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VETAS MASÓNICAS
EN LOS DISCURSOS DE SAGASTA. ORATORIA Y ESTILO LITERARIO
Por Ricardo Serna
Universidad de Zaragoza
Agradecimientos
Expreso mi gratitud al
doctor D. José Luis Ollero Vallés, del Instituto
de Estudios Riojanos, por la información bibliográfica
que generosamente me facilitó en la fase inicial
de confección de este ensayo.
A la doctora Dña. María
José Lacalzada de Mateo, por el material y documentos
que me aportó sobre Sagasta y sus discursos.
Y a D. Ramón Torrens, de la Hemeroteca
de la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza,
por sus diligentes y eficaces labores de búsqueda
bibliográfica generadas por mis demandas.
Preliminares
La figura de Sagasta
nos parece una de las más interesantes del panorama
político español del siglo XIX. Por esa
razón, hemos procurado hacer una somera aproximación
a sus peculiaridades como célebre orador parlamentario.
España vive una segunda mitad
del XIX repleta de incertidumbres y desgarros, y es en
ese preciso ámbito donde se mueve y descuella con
singular protagonismo el esclarecido riojano.
Esta comunicación intenta vislumbrar
con declarada modestia su perfil de político, y
descubrir a la vez esa fina línea de contacto que
existe sin duda entre sus discursos parlamentarios, sus
palabras públicas, sus mensajes nítidos
o solapados, y la filosofía masónica que
invade -parcialmente al menos- las estructuras de su pensamiento.
Práxedes Mateo Sagasta ha sido
estudiado a veces como francmasón, aunque no abundan
tampoco los trabajos enfocados desde esa perspectiva1.
Sagasta nació el 21 de julio
de 1825, en plena Década Ominosa, bajo el reinado
de Fernando VII, en el pueblo logroñés de
Torrecilla en Cameros2. Y moriría
en la capital, Madrid, el 5 de enero de 1903.
Práxedes Mateo Sagasta fue un
hombre formado y con talante de triunfador. En la Masonería
llegó a ser Gran Maestre y Soberano Gran Comendador
del Gran Oriente de España durante el quinquenio
comprendido entre 1876 y 1880. Desde el 7 de marzo de
1876 hasta el 10 de mayo de 1881, fue Gran Maestre del
Gran Oriente de España3.
Esta responsabilidad masónica la compaginó
en cierta manera con la de Jefe del Gobierno durante tres
meses, aunque sólo de forma oficial y teórica.
Ya había simultaneado antes su condición
de francmasón con su labor como ministro de Estado
y de la Gobernación.
Desde 1868, el resurgir de la Masonería
resulta evidente en España. "Nadie puede negar
que, amparada en las libertades que conllevó la
Revolución del 68, la masonería (sic)
española, que ya existía de un modo discretísimo
antes del pronunciamiento de Serrano, experimentó
un notable crecimiento numérico y una progresiva
reorganización. El nivel de tolerancia aumentó,
tanto política como socialmente, y los vientos
favorables que soplaron para la Orden entre las distintas
capas de la sociedad a lo largo del Sexenio, sembraron
el caldo de cultivo necesario y propicio a las iniciaciones
de adeptos"4.
El Gran Oriente de España era,
en los años setenta, una de las obediencias más
representativas del panorama iniciático español,
y aglutinaba a gran cantidad de masones, número
que se incrementaría notablemente con el tiempo
gracias, en buena medida, a la fructífera gestión
de Sagasta al frente de la Orden. Lo cierto es que cuando
él se hizo cargo del Gran Oriente de España,
la situación del mismo no era precisamente halagüeña.
Nos lo evoca con claridad el texto que reproducimos a
continuación y que reza así:
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"Conviene
recordar el triste estado en que nos encontrábamos
el año 1875. El Gran Oriente de España
no existía; dos individuos, cuyos nombres no
queremos consignar por temor de alterar la seriedad
de estos trabajos, habíanse empeñado
en mantenerse el uno en un puesto superior a su entendimiento,
y en escalar el otro una autoridad superior a sus
condiciones. Ambos tenían una incompetencia
y una incapacidad tan grandes como excesivas eran
sus ambiciones de figurar"5
|
El profesor Ollero dice,
tras comparar las líneas de relación entre
Sagasta y la Masonería, que ambas "convergen
en numerosos puntos, incluso coinciden en algunos tramos,
pero en ningún caso aparecen superpuestas. Se confirma
-asevera luego- la inexistencia de un trazado ideológico
dogmático y monolítico en la masonería
(sic). La designación de Sagasta como Gran
Maestre bien pudiera definirse -añade Ollero- como
un matrimonio de conveniencia, del que salió beneficiada
la propia institución, siendo también utilizada
por el político para afirmar su autoridad en los
círculos más progresistas del ámbito
liberal español"6.
