| |
LAS ANTIGUAS MARCAS DE LA MASONERÍA1
Por Ricardo Serna
Se sabe que los francmasones se rigen
por unos principios esenciales muy antiguos a los que
se viene denominando marcas, límites o,
más propiamente, Ancient Landmarks. En 1856,
el doctor Albert Gamaliel Mackey publicó en una
revista de la época el listado de las marcas de
la Masonería, lista que volvió a publicar
luego en su obra Encyclopedia of Freemasonry .2
Nos podemos preguntar qué
son las marcas, en qué consisten, qué
contenido y sentido tienen hoy. Para comenzar, digamos
que se trata de principios esenciales de la Orden que
datan de tiempo inmemorial. Desde que Mackey las enumeró
en su libro, se ha intentado estudiarlas, fijarlas definitivamente
y explicarlas con relativa exactitud. Hughan, Gould, Speth
y Begeman son algunos de los autores que más estudiaron
en su día este espinoso asunto, tras realizar estudios
críticos de documentos antiguos relacionados con
el tema. Mackey listó un total de veinticinco principios
esenciales o marcas, que fueron admitidas por un
buen número de obediencias masónicas de
todo el mundo. Hubo quien opinaba, sin embargo, que hubiese
convenido más no tratar de enumerarlas ni fijarlas
con semejante celo. Este criterio fue mantenido por algunas
Grandes Logias que reconocieron en su momento como válidos
los Antiguos Deberes contenidos en la primera edición
de la Constitución de la Gran Logia de Inglaterra.
La esencia filosófica de la Masonería
tiene como cimientos esas antiguas instrucciones morales
de carácter simbólico, enseñadas
según modos y usos ancestrales a través
de símbolos.
Es sabido que la Masonería especulativa,
nacida en 1717 con la formación y puesta en marcha
de la Gran Logia de Inglaterra, deriva de la Masonería
operativa, es decir, de los gremios de masones constructores
medievales. La organización y reglamentos de dichas
logias operativas son la base inicial sobre la que se
apoyaron los principios que rigen actualmente los modos
éticos, filosóficos y estructurales de las
obediencias modernas.
La mayor parte de los estudiosos de
la Masonería admiten que el propósito fundamental
de la enseñanza simbólica que se ofrece
a los iniciados masones consiste sobre todo en inculcarles,
paso a paso, los más sólidos principios
morales, enseñanzas que se hallan encajadas y limitadas
por los Landmarks o marcas de la Orden. Este peculiar
sistema se entreteje con las ideas fundamentales acerca
de la trascendencia del alma humana y la creencia en un
Dios universalizado, dos indispensables esencias sin las
que no estaríamos hablando de Masonería,
sino de otra cosa. Gracias a este sistema simbólico
de aprendizaje, la Francmasonería pretende unir
a los hombres de distintos países, razas y religiones
en una comunidad fraterna que supere los prejuicios y
los pequeños horizontes nacionales o zonales. Fácil
es deducir, pues, que la Masonería es un sueño,
una utopía, una búsqueda del ideal social
y humano, un anhelo de paz, igualdad y perfección.
La base principal de la enseñanza
francmasónica se halla en torno a la creencia en
Dios, llamémosle como queramos. Los masones lo
nombran e invocan con el apelativo de Gran Arquitecto
del Universo, pero en definitiva se trataría de
creer en un principio superior que pueda aglutinar cualquier
tipo de práctica religiosa o de principio moral.
La Masonería liberal contemporánea tampoco
exige a sus miembros la creencia firme en unos determinados
dogmas de fe. Estas premisas religiosas estuvieron presentes
en las primeras logias de masones operativos, de quienes
se ha heredado la tradición. Los masones medievales
levantaban templos de piedra para la gloria del Señor.
Los actuales masones especulativos alzan templos espirituales
en su interior para hallar en ellos la superación
y el equilibrio. Uno de los Ancient Landmarks sienta
las bases que se ocupan de este asunto, de igual manera
que otras marcas regulan otros bien distintos,
como por ejemplo las relaciones que los masones han de
mantener con el Estado al que pertenecen, los deberes
y derechos de los iniciados, formas o señales de
reconocimiento, división en grados de los hermanos,
trabajos en el interior de los talleres, conducta social
del buen masón y hasta el modo conveniente de ejecutar
las reuniones o tenidas.
La primera mención a las
antiguas marcas aparece en el artículo XXXIX
de la compilación del Gran Maestre Jorge Payne,
que data de 1720. Allí se dice que cada obediencia
tiene la potestad de modificar o sustituir sus propios
reglamentos a condición, eso sí, de conservar
las marcas de la tradición. John W. Simons
puntualiza que las marcas deben considerarse principios
de actuación que han existido desde tiempo inmemorial,
bien en ley escrita o en forma tradicional. Albert G.
Mackey define las marcas como las antiguas costumbres
de la Orden, que acabaron por concretarse en reglas de
acción para los iniciados. Dicho de otro modo,
y en caso de aceptar la hipótesis de que alguna
remota vez estos Landmarks se hubiesen configurado
como leyes internas inalterables de la Orden, habríamos
de afirmar en todo caso que las marcas no son sino, a
lo sumo, principios consuetudinarios que conviene preservar.
Los deberes del masón, recogidos
en las famosas Constituciones de Anderson, del
año 1723, aglutinan y resumen en cierto modo los
Ancient Landmarks, que tanta polémica originaron
a lo largo de los dos últimos siglos de historia
masónica.
Lo que importa en este caso no es delimitar
qué principios están o no integrados en
las marcas, sino saber que esos buenos y nobles
principios existen, que están ahí, que son
reconocidos por todos los francmasones y que perviven
en el tiempo por la sencilla razón de que son respetados
en su integridad. La Masonería ha de evolucionar
con los tiempos que corren, ha de reunificarse y se habrá
de adaptar cuanto antes a la sociedad si quiere prosperar
en su seno. Pero lo trascendental que jamás debe
perder son los valores antiguos y humanos que dice defender.
1 Publicado en la revista La Acacia,
Nueva época, Nº 12, Zaragoza, septiembre 2001,
p. 12.
2 Véase ESPINAR LAFUENTE, Francisco, Esquema
filosófico de la Masonería, Madrid,
Editorial Istmo, 1981, pp. 283-284.
|
|