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LA MASONERÍA EN MADRID1
Por Ricardo Serna
Hasta
hace poco más de dos décadas, la historia
de la Masonería en España estaba en mantillas.
Se sabía poco, el material de archivo disponible
no se había removido aún y los escasos libros
que tocaban el asunto lo hacían únicamente
desde el ángulo lesivo de la pasión ciega
de los respectivos autores, bien en pro o en contra; casi
nunca desde la atalaya de la genuina imparcialidad, única
vía capaz de aportar algo de luz sobre el tema.
Hoy, gracias al avance de los métodos de investigación,
a la especialización de un selecto y bien coordinado
grupo de profesores universitarios y departamentos, y
a la proliferación de publicaciones claras y rigurosas
al respecto -auspiciadas por centros y fundaciones públicas
o incluso por las mismas universidades- ya conocemos en
buena medida la historia exacta de esta controvertida
y discreta institución que tantos avatares ha sufrido
a lo largo de su penoso devenir.
En nuestro
país, uno de los primeros historiadores que desbrozaron
la senda oscura de los inicios, y que viene dejando de
entonces acá una huella imperecedera de su quehacer
excelente como investigador de la historia, es el profesor
José A. Ferrer Benimeli, de la universidad de Zaragoza,
al que desde estas pobres líneas rindo mi personal
y modesto homenaje de reconocimiento por su magnífica
tarea universitaria, ingente labor intelectual que nunca
se le agradecerá bastante.
Madrid, por
su importancia como capital del Estado, ha sido plaza
de interés preferencial para la Masonería
especulativa, y ha jugado un papel de primer orden en
lo tocante al asentamiento, permanencia y actividad de
las distintas logias y triángulos. Las obediencias
masónicas han visto en la capital un lugar emblemático
desde donde operar y extenderse. Por ello, Madrid se convirtió
pronto -sobre todo entre 1868 y 1920- en el punto de referencia
básico dentro de la estructura logística
de la Masonería nacional de fines del diecinueve.
En ese lapso de tiempo tan extenso,
hallamos en Madrid cinco talleres activos y vigorosos:
las logias Comuneros de Castilla, La Razón y
Fraternidad Ibérica, y los capítulos
Esperanza y Juan de Padilla.
Antes
de 1868, la Masonería detentaba una escasa implantación
en nuestro país. Fue a raíz del sexenio
revolucionario y de la Restauración cuando la Orden
del compás y la escuadra, de oscuro comportamiento
en según qué coyunturas históricas,
se vio impulsada por las favorables circunstancias políticas
imperantes. Surgen entonces nuevos talleres y se acrecienta
de manera significativa el número de francmasones.
Tanto que, ni siquiera durante la Segunda República,
se alcanzaría tal cifra de iniciados. Es preciso
anotar, no obstante, que esa Masonería matritense
del último tercio del XIX había modificado
en buena parte sus esencias tradicionales. Era una Masonería
tintada de política, siendo por eso mismo un descarado
punto de apoyo de partidos republicanos o de otros de
ideología y trayectoria liberales. De las logias
reseñadas en Madrid para el periodo posterior a
la Gloriosa, existe una rica y abundante documentación,
especialmente en el Archivo Histórico Nacional
de Salamanca, que -como acertadamente señalan Márquez,
Poyán y otros en su libro2
, "fue creado en 1937 como Oficina de investigación
y propaganda anticomunista". Este fondo, de enorme
riqueza y gran valor para el esclarecimiento de la historia
de la Orden, tanto en el ámbito de Madrid como
en el resto de los territorios provinciales, dependió
primero del Ministerio de Cultura. Transcurridos un par
de años, esos fondos se incluyeron en el Archivo
Histórico Nacional3.
Para conocer
debidamente la historia de la Masonería en Madrid
hay que revisar igualmente los documentos de la Biblioteca
Nacional -sala de raros y manuscritos- y el fondo Comín
Colomer, de consulta igualmente imprescindible.