Es claro que la segunda mitad del siglo
está llena de convulsiones y reformas en España.
Y hay que tener en cuenta que "la Masonería
finisecular del XIX estuvo inmersa en el conflictivo proceso
de cambios políticos que tanto afectaron a la nación
y que terminó por cambiar sus horizontes"7.
No sabemos en qué fecha se inició
Sagasta en los misterios de la Francmasonería.
El expediente masónico que se puede consultar en
el Archivo Histórico Nacional de Salamanca [AHNS],
que data de 1936, señala sólo su nombre
simbólico, hermano Paz, y apunta que en
1888 aparece como miembro honorario de la logia Comuneros
de Castilla nº 289, de los valles de Madrid.
Algunos historiadores nos ofrecen la
visión de un Sagasta vocacional en la Masonería;
otros, en cambio, lo tachan de masón errado aunque
honesto. Los más reconocen su honda labor en el
Gran Oriente de España, calificándola sin
ambages de muy positiva para la Institución, porque
durante su gran maestría la Orden del compás
y la escuadra se fortaleció notablemente y difundió
sus postulados de manera incuestionable8.
A la hora de contemplar la hechura intelectual
de Sagasta y las influencias culturales que pudo tener
a lo largo de su formación, nos parece importante
señalar que, a nuestro modo de ver, el Romanticismo
del XIX cala hondamente en su espíritu, tanto que
quizá fuese posible definirlo como el último
político del Romanticismo español. En este
sentido, nos permitimos apoyarnos en la clásica
idea de Laski, quien al hablar de Sagasta anotaba que
veía "en el temperamento liberal un resabio
de romanticismo, cuya importancia es considerable. Tiende
a ser -añadía- subjetivo y anárquico;
a aceptar con prontitud cuanto cambio provenga de la iniciativa
individual; a insistir en que esa iniciativa lleva en
sí los gérmenes necesarios del bien común"9.
Fue, creemos, un hombre que tuvo las
mejores intenciones y que luchó por hacer posible
sus ideales fundamentales. Su sencillez, su humanidad
y su disposición a la conciliación y a tender
puentes entre las personas, le procuraron el respeto de
todos, incluso de sus adversarios políticos. Por
ello, su fallecimiento en el domicilio madrileño
de la Carrera de San Jerónimo, que tuvo lugar el
5 de enero de 1903, causó honda impresión
en todo el país. Su entierro en Madrid congregó
a una multitud interclasista que acompañó
a las más altas autoridades del Estado, con el
rey Alfonso XIII a la cabeza, en una sincera manifestación
de duelo y admiración por el político desaparecido.
Desde entonces, sus restos descansan en el Panteón
de Hombres Ilustres de Madrid.
La retórica como arte de convicción.
Estilo de Sagasta
Es bueno señalar
que la retórica, entendida como "arte del
bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia
bastante para deleitar, persuadir o conmover"10,
es un método que se impone en el parlamentarismo
español e impera sin discusión durante todo
el siglo XIX, con épocas de mayor y menor esplendor.
Más que definirlo como método en sí,
habría que calificarlo mejor de modelo, de sistema,
de complejo entramado de modos de hacer y decir.
Será el XIX, justamente, el siglo
por excelencia de la oratoria, "la época de
oro de la oratoria española", como lo denomina
y escribe acertadamente María Cruz Seoane11,
quien se pregunta qué novedades aporta este sistema
a la generación política que muestra pleno
vigor de actuación social en la España del
Sexenio revolucionario.
En realidad, si analizamos el método,
comprobaremos que la retórica, en el marco del
trabajo político, implica tanto a los actores como
al público en una especie de entente o complicidad
necesaria que, a su vez, convierte el sistema en una verdadera
representación escénica. Los actores -léase
mejor los oradores- intentan convencer y vencer así
al adversario esgrimiendo las armas del bien escribir
y decir, y el espectador -o ciudadano de a pie, si se
prefiere- asiste con entusiasmo a un duelo incruento entre
actores que terminará casi siempre en tablas o
con ligeras ventajas coyunturales de uno sobre el otro.
"No creo -afirma Seoane- que nunca la sociedad española
haya estado tan orgullosa de cualquiera de sus manifestaciones
artísticas como en esa época lo estuvo de
la oratoria. No sólo creían que nunca había
brillado a tal altura en España, sino que estaban
convencidos de que ninguna extranjera podía comparársele
y ponían muy en duda que la griega o la latina
la hubieran superado. No podían creer que Demóstenes
o Cicerón hubiesen sido mejores oradores que Castelar,
porque una palabra más hermosa, más ardiente,
más brillante que la de Castelar era sencillamente
inconcebible"12.
