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LUIS ARAQUISTÁIN
O EL VALOR DEL COMPROMISO1
Por Ricardo Serna
Hay personajes, como
sucede en el caso de Araquistáin, en los que la
rectitud prima sobre cualquier otra virtud. Nacido cerca
de Santander, allá por 1886, Luis Araquistáin
tuvo clara, desde muy joven, su vocación de servicio.
En 1915 es miembro del comité nacional del Partido
Socialista, desarrollando actividades culturales dentro
y fuera del partido. Araquistáin fue un hombre
comprometido con la sociedad de su tiempo. Así,
en 1931, ocupa escaño como diputado en Cortes,
y al año siguiente es nombrado embajador en Berlín.
Se dice que su carácter, al tiempo que batallador
y constante, era también de enorme prudencia, por
lo que terminó asesorando a Largo Caballero como
consejero político. En septiembre de 1936, fue
destinado a París como embajador de la República,
cargo en el que desempeñó sus funciones
hasta la caída de Largo en mayo de 1937.
Una vez finalizada la contienda civil,
vivió exiliado, lo que no impidió que fuese
uno de los soportes carismáticos de su partido.
Escribió obras de teatro y novelas, aunque son
más populares sus ensayos, como La revolución
mexicana (1929) o La guerra desde Londres (1942).
Entre 1934 y 1936, dirigió la revista Leviatán,
y junto con Álvarez del Vayo y Negrín, fue
copropietario de la editorial España. Bizcarrondo
publicó, en torno a su figura, el estudio intitulado
Araquistáin y la crisis socialista en la segunda
república, editado en Madrid el año
1975.
No han aparecido documentos que atestigüen,
desde la historia, la más que probable adscripción
de Araquistáin a la Masonería, aunque fue
considerado francmasón -según afirma José
A. Ferrer Benimeli en su obra Masonería española
contemporánea- "desde un punto de vista
político o simplemente policial". Lo cierto
es que, al menos el treinta y nueve por ciento de los
diputados socialistas del Congreso, habían sido
recibidos francmasones en la convulsa España de
1931.
1 Publicado en la revista La Acacia,
Nueva época, Nº 10, Zaragoza, febrero
2001, p. 12.
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