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SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL Y SU COMPROMISO
CON LA MASONERÍA1
Por Ricardo Serna
La vida de Santiago Ramón
-aparte de su faceta puramente científica, que
sin duda resulta apasionante-, no la encontramos carente
de interés, ni mucho menos. Bien al contrario,
su biografía se halla colmada de anécdotas,
peripecias y curiosidades que pueden incluso hasta sorprendernos
en algún momento, en especial si del investigador
aragonés llevamos la idea simplista y estereotipada
que los medios de comunicación han dado en dibujar,
y que en poco o casi nada, por mejor decir, se asemeja
a la verdad existencial de nuestro personaje.
Don Santiago, que por carácter
y por los contenidos de sus escritos personales se nos
antoja un hombre sereno, tranquilo, reflexivo, pero cercano
a la vez a los laberintos culturales e inquietudes sociales
que empaparon el ambiente y la época que le tocó
en suerte, no pudo quedar indiferente ante el compromiso
con el progreso social y las libertades colectivas.
Conocemos el hecho de que Ramón
y Cajal supo, desde su juventud, de la existencia de la
Masonería, una Orden iniciática un tanto
extraña en apariencia, en la que se iban integrando,
según veía él mismo conforme pasaba
el tiempo, hombres de variados orígenes y tendencias
a los que sólo parecía unir el deseo de
mejora personal y de avance social. ¿Acaso el futuro
Nobel, con una forma de ser como la suya, con un pensamiento
tan equilibrado, abierto y honesto, con un ideario tan
hondamente humano, podía quedarse fuera de una
corriente de tan intenso y extenso calado?
Santiago Ramón y Cajal oyó
decir a ciertas personas allegadas, cuyo testimonio resultaba
válido para él, que la Masonería
era, y sigue siendo, una asociación universal,
filantrópica y progresista que procura inculcar
en sus adeptos el amor a la verdad, el estudio de la moral
universal, de las ciencias y las artes, y desarrollar
en el corazón humano los sentimientos de caridad,
tolerancia y defensa del progreso. Oyó igualmente
que la Masonería pretendía extinguir del
planeta los odios racistas y los muchos antagonismos nacionales,
confundiendo a los hombres en una atmósfera única
de solidaridad y afecto mutuos. Y que para ello proponían,
igual que se hace ahora, mejorar la condición social
del hombre por todos los medios lícitos, en especial
a través de la instrucción, el trabajo y
la acción privada.
El afán de mejora había
sido siempre una de las máximas de Ramón
y Cajal. La constancia, la tenacidad, una de sus mejores
y mayores virtudes. El apego al racionalismo y a la cordura,
uno de sus criterios de conducta. Por eso debió
pensar que la Masonería podía ofrecerle
un camino recto por el que avanzar con seguridad en dos
sentidos a la vez: en la construcción de sí
mismo como persona, por un lado, y en la consecución
progresiva de un futuro mejor para el país, por
el otro. Era importante para él -hay que reseñarlo-
combatir por un mañana donde imperase la paz, la
concordia y la razón.
Algo utópico al fin, como toda
persona buena y voluntariosa, Santiago Ramón y
Cajal contempló, intuyó -mejor- en la Masonería
una posible senda por la que arribar al sueño dorado
de un ideario que apenas había bocetado en su cabeza
y que, como es natural, estaba aún por definir
y pergeñar. Pero sin embargo, la decisión
de iniciarse como francmasón la toma en firme en
1877, una vez hubo conocido y tratado a ilustres y admirados
caballeros que ya eran masones por aquellas fechas, y
cuyo ejemplo resultó indispensable para que Cajal
se reafirmase en la decisión. A Luis Simarro, político
y también destacado francmasón, lo conocería
años más tarde, en 1887, y su saber y carisma
iban a dejar honda huella en la tarea científica
del médico aragonés, quien consideró
a la persona de Simarro como maestro y amigo. Los primeros
contactos habidos con Simarro, como digo, datan de 1887,
fecha en la que Cajal reside en Valencia como catedrático
de Anatomía.
En la España posterior a la revolución
del 68, la situación de la Masonería resultaba
compleja, ya que proliferaron las obediencias. Al poco
tiempo, dos de estas asociaciones concitaron mayor interés
y aglutinaron más logias en sus dominios: se trataba
del Grande Oriente de España y el Grande Oriente
Nacional. En septiembre de 1870, Manuel Ruiz Zorrilla,
a la sazón Presidente del Gobierno, fue instalado
como Gran Maestre de la Gran Logia Simbólica de
España. A este hecho siguió, como parece
natural, un gran movimiento de expansión de las
logias masónicas por todo el territorio nacional.
Corrían buenos tiempos para la Orden del compás
y la escuadra.