A la hora de plantearnos la importancia
de la retórica en la vida política española
de la época de Sagasta, tuvimos la fortuna de hallar
en el camino un magnífico y lúcido trabajo
de José Antonio Caballero, de la Universidad de
La Rioja, en el que se aborda precisamente la incidencia
de estas artes en la oratoria parlamentaria del ínclito
estadista torrecillano. El profesor Caballero señala
por su parte que "Práxedes Mateo Sagasta es,
ciertamente, además de un personaje político
decisivo, un insigne representante de esta oratoria española
del XIX".
Leyendo a Sagasta sacamos la conclusión
de que, más que un gran orador sabio, es un sabio
orador; es decir, un hombre que no convence sólo
por lo que sabe, sino por la manera de ofrecer lo que
sabe o lo que simplemente intuye. Su palabra no parece
en exceso ilustrada, aunque tiene la virtud de que suele
convencer con argumentos sencillos y meridiana claridad
enunciativa. En este mismo sentido se expresaba ya Cañamaque
en 1879: "No es Sagasta un orador erudito, metafísico,
profundamente ilustrado; es un orador oportuno, enérgico,
incisivo, de lógica contundente, de palabra bastante
correcta y fácil, de giros y prontos tribunicios,
de apóstrofes magníficos, de ironías
mortales, de exposición clara, de verdadera elocuencia
política. Su talento es más práctico
que teórico; su naturaleza de lucha más
que de paz. No ilustra cuando habla; pero enardece, entusiasma,
agrada. Hiere el sentimiento y llama la risa, toca al
corazón y produce regocijo"13.
Lo que no resulta cuestionable de ninguna
manera es el hecho de que la retórica de Sagasta,
aplicada sobre todo a su papel de orador, es de una rotunda
eficacia práctica. Esta rotunda practicidad de
la retórica de Sagasta no se debe sólo a
su facilidad extrema para enviar mensajes con sagaz nitidez
al receptor, sino que se vale, además, de ciertos
modos intuidos o innatos de ejercer la derivación
lógica de los argumentos de los que se vale, y
de su cualidad de hombre ladino, hábil en la deducción
y rápido en el cálculo de probabilidades
relativas a sucedidos y aconteceres concretos.
Sagasta, como bien dice Caballero apoyándose
bibliográficamente en las obras de López
Eire y Lo Cascio14, consigue "lograr
el objetivo final del docere, delectare et movere
(enseñar, agradar y persuadir) ante un receptor
o auditorio determinado"15.
Él conoció desde muy joven el poder que
ejercía de facto su palabra, así como el
efecto inmediato que causaban sus criterios y explicaciones
en las mentes de sus oyentes. Diferenciaba a la perfección
la manera más adecuada de dirigirse a determinado
público en función de las condiciones del
auditorio, y era consciente de que tenía un gran
aliado en su misma predisposición natural a dominar
voluntades valiéndose de sus armas expresivas.
Pero Sagasta -como orador a la defensiva-
sabía muy bien la manera más contundente
de zaherir al adversario con un tiro directo, seco, certero
siempre. En este sentido, no me resisto a incluir aquí
una graciosa anécdota que relata el doctor Ollero
Vallés. Elegido por primera vez diputado en las
Cortes Constituyentes de 1854, Sagasta adquirió
pronto renombre como intencionado orador. El caso fue
que un veterano general, al aludir en el Congreso a cierta
intervención del joven diputado, se expresó
en tono algo despectivo con él, diciendo: "Pero,
¿quién es el que vino a plantear semejante
tema? Un diputadito de la última hornada, un ingeniero
modestísimo a quien allá en Zamora nadie
conoce por otro nombre que el del puente".
E incorporándose Sagasta desde su escaño,
contestó al momento de esta guisa: "No creo
que tenga nada de particular que siendo ingeniero yo y
habiendo construido un puente, el del puente me
llamasen. ¡El del puente, y a mucha honra!
No llamarán a su señoría el de
las batallas, porque no ganó ninguna".
Imaginamos el bochorno del militar y el regocijo del resto
de sus señorías ante semejante rejón
sagastino.
Tenemos dicho que la literatura, la
creación, es poder. Y ahora nos va bien mentar
semejante idea porque podemos asociarla con la retórica
del político riojano, quien supo ejercer influencia
a través de la convicción por la palabra.
