LA MASONERÍA COMO VIAJE1


Por Ricardo Serna


   Hoy quiero hablar como viajero. Por tal me tengo, tanto en la vida profana como en esta otra peculiar y amable de la logia, universo esotérico en el que procuro olvidar mi pequeñez y mis angustias mundanas.
   Llego a la estación de los pasos perdidos y subo ilusionado al tren de los sueños, de los ideales y los principios. Llevo guantes y mandil por todo equipaje. Tomo asiento en el lugar asignado dentro del vagón y enseguida reconozco a los demás viajeros; sois vosotros, benditos insatisfechos, buscadores utópicos de mil distintas salvaciones personales.
   Mas antes de subir al tren de la iniciación, os garantizo que me había informado a conciencia del destino del convoy; pregunté por las estaciones de parada, por el tiempo de las etapas o recorridos y, en fin, por todos los detalles del trayecto. Se me antojaba éste un viaje largo, importante, y no era cuestión de actuar a la ligera. Al fin me decidí a sacar billete. Una vez que el tren inició su travesía, y yo con él, me percaté de que en este itinerario no existía más objetivo que el propio del viajero profano y tradicional: alcanzar la estación última de la muerte -final de trayecto- siendo mientras tanto persona de bien.
   Si eres nuevo en el convoy, si acabas de llegar, conviene mirar el panorama sin prisas, incluso gozar de él con inteligencia y relajo. Es bueno fijarse en los viajeros expertos, que saben mucho por experiencia. Porque oír y callar sin juzgar a nadie, observar sin prejuicio y ser prudente, han de ser propiedades de todo aprendiz o compañero. En este viaje extraordinario no se viene a pedir, sino a dar. Tenedlo en cuenta. El que haya subido al tren para correr más o para llegar antes a donde sea, para pedir honores o promociones, para ostentar o figurar, que se apee. Son los viajeros más antiguos y diestros los que dispondrán de uno, los que te reclamarán, cuando lo juzguen conveniente, para más altos grados, trabajos y responsabilidades. En este viaje místico aprendí que la paciencia y el trabajo eran también herramientas esenciales. El que aprende ha de observar, preguntar, buscar por su cuenta, y no esperar inactivo a que los demás se lo den todo hecho. El viajero nuevo, y el no tan nuevo, ha de leer, ha de grabar planchas originales, sentidas, comprensibles y útiles para el taller, y ha de ser receptivo al buen consejo de los maestros. Por eso se dice en Masonería que cada cual ha de afanarse en cincelar su piedra bruta.
   Sigo sentado en este sillón que, aun sin parecerlo, es de aprendiz de viajero. Peregrino sin prisas ni sueños imposibles, viajero mayor y lánguido que ya no pretende cambiar el mundo, sino sobrevivir en él sin perder la dignidad de ser humano. En mi calidad de compañero de viaje os animo a que miréis hacia vosotros mismos aunque sin perder tampoco de vista por ello el paisaje exterior y luminoso allende las ventanillas.

 

1 Publicado en la revista Delta nº 45, Barcelona, 2004, pp. 52-55