La situación política
volvió a cambiar al poco tiempo. La abdicación
de Amadeo de Saboya -quien, dicho sea de paso, y como
afirmo en una de mis obras, nunca perteneció a
la Orden2 - y la llegada de la
República, forzaron la dimisión y expatriación
de Ruiz Zorrilla, que dimitió formalmente de sus
cargos masónicos el primer día de 1874.
Hubo un lapso de tiempo en el que reinó una cierta
confusión y decadencia, hasta que se fusionaron
el Grande Oriente Ibérico con el Grande Oriente
de España. El 7 de abril de 1876, como cuenta el
profesor Ferrer3, fue proclamado
Práxedes Mateo Sagasta Gran Maestre del Grande
Oriente de España, obediencia que llegó
a contar con un total de 380 logias repartidas por el
país. Éstas volvieron a conocer, otra vez,
una desmesurada y rápida expansión.
Fue en este momento histórico,
precisamente, cuando Santiago Ramón y Cajal, que
contaba con la juvenil edad de veinte y pocos años
-era nacido en Petilla de Aragón en mayo del año
1852-, solicitó su entrada en la logia Caballeros
de la Noche núm. 68, de Zaragoza. La ceremonia
de iniciación debió tener lugar entre mediado
enero y el 20 de marzo de 1877, pues el día 22
de dicho mes ya figura inscrito como aprendiz francmasón
-o masón de primer grado, que es lo mismo- en documentación
escrita conservada en el Archivo Histórico Nacional
de Salamanca. Personalmente me inclino a pensar que pudo
ser iniciado en la primera semana de febrero, ya que en
abril Caballeros de la Noche volvió a iniciar
a tres profanos más, entre ellos a otro médico,
don Francisco Blas Urzola Marcén. Santiago Ramón
y Cajal tomó el nombre simbólico de Averroes,
y fue anotado en el libro de registro con el número
96 de orden.
Poco sabemos con certeza de la actividad
masónica del que, a no tardar mucho, sería
catedrático de Anatomía General y Descriptiva.
El único dato que parece constatable consiste en
que, a fecha de julio de 1878, Cajal había sido
promovido al grado de compañero, y como tal figura
en un listado que transcribe Vera Sempere en una obra
reciente sobre la biografía del ínclito
aragonés4. De aquí
en adelante, poco o nada, mejor dicho, se sabe de Cajal
como francmasón, por el momento. La logia Caballeros
de la Noche tuvo una vida posterior bastante movida,
con cambio de obediencia incluido. Da la impresión
de que en años sucesivos al de su iniciación,
1877, no aparece el nombre de Ramón y Cajal en
listas de cargos de la logia ni en documentación
alguna relacionada con los trabajos y actividades de Caballeros
de la Noche, razón por la que habría
que inclinarse a pensar que, a lo peor, el mucho quehacer
profano, unido quizá a cierta desilusión
personal por no hallar en la práctica lo que se
predicaba en teoría, hizo de Cajal un masón
durmiente.
Se guarda una carta de Cajal, dirigida
a Carlos María Cortezo, y fechada el 8 de agosto
de 1922, en la que -hablando de Simarro, ya fallecido-
escribe lo siguiente: "...en España había
algo más urgente y digno de su gran talento que
presidir logias masónicas, defender anarquías
y afiliarse a un muriente y desacreditado partido republicano..."
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Por el tono que se adivina en
la epístola, la desilusión por la Orden
parece patente en el Cajal del año veintidós.
Y es que la vida, en ocasiones, nos arrastra, queramos
o no, por intrincados vericuetos de difícil andadura.
Estoy seguro aun así de que,
activo o durmiente, el estigma de la Masonería
jamás se borró del espíritu generoso
de don Santiago.
1 Publicado en la revista
Comarca, Ayerbe (Huesca), Boletín Informativo
nº 33, abril-junio 2002, pp. 38-39.
2 Véase SERNA, Ricardo, Masonería y literatura.
La Masonería en la novela emblemática de
Luis Coloma, Madrid, Fundación Universitaria
Española, 1998, p. 132.
3 FERRER BENIMELI, José Antonio, Masonería
española contemporánea. [2 Vol]. Vol.
2, Madrid, Siglo XXI Ediciones, 1980, pp. 8-9.
4 VERA SEMPERE, Francisco J., Santiago Ramón
y Cajal en Valencia (1884-1887), Valencia, Editorial
Denes, 2001, p. 79. Las primeras y básicas noticias
sobre Cajal y sus actividades masónicas en la logia
Caballeros de la Noche núm. 68 ya se encuentran
en FERRER BENIMELI, José A., La Masonería
en 5 Aragón [3 vol], Zaragoza, Librería
General, 1979, Vol. I, p. 138.
5 Reproducida en VERA SEMPERE, Francisco J., Ob. cit
pp. 80-81.
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