Su discurso, siempre interesante, irónico, punzante
a la vez que cortés, actual y moderno en relación
con su tiempo, y muy en línea con la tradición
clásica de talante aristotélico, le valió
el privilegio de ser escuchado en los foros en los que
más y mejor se movía. Eso le hace ser, en
el marco donde se circunscriben sus tareas y labores públicas,
"una persona revestida de credibilidad, bien sea
por su posición social, bien sea por los conocimientos
que se le suponen (êthos). Una persona que
emplea, por un lado, enunciados que apelan a la capacidad
de discernimiento racional de quien le escucha (lógos)
y, por otro lado, palabras evocadoras de sentimientos
(páthos) o de emociones estéticas
(léxis) a las que el receptor del mensaje
responde subjetivamente. El orador, además, añadirá
el gesto, la voz y su apariencia externa, que son los
elementos que constituyen la hypókrisis
de la retórica griega o la actio de la latina
(términos ambos sacados del teatro); elementos
que en el proceso de convencimiento o persuasión
son tan importantes o más que los puramente argumentativos.
La Retórica, en suma, no tiene más finalidad
que la de hacer eficaz un mensaje; es decir, prepararlo
y emitirlo debidamente para hacerlo llegar en las requeridas
condiciones y procurar que cause el deseado impacto en
su receptor"16.
El discurso de Sagasta nos parece, por
encima de todo, completo en su concepción y magistral
en su desarrollo. No es que el político riojano
se preocupe demasiado por la perfección estilística
y literaria de su mensaje, elementos que tampoco echamos
de menos, sino que busca la eficacia de modo inconsciente,
y por ese camino necesita utilizar todas y cada una de
las estrategias oratorias que lleva aparejada la buena
retórica17.
Para convencer hay que saber, ante todo,
que uno es capaz de hacerlo. Sagasta, a través
de su palabra escrita y luego pronunciada, sabe muy bien
que es capaz. Pero no se vale única y exclusivamente
de la retórica pura y dura en la escritura y enunciación
de sus discursos, sino que recurre, y con mucha habilidad
por cierto, a la psicología del buen orador, es
decir, a ese claro sentido de la oportunidad que produce
modificaciones positivas en la recepción del mensaje
que se emite18. Sagasta sabía
cuándo era rentable utilizar un tono de voz más
o menos alto, vocalizar más o gesticular de una
determinada manera. Usaba en sus discursos las más
diversas herramientas: figuras literarias abundantes -en
especial comparaciones, anáforas, perífrasis
y metáforas con añadidas puyas sutiles-,
ironía, claridad conceptual y un sinfín
de artificios que hacían de sus discursos redes
efectivas de apariencia natural donde quedaban atrapados
sin remedio -como insectos en la miel- muchos de sus oyentes.
Su retórica es arte, arte de convicción
en estado puro.
Las vetas masónicas en sus discursos
Volvemos a insistir,
porque nos parece resaltable, que Sagasta es un orador
respetuoso y a la vez incisivo, inteligente, sin visos
de parlamentario parlero; su objetivo no es el de hablar
por figurar o sentirse protagonista, sino el de manifestarse
para convencer a través de la claridad y la nitidez
de sus mensajes. La oratoria es para él, por lo
tanto, herramienta idónea y medio adecuado para
la consecución de sus objetivos finales19.
El Conde de Romanones loaba la figura
de Práxedes Mateo Sagasta escribiendo de él
que había pronunciado "dos mil quinientos
cuarenta y dos discursos después de pertenecer
a dieciséis Parlamentos y a treinta y cuatro legislaturas
diferentes y de ocupar la Presidencia del Consejo de Ministros
siete veces"20. Sin duda,
Sagasta fue el político por excelencia, un hombre
dedicado en cuerpo y alma a las tareas de gobierno. Y
en esa dilatada carrera, fueron muchos e importantes los
mensajes que lanzó a sus adversarios políticos,
a sus correligionarios y, por supuesto, a la sociedad
de su tiempo.
Creemos que un hombre es lo que se siente,
y los demás llegan a conocerlo mejor o peor en
tanto sus palabras sean claras, directas y bien encadenadas.
El lenguaje, por tanto, es arma esencial para comunicarse
y para crecer en sociedad. Y no cabe duda de que Práxedes
Mateo Sagasta, ínclito masón por convicción
y espíritu de servicio, sabía decir las
cosas de una forma rayana en lo magistral.
A la hora de entresacar algunas de sus
intervenciones en las Cortes para ver o interpretar en
ellas posibles vetas masónicas, no nos proponemos
sino ejemplificar acerca de cómo puede reflejarse
en sus discursos la filosofía masónica que
él vivió directa y hondamente a lo largo
de tantos años21. Por esta
misma razón, preferimos tomar prioritariamente
-a modo de muestra- intervenciones parlamentarias suyas
del año 1881, en que ejerce de Presidente del Consejo
de Ministros bajo el reinado de Alfonso XII.
Fueron muchas, por cierto, las planchas
de felicitación que se dirigieron por esos días
al hermano Paz desde distintos talleres del Gran
Oriente de España y aun de otras obediencias. De
entre las cartas que diferentes logias nacionales y extranjeras
dirigieron al dimitido22 Gran
Maestre Sagasta con motivo de su nombramiento como jefe
de Gobierno, quizá sea representativa la que la
logia Integridad n° 132 le envió desde
Sevilla el 13 de febrero de 1881, apenas transcurridos
cinco o seis días de la constitución del
nuevo gobierno, y que nos place reproducir en nota al
pie de página para solaz de curiosos23.
Regresando enseguida sin distraernos
al tema central de este epígrafe que nos ocupa,
queremos integrar en este breve estudio de aproximación
a Sagasta y sus discursos, el siguiente fragmento:
| |
[Sagasta pide la palabra
para presentar su nuevo gobierno]
"Señores Diputados, por las comunicaciones
que acaban de leerse, se ha enterado el Congreso de
que S. M. el Rey ha aceptado la dimisión que
constitucionalmente le fue presentada por el Ministerio
anterior, y de que, haciendo uso de las facultades
que la Constitución le confiere, se ha dignado
encargar la dirección de los negocios públicos
al Ministerio que tengo la honra de presidir.
Todos vosotros, Sres. Diputados, conocéis los
antecedentes de los nuevos Ministros; conocidos son
también del país los compromisos que
hemos contraído en la oposición, y que
honradamente esperamos realizar en el poder, siempre
con el concurso de las Cortes y con la confianza de
la Corona; que no hemos de venir al banco de Gobierno
a realizar cosas contrarias a las que en la oposición
hemos proclamado y defendido.
Pero mientras no tengamos el concurso
de las Cortes, como tenemos hoy la confianza de la
Corona, el nuevo Ministerio, sin perjuicio de llevar
a todos los actos de administración del Estado
el espíritu liberal que le anima, ha de tener
por norma fija el respeto profundo a la ley. Todo
lo que la ley consienta, será por el Gobierno
consentido; todo lo que la ley prohíba, prohibido
será por el Gobierno. Sin prevenciones contra
nadie, sin enconos para ningún partido, con
un espíritu amplísimo de concordia para
todos, venimos animados del mejor deseo a llenar la
altísima misión que nos está
encomendada, en cumplimiento de las nobles aspiraciones
del Rey, y con el propósito de atender a todas
las necesidades del país"24. |
Algo que salta a la vista
nada más ojear los discursos es la corrección
de sus formas, las maneras precisas e impecables de conducirse
a lo largo de sus disertaciones públicas y, sobre
todo, una indecible firmeza en el decir que convence por
su rotundidad manifiesta. En este fragmento observamos
cómo se dirige a los diputados mostrándose
orgulloso de tener la confianza del rey25
para la formación del nuevo gobierno. Y es curioso
comprobar cómo enseguida saca a colación
la honradez de miras con la que piensa enfrentarse a la
tarea requerida, honradez que sin duda es una de las premisas
de actuación de los iniciados francmasones.
Habla igualmente del espíritu
liberal que anima su labor política, dato que podríamos
tener presente a la hora de relacionarlo con el talante
liberal del que la Masonería hace siempre gala.
Y se refiere luego, acto seguido, al respeto profundo
a las leyes, cosa que en Masonería constituye uno
de los elementos básicos de su -valga la expresión-
teoría doctrinal relativa a la sociedad profana.
Y por último, ese espíritu
de concordia que dice animarlo en la formación
del nuevo gabinete ministerial, parece hablarnos del principio
de concordia que reina habitualmente entre los hijos de
la viuda en los templos, durante las tenidas o fuera de
ellas, y sin el que sería difícil entender
el desarrollo de los trabajos masónicos.
Veamos un nuevo fragmento de otro de
sus discursos parlamentarios:
| |
[Sagasta replica a
los señores Martos y Castelar, Diputados electos]
"Más que primos, hermanos debemos ser
todos los que aquí estamos hoy reunidos al
observar la confianza con que nos tratamos y hasta
el cariño que nos han dispensado los señores
que han tomado parte en este debate, creyéndonos
ya Diputados sin serlo todavía, y convirtiendo
esta Asamblea de Diputados electos en un Congreso
de Diputados constituido. Y más que primos,
hermanos debemos ser por las libertades que se han
tomado y que con mucho gusto hemos aceptado aquí...
