. El diario
católico El Triunfo, acusa a la Masonería
de numerosas inmoralidades. Se dice, por ejemplo, que
la Francmasonería era "un antro de apóstatas,
herejes, asesinos y criminales".5,
entre otras lindezas. La política antimasónica
de este tipo de publicaciones se basaba en la calumnia
sistemática y en la filosofía barata de
que así, con tiempo y constancia, algo se conseguiría
en pro del cristianismo español. Lo dicho para
la prensa granadina vale igualmente para la zaragozana
de la misma época y tendencia. En 1901, los primeros
números de El Noticiero, diario tradicionalista
muy ligado a los sectores católicos de la ciudad,
hablan mal de la Masonería, achacándole
algunas de las principales lacras de la sociedad. También
se hace eco interesado de la situación de la Masonería
en Francia6, y se vale de los
asuntos galos para importar de allí las más
duras acusaciones hacia la Orden. Ni que decir tiene que
en Madrid la avenida antimasónica se deja sentir
con ganas en la prensa católica, quizá todavía
con mayor virulencia que en provincias, si cabe, o cuando
menos con unas mejores fuentes de información previa.
Entre 1846 y 1903, esos ataques a la Masonería
por parte de la Iglesia se desarrollaron a modo de guerra
abierta, y diversos obispos españoles escribieron
contra ella, como ya lo hiciera en 1833 el de Barcelona,
Jaume Catalá, autor de Pastoral del Excmo. E
Ilmo. Sr. Obispo de Barcelona sobre la Masonería,
texto muy difundido en su época.
Señalar por último, para
ir terminando, que como resultado lógico de tanta
crítica desorbitada y tanto insulto destemplado,
el católico de a pie hubo de sacar necesariamente
la conclusión de que el poder de la Masonería
era enorme, ya que el despliegue de medios críticos
en su contra por parte de la Iglesia fue ciertamente abrumador
y del todo desproporcionado.
Si a las tenaces condenas eclesiales
de siglos sumamos la terrible e incalificable persecución
que el régimen español desencadenó
contra los masones a partir de 1940, habremos hallado
el porqué de la mala prensa que, todavía
en la actualidad, tiene la institución en España.
Parece constatarse que los francmasones pretenden reivindicar
ahora esa dignidad social que nunca debieron perder. Pues
bien, si esto es así, la Orden habrá de
esforzarse en buscar salidas airosas y positivas en pro
del entendimiento y la colaboración entre las distintas
obediencias que operan en el país, fomentar el
diálogo interno y la comunión, así
como afanarse en ofrecer su cara más amable a esa
sociedad tan mal informada en la que trabajan y por la
que tanto han dado en coyunturas históricas adversas.
La Iglesia, por el otro lado, ha de entender que los tiempos
cambian y que los viejos anatemas han perdido sentido
frente a la actualidad de la vida, mal que les pese a
los sectores integristas.
El 17 de febrero de 1981, la Congregación
para la Doctrina de la Fe publicó una declaración
en la que se afirmaba de nuevo la excomunión para
los católicos masones. Se trataba, sin duda, de
un intento involutivo poco afortunado. Ahora, más
que nunca, el diálogo se hace preciso. Y aún
voy más lejos: sería buena y necesaria la
completa e inequívoca reconciliación entre
Iglesia y Masonería, pero a estas alturas ya no
bastaría con eso. Dado que ambas instituciones
dedican parte de sus trabajos y esfuerzos en beneficio
de la sociedad, incluso debería buscarse una futura
y mutua colaboración en algunos temas. Claro que,
después de leer el artículo que el Arzobispado
de Madrid ha difundido a través del número
257 de su semanario Alfa y Omega, pocas esperanzas
de entendimiento parecen existir hoy en realidad. En dicho
trabajo periodístico se dice que "la actitud
de la Iglesia permanece invariable".
Ha sido éste un interminable
contencioso de imprecisos, inexactos y sólo aparentes
intereses contrapuestos, repleto para colmo de innúmeros
desencuentros y malentendidos, que nunca debió
iniciarse y al que la Iglesia de hoy está moralmente
obligada a poner fin en el más breve plazo de tiempo
posible.
1 Publicado en la revista La Acacia,
Nueva época, Nº 11, Zaragoza, junio 2001,
pp. 8-9.
2 VACA DE OSMA, José Antonio, La Masonería
y el Poder, Barcelona, Editorial Planeta, 1992, p.
139.
3 El profesor Ferrer escribe que dicha alocución
tuvo lugar unos meses después de la revolución
romana de 1848, que obligó al Papa a refugiarse
en el vecino reino de Nápoles. Véase FERRER
BENIMELI, J.A., El contubernio judeo-masónico-comunista,
Madrid, Istmo, Col. Fundamentos nº 78, 1982, p. 40.
4 FERRER BENIMELI, J. A., La masonería, Madrid,
Alianza Editorial, 2001, pp. 95-96.
5 Artículo titulado "Inofensivos", en
El Triunfo, Granada, ejemplar de fecha 22 de junio
de 1899, p. 2.
6 Véase SERNA, Ricardo, "Masonería
y decadencia de España. Les Documents Maçonniques,
una revista antimasónica en la Francia ocupada",
En AA.VV., La Masonería en la España
del siglo XX, Actas del VII Symposium Internacional
de Historia de la Masonería, Universidad de Castilla-La
Mancha y CEHME, Toledo 1996, pp. 827-843.
|
|