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MANUEL AZAÑA, POLÍTICO Y HUMANISTA1
Por Ricardo Serna
Manuel Azaña Díaz
es, posiblemente, la figura pública española
que más pasiones encontradas ha levantado. Nacido
en Alcalá de Henares (Madrid) en el seno de una
familia burguesa de talante liberal, estudió en
el colegio de los Agustinos de El Escorial y se doctoró
más tarde en Derecho en 1900 con una tesis titulada
La responsabilidad de las multitudes. Su aparición
en la escena política parte de una conferencia
que dio en Alcalá en febrero de 1911 titulada El
problema español, que versó acerca de
la necesidad de reformar el país desde los propios
ámbitos de poder. Una de sus ideas más acertadas,
a mi juicio, fue la de mantener la indisolubilidad entre
las nociones de cultura y democracia. Sin la una, es imposible
la consecución de la otra, y viceversa. Un principio
aplicable, aún hoy en día, a ciertas comunidades.
En 1912 lo vemos al frente de la secretaría
del Ateneo madrileño. En la década de los
veinte, ejerce labores propias de crítico literario
y escritor, colaborando en revistas como España
y La pluma. De estas labores es fruto la compilación
titulada Plumas y palabras (1930). Del mismo año
data su drama La Corona. En 1926 fue galardonado
con el Premio Nacional de Literatura por su obra Vida
de don Juan Valera, autor al que dedicó numerosos
estudios críticos, como La novela de Pepita
Jiménez (1927) y Valera en Italia (1929),
entre otros.
Desde 1924, en que publica el folleto
Apelación a la república, Manuel
Azaña se significa como un adelantado de los postulados
políticos de la España de su tiempo. Funda
el partido Acción Republicana (1925) y se infiltra
de lleno en el mundo de la cosa pública. Durante
la Segunda República, fue ministro de la guerra
en el gobierno provisional, y en 1931 sustituyó
a Alcalá Zamora en la presidencia. Durante su mandato,
que se prolongó hasta septiembre de 1933, se promulgó
la constitución de diciembre del año 1931,
se procedió a disolver la Compañía
de Jesús con el fin -según se dijo- de evitar
la hegemonía eclesial en el pensamiento social,
caminando así hacia la vertebración de una
España secular, y se dio a la ciudadanía
-entre otras leyes destacadas- la del divorcio y la llamada
de congregaciones religiosas (1933), que pretendía
eliminar el monopolio de la iglesia católica en
la enseñanza universitaria. A finales de 1932,
se promulgó la célebre ley de reforma agraria,
a la que siguió, en 1933, la concesión del
sufragio femenino. Pero semejante actividad legislativa
no obtuvo, en el voto popular de 1933, un refrendo suficiente,
debido sobre todo al eco que alcanzaron ciertos problemas
surgidos en el bienio de su presidencia, como el aplastamiento
de la insurrección de Casas Viejas (1933) o la
enorme lentitud con que se ejecutó sobre el terreno
la susodicha reforma agraria. Una vez perdidas las elecciones
municipales del mes de abril, Manuel Azaña presentó
su dimisión en septiembre y quedó parcialmente
liberado de la carga política. Enseguida publicó
En el poder y en la oposición (1932-1934)
(1934), Grandezas y miserias de la política
y La invención del Quijote y otros ensayos,
ambas también del mismo año. Por recoger
buena parte de su pensamiento ideológico, creo
que merece la pena citar igualmente su obra Discursos
en campo abierto (1936).
Tras la victoria del Frente Popular,
ocupó de nuevo, como sabemos, la presidencia del
consejo de ministros y fue elegido presidente de la República
en mayo de 1936. Desde su puesto hubo de afrontar el alzamiento
en armas de parte del ejército, inicial fermento
de la que pronto se perfiló como sangrienta y larga
guerra fratricida. Los españoles en guerra (1939)
o Memorias políticas y de guerra (editadas
en 1978), son un fiel exponente del pensamiento azañista
acerca del conflicto armado. En febrero de 1939, pasó
a Francia exiliado, haciendo efectiva su dimisión
el día veintisiete. De su vida masónica
sabemos que fue iniciado en la Gran Logia Regional
del Centro, sita en el número 12 de la madrileña
calle del Príncipe, el 2 de marzo de 1932. Por
cierto que de su iniciación dio noticia el periódico
El Liberal cuatro días más tarde. En
sus Memorias, el propio Azaña alude a la
ceremonia y afirma que se hallaban presentes cuatro ministros
del gobierno. No era ningún secreto que la Francmasonería
dominaba, numéricamente hablando, el gobierno provisional
y los más altos cargos del Estado.
El pensamiento de Azaña resume
en cierta forma la ideología del republicanismo
tradicional español y sus principales postulados
históricos. Sus obras son hoy el mejor testimonio
para acercarnos al estadista y al intelectual; una vía
segura de aproximación a sus pasiones, desvelos
y trabajos.
1 Publicado en la revista La Acacia,
Nueva época, Nº 11, Zaragoza, junio 2001,
p. 12.
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