[...]
¿Qué necesidad hay
de precipitar las cosas? Seremos Diputados, y una
vez que seamos Diputados, veremos de modificar, si
es conveniente modificar, ese artículo del
Reglamento y otros artículos y todos los que
quieran los señores que han usado de la palabra.
Entre tanto, ¿qué es lo que nos corresponde
hacer? Seguir las indicaciones del Reglamento actual.
¿Es que hay algo en él que repugna a
nuestra conciencia? Pues basta y sobra con una protesta
como las que han hecho el Sr. Martos y el Sr. Castelar.
¿Les puede quedar escozor de conciencia por
cumplir el Reglamento después de las protestas
que han hecho? No, salvan todos los escrúpulos;
el Reglamento se cumple como deben cumplirse todas
las leyes, y como deben cumplirlas con más
rigor que nadie los que están llamados a ser
legisladores, dando un ejemplo que bien necesario
es dar en nuestro país. Si el Reglamento es
malo, cúmplase mientras sea Reglamento, y modifíquese
por los medios que el mismo tiene establecidos; pero
sin impaciencia y sin apresuramiento"26. |
Poco hemos dicho hasta aquí acerca
de los malabarismos que Sagasta era capaz de hacer con
la intencionalidad de sus palabras, ni nos hemos referido
apenas a la ironía con que a veces logra incidir
en según qué asuntos o cuestiones. Con la
vista puesta en estos fragmentos que acabamos de leer,
podríamos analizar todos estos rasgos, especialmente
en el primero de los parágrafos. Pero a fin de
no alejarnos de las intuidas y presuntas vetas masónicas
que andamos buscando, nos centraremos en la alusión
que hace el orador al cumplimiento de las leyes y a la
conveniencia de dar buen ejemplo. Ambas cosas son relacionables
con el saber estar masónico, y a su vez con la
manera de hacer las cosas, progresiva y ordenadamente,
en el interior de los talleres. Cumplamos la ley, dice
Sagasta, y demos ejemplo haciendo bien las cosas. No tengamos
impaciencia y trabajemos por cambiar lo que está
mal, pero sin prisas ni chapuzas. Nos parece evidente
que aquí, en este fragmento reseñado, hay
un reflejo fidedigno de la filosofía de la acción
masónica.
Señalemos un nuevo fragmento. Veremos que, con
relación a las técnicas de dominio oratorio,
no tiene desperdicio. Dice así:
| |
[En
contestación a una intervención del
Sr. Martos]
"Yo siento que al Sr. Martos
le molestaran algunas de las palabras que yo pude
pronunciar ayer, sobre todo al final de mi corta peroración.
No las dije con intención de ofender a S. S.,
pues si hubiera sabido que eso pudiera ofenderle en
lo más mínimo, no las hubiera dicho,
y si a S. S. le han ofendido, las doy por retiradas,
y las retiro. (el Sr. Martos: No, no). Pero
a mí me importa hacer constar que esas palabras
las dije con todo género de salvedades; y como
son breves, voy a leerlas, para que vea el Congreso
que no se ha quejado con razón el Sr. Martos.
[Las lee al pie de la letra y luego continúa
diciendo]:
No se puede hablar con más
cortesía, ni protestar con una manera más
suave de ciertas frases que no podían pasar
en silencio en una Cámara monárquica,
ante el Gobierno de un Rey y ante el país monárquico.
¿Qué menos podía yo decir? ¿De
qué se queja, pues, el Sr. Martos?"27 |
Sagasta utiliza en ocasiones la pregunta
retórica con la respuesta implícita. Es
decir, sabe que sus preguntas llevan en sí mismas
las respuestas lógicas que caen por su peso, un
peso siempre de aparente razón y cordura. Son preguntas
envenenadas, que paralizan de pronto las argumentaciones
ajenas. Aquí vemos el ardid con claridad formidable.
Las preguntas acorralan el contenido del discurso de su
antagonista, ponen sitio a su argumentación y por
fin desarman el entramado del que pudiesen pender sus
palabras.
Pero además, en el fragmento planteado, leemos
bien a las claras entre líneas -bajo esa sutil
apariencia de suprema educación de Sagasta- un
delicado respeto hacia las opiniones del otro y, sobre
todo, una modestia infinita a la hora de pedir excusas.
Ahí vemos nuevas vetas masónicas, en esa
actitud pulcra, respetuosa, rayana casi en el miramiento
fraterno, una actitud que pretende ser clara, taxativa
y noble a la vez aun sin perder por ello la exquisitez
en las maneras. Se deja notar esa postura de trabajo masónico,
ese autocontrol que impone para cada iniciado el atril
de los francmasones.