Acerca de la Masonería se han
dicho y escrito cosas verdaderamente pintorescas (en ocasiones
auténticos disparates bochornosos) a lo largo de
los años, particularmente al referirse la historiografía
a ciertos personajes célebres a los que la propia
Orden ha mitificado a capricho a fin de incluirlos de
rondón en su particular panteón de hermanos
ilustres, caso del rey Carlos III o del tan sobado conde
de Aranda, que no fue masón. Los ya mentados Márquez
y Poyán, al final del segundo capítulo de
su obra4, afirman lo siguiente:
"Las investigaciones del profesor Ferrer Benimeli
han demostrado que el conde de Aranda no pudo ser el fundador
del Grande Oriente Nacional de España en 1780,
puesto que ese año se encontraba de embajador en
París, en donde permaneció desde 1773 hasta
1785 ininterrumpidamente, pues incluso le negaron el permiso
para volver a España en 1781". Y el propio
doctor Ferrer puntualiza: "...Carlos III es el único
rey europeo del que se conserva testimonio escrito de
su pensamiento y casi obsesión antimasónicos
a través de su propia correspondencia que se remonta
ya a 1751, cuando siendo rey de Nápoles prohibió
la Masonería en aquel reino, como luego continuaría
haciéndolo durante su reinado en España.
Y del Conde de Aranda -añade el profesor Ferrer-
hay que recordar que no sólo no fundó la
masonería (sic) española, ni fue
su primer Gran Maestre -como algunos pretenden-, sino
que ni siquiera fue masón"5
. Rectificaciones de este mismo cariz e importancia se
han hecho varias, pero ni aún así se deja
de abusar de los falsos mitos que circundan a dichos personajes
históricos, con la manipulación de cuyos
nombres se siguen bautizando nuevos talleres que levantan
columnas aun en la actualidad.
Tanto Carlos III como el conde de Aranda
han tenido, históricamente, una honda relación
con el Madrid del XVIII, un siglo que nos parece lejano
en el tiempo aunque apenas quede de nosotros, y de nuestro
presente, a la vuelta de la esquina. O poco más
allá.
Pero regresemos
por un instante, como jugando, al Madrid de 1728. Justamente
el 15 de febrero, el duque de Wharton, en compañía
de un reducido grupo de ingleses, fundaron en Madrid la
logia French Arms, que no fue reconocida por la
Gran Logia de Inglaterra hasta 1729. Tuvo su sede en la
calle San Bernardo. Es la misma logia que figura en otros
documentos como Las Tres Flores de Lys,"que
era el nombre del hotel francés, situado en la
calle ancha de San Bernardo donde se constituyó
la logia"6. A este histórico
taller se le conoce igualmente con el sobrenombre de la
Matritense, cuyas actividades cesaron tiempo antes de
1768, fecha en que fue borrada de la lista oficial por
la Gran Logia de Inglaterra. Como señala Ferrer,
"el duque de Wharton, coronel inglés al servicio
del rey de España, moriría en la fe de la
Iglesia Católica Romana, el 31 de mayo de 1731,
en el monasterio cisterciense de Poblet, donde fue enterrado"
a la edad de treinta y dos años.
En 1722,
Wulf, originario de la ciudad de Gante, y Colin, miembro
de los Guardias Walones de su Majestad, al lado de otros
súbditos originarios de los Países Bajos,
levantaron columnas de una logia en Madrid por mediación
de La Discrète Impériale de Alost.
Ninguno de ellos era español.
Es verdad que se pueden rastrear algunas
pistas o personajes, en especial los integrados en la
milicia, que nos hablan de ciertas presencias de talante
masónico en suelo peninsular. Éstas responden,
en muchos casos, a coyunturas de escasas raíces
temporales. Pero globalmente hablando, es preciso recalcar
que la Masonería española no existe como
tal institución en la España compleja del
siglo XVIII. Y por ende, tampoco en ese apasionante Madrid
de entonces, aun constituyendo la villa una privilegiada
ubicación de referencia en cualquier negocio, asunto
o actividad importante.
Hay que traspasar
la barrera del siglo para contemplar cómo, a raíz
de la guerra de la Independencia, llega a nuestro país
una Masonería llamada bonapartista que ya -esta
vez sí- se encuentra bien organizada. Conocemos
dos tipos de logias: las compuestas mayoritariamente por
franceses, dependientes del Gran Oriente de Francia, y
las de los españoles afrancesados, que abundaron
sobremanera en Madrid, como la Beneficencia de Josefina,
San José, Napoleón el Grande, Santa Julia
o Filadelfos, por citar algunas relevantes, que se
reunieron a fin de instituirse en la Gran Logia Nacional
de España. Es un momento histórico en el
que la Orden no hallará cortapisas para su implantación
y desarrollo. El propio rey José fue Gran Maestre,
lo que influyó poderosamente en la primera etapa
expansiva de la Masonería bonapartista en territorio
español.
Pero al salir
los franceses del territorio nacional, la situación
empieza a dar un giro notable, que culminará con
las Cortes de Cádiz y la nueva prohibición
de las actividades de la Orden, tanto en la península
como en los dominios de Filipinas. Con el regreso de Fernando
VII y el reimplante de la Inquisición, la crisis
de la Masonería se agudizará sobremanera.
Con el real decreto de 24 de mayo de 1814 se pretendió
erradicar todo tipo de círculos clandestinos. El
2 de enero del año quince, Francisco Mier, Inquisidor
General del reino, publicaba un edicto en el que se condenaba
y prohibía taxativamente la Masonería. En
este punto del siglo XIX se abre la etapa de efervescencia
de las sociedades secretas, un tótum revolútum
donde se entremezcla la política, las células
conspirativas y la rebeldía de un romanticismo
naciente que recorrerá, febril y sagaz, las sendas
de la vieja y transida Europa en busca de una oscura e
imprecisa libertad por conquistar.
Ha transcurrido el tiempo, y
con él episodios innúmeros de la historia
patria que han jalonado de nobleza moral la biografía
de muchos francmasones: la guerra de África, el
reinado de Amadeo I (que tampoco fue masón, como
se dice y repite obstinadamente)7,
la primera República de 1873 y los federalismos
cantonales, las guerras carlistas, los reinados de los
Alfonsos borbones, los movimientos anarquistas y la Semana
Trágica de 1909, el desastre de Annual, el gobierno
de Primo, la Segunda República y, por fin, el triste
colofón de la cruenta guerra civil, fruto evidente
de la más indecible intolerancia. Todo esto sin
contar el gran número de fenómenos y conflictos
cuyo origen foráneo no fue óbice para que
tuviesen aquí profunda repercusión, como
las guerras mundiales y sus secuelas, la irrupción
de los fascismos y mil hechos más que deberíamos
abordar en un análisis ajustado, cosa que tampoco
nos proponemos.
El sendero de la Masonería en
España ha estado plagado de obstáculos y,
lo que es peor, de imborrables injusticias que la propia
Historia, con mayúscula, ha sabido denunciar y
poner en evidencia. Hoy, en el Madrid transformado del
siglo veintiuno, se hallan activas, por ejemplo, las logias
Hermes Tolerancia, Concordia IV, Arte Real, Leb y Amanecer,
todas ellas dependientes de la Gran Logia Simbólica
Española. Paralelamente a esta Masonería
liberal, en la que se inscribe la antedicha obediencia,
trabajan hoy en Madrid igualmente las logias Caballeros
del Templo, Luz Fraterna, Lautaro, Hermes, Matritense,
Comenio, Fraternidad Universal, Phoenix, Hermes Amistad,
Emulation, Caballeros de la Rosa y Maestros Instalados
de Castilla, integradas a su vez en la Gran Logia
de España. Eso sin contar con los talleres pertenecientes
a otras grandes logias minoritarias.
Cabe preguntarse si la filosofía
masónica tiene algo que decir todavía en
la actualidad. Es posible que sí, pero a condición
de que supere la grave, doble y endémica dolencia
de los personalismos y la fragmentación. Si sale
airosa del reto y supera el trance, las logias seguirán
laborando discreta y eficazmente como acostumbran, contribuyendo
con modestia y tenacidad al mejoramiento de ésta
compleja y alocada sociedad común que pierde a
veces los papeles de su propio futuro
.
1 Publicado en la revista La Acacia,
Nueva época, Nº 15, octubre de 2002, pp. 10-11.
2 MÁRQUEZ, F, POYÁN y otros, La Masonería
en Madrid, Madrid, El Avapiés, 1987, p.12.
3 DÍEZ DE LOS RÍOS, M. Teresa, "Fondos
de la Masonería en la sección "Guerra
Civil" del Archivo Histórico Nacional",
en La Masonería en la Historia de España,
Actas del I Symposium de Metodología aplicada a
la Historia de la Masonería Española, Zaragoza,
Diputación General de Aragón, 1985, pp.
333-348.
4 MÁRQUEZ, F, POYÁN, C. y otros, Ob.
cit p. 34, nota 3.
5 FERRER BENIMELI, J. A., "Evolución histórica
de la Masonería española", en AA.VV.,
Masonería Universal, una forma de sociabilidad,
1814-1996, La Coruña, Fundación Ara Solís,
1996, pp, 67-68. Véase, del mismo, La Masonería
española en el siglo XVIII, Madrid, Siglo XXI
Editores, 1986, Cap. V.
6 Ibídem.
7 Véase SERNA, Ricardo, Masonería y Literatura.
La Masonería en la novela emblemática de
Luis Coloma, Madrid, Fundación Universitaria
Española, 1998, p. 132.
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