Pasemos a contemplar otro breve fragmento de Sagasta.
Dice así:
| |
[En
contestación a una intervención del
Sr. Castelar]
"El señor Castelar no
recela del Gobierno y recela de altas instituciones;
¿y por qué recela S. S.? Por un apellido;
como si las preocupaciones y las pasiones de los hombres
y de los partidos pudieran sobreponerse a la realidad
de las cosas; eso, allá en otros tiempos y
bajo otras impresiones, podía tener cierta
explicación; pero a últimos del siglo
XIX, para las ideas del día, para hombres como
el Sr. Castelar y caracteres como el de S. S., no
lo comprendo. Su señoría, sin embargo,
nos ha indicado que asistirá al ensayo de la
alianza de la Monarquía con la libertad. Asista
S. S. tranquilo a lo que S. S. llama ensayo; pues
tengo la seguridad de que todos los principios que
aquí ha pedido S. S. con lentitud, todos esos,
y en mi opinión no tan lentamente como S. S.
cree, van a encontrar su desenvolvimiento en la Monarquía
(Aplausos).
¿Por qué, Sr. Castelar,
por qué quiere S. S. la libertad? Su señoría
nos ha dicho que la libertad es el alimento sin el
cual podemos vivir algunos días; pero que el
orden es el aire que respiramos, sin el que solo podemos
vivir algunos minutos. Pues en España, tenga
seguridad el Sr. Castelar, podrá decirse que
haya otras formas de gobierno que den también
la libertad, alimento sin el cual se puede vivir algunos
días; pero la atmósfera indispensable
para la vida, por corta que ésta sea, esa no
la da, no la puede dar más que la Monarquía
constitucional (Aplausos)" 28 |
Aparte de la continua
defensa que Sagasta hace en sus discursos parlamentarios
de la monarquía constitucional como mejor sistema
de gobierno para España, hemos de referirnos aquí,
muy en especial, al segundo parágrafo. En él
hace alusión directa a la libertad, igual que sucede
en multitud de otras ocasiones. La libertad, como principio
irrenunciable, es también un lema de la Francmasonería,
el primero y esencial. Como señalaba Sartre, la
libertad es el modo de ser del hombre en el mundo, "pero
es también el modo de ser del mundo para el hombre"29.
En la Francmasonería, la libertad
pertenece a la esencia del hombre y es una exigencia ética.
El respeto a la libertad y la lucha por conseguirla en
toda su amplitud, ha sido siempre -y sigue siendo ahora-
uno de los propósitos vitales de los iniciados.
La Masonería cree en la necesidad de la acción
en el mundo, y la libertad no nace por generación
espontánea, sino que necesita siembra, cuidado
y mimo para desarrollarse adecuadamente, bien sea en las
naciones o en los individuos; tanto si nos referimos a
la libertad en el campo social, como si hablamos de la
libertad de los seres humanos. Paz y libertad son dos
conceptos asociables a la idiosincrasia de la Masonería.
De ahí que no nos deba extrañar que dichas
nociones salgan a colación con frecuencia en los
discursos parlamentarios del estadista riojano.
Por último, no podemos dejar de incluir una intervención
de Sagasta, del año 1882, que lo define bien desde
el punto de ético. Había hablado el diputado
Sr. Carvajal refiriendo el caso de ocho condenados por
delitos políticos -los sublevados en Pola de Lena,
Asturias- a los que no se les había concedido el
indulto, y con los que se estaba cometiendo una evidente
injusticia comparativa. La intervención del Presidente
del Consejo de Ministros fue esta:
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[En respuesta a una
intervención del Sr. Carvajal a favor del indulto
para presos políticos]
"El Sr. Carvajal hace bien en confiar en que
el Gobierno ha de insistir en sus propósitos.
Creía el Gobierno que no había ya ningún
español sufriendo condena por delito meramente
político, y yo no sé las causas que
habrá para que éstos, que si no he entendido
mal, son unos condenados por el hecho político
de Pola de Lena, no estén en efecto indultados,
como lo están todos los que lo han solicitado.
El Gobierno se enterará de
lo que haya en este asunto, y si no hay dificultad
superior a las que el Gobierno puede vencer dentro
de sus facultades, si no hay más que delitos
meramente políticos, yo ofrezco al Sr. Carvajal
hacer con los delincuentes políticos de Pola
de Lena lo que he hecho con los delincuentes políticos
que lo han sido en otros sitios y en otras circunstancias"30. |
Se hacen patentes en
esta alocución dos cosas: la declarada humildad
de quien, aun debiendo conocer, desconoce; y el ofrecimiento
de reparar la injusticia cometida si resulta ser tal.
Sagasta, que como francmasón tiene en mente la
aniquilación de la injusticia y la victoria sobre
la desigualdad a favor de la equidad, no puede responder
al diputado Carvajal más que con su verdad, y esa
verdad está embebida de la ética de las
logias, moral y proceder que Sagasta tiene como suyos
desde tiempo atrás.
A modo de conclusión
Si bien hemos dejado
claro en los preliminares de este trabajo que nuestra
intención no iba más allá de ensayar
una modesta aproximación a las vetas masónicas
en los discursos sagastinos, no vamos a privarnos por
ello de trazar unas conclusiones prácticas que
podrían servir de apoyo a venideros ensayos de
investigación o de elucubración.
Lo primero que nos ha saltado a los
ojos es que la libertad, como idea primigenia y esencial,
es un leit motiv que identifica a Práxedes
Mateo Sagasta en el fondo de casi todas sus intervenciones
parlamentarias. Digamos, para entendernos coloquialmente,
que el concepto de libertad forma parte de su imaginario
retórico. Mantiene un estilo limpio, literariamente
llano y elegante, sin disonancias, que produce en el oyente
un efecto seductor y convincente.
Hemos observado en Sagasta una indudable
acomodación al momento histórico preciso.
Llevó una trayectoria de grandes y hondísimos
cambios, que "puede condensarse con decir que pasó
de revolucionario de barricadas a defensor de la Restauración
y en especial de la Reina Regente. Un camino ciertamente
difícil, aunque no excepcional en su tiempo, que
le obligó a un proceso de adaptación a veces
demasiado violento si no tenemos en cuenta la rapidez
de los acontecimientos que llenan los años que
van de 1868 a 1903 y que forzaron a muchos a esa torsión
de posturas en busca de un equilibrio político
tras las tormentas revolucionarias"31.
Fue un camaleón de la política
y de la vida32, un hombre que
tuvo las mejores intenciones y que luchó por hacer
posible sus ideales. No creemos que haya, por tanto, postura
más noble que esa para un político. Y especialmente
en este caso, donde a la vocación de servicio social
de nuestro personaje se ha de sumar su espíritu
masónico, perfectamente asentado y asumido. Dice
de él Romanones que Sagasta "nunca habló
mal de nadie, ni aun de sus mayores enemigos"33.
Esta frase dice mucho de Sagasta, y con ella nos quedamos.
Y acabamos por fin ofreciendo una definición
de Masonería que apareció impresa en su
día en el Boletín Oficial de la Gran
Logia de España34. Comenzaba
el documento diciendo que "de cuantas sociedades
secretas han existido desde la creación del mundo,
ninguna ha sido menos conocida ni más calumniada
que la Masonería; y hoy mismo, a pesar de su larga
existencia, más antigua en muchos siglos que el
Cristianismo, es vulgarmente considerada como una reunión
de personas sin fe, sin piedad, sin amor, que se ocupan
constantemente en conspirar contra los gobiernos constituidos
"
Termina definiendo la Francmasonería como "la
reunión de hombres libres y honrados que, siendo
verdaderos apóstoles de la verdad, de la ciencia
y de la virtud, marchan siempre a la vanguardia del progreso;
instruyen sin cesar con la enseñanza y con la práctica
lo que es bueno y lo que es bello, y procuran hacer de
la humanidad una sola familia de hermanos, unida por el
trabajo, por el amor y por el pensamiento".
Una definición, escrita hace
ciento treinta y cinco años, a la que presuponemos
la buena fe que dictan los rectos y nobles propósitos35.
1 La figura de Sagasta ha sido estudiada
con amplitud por el profesor José Cepeda, y más
recientemente por el doctor José Luis Ollero. Ambos
coinciden en afirmar que Sagasta es una de las personalidades
más fructíferas e interesantes del panorama
político español del siglo XIX. Véanse
CEPEDA ADÁN, José, Sagasta. El político
de las horas difíciles, Madrid, Fundación
Universitaria Española (FUE), 1994; y OLLERO VALLÉS,
José Luis, El progresismo como proyecto político
en el reinado de Isabel II: Práxedes Mateo-Sagasta,
1854-1868, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos,
1999. Sobre su biografía también pueden
consultarse ROMANONES, Conde de, Sagasta o el político,
Madrid, 1930, y RIVAS, Natalio, Sagasta, Madrid,
1946. Y cómo no, la magnífica y voluminosa
biografía política de NIDO Y SEGALERVA,
Juan del, Historia política y parlamentaria
del Excmo. Sr. D. Práxedes Mateo Sagasta, Madrid,
1915.
2 La relación de Práxedes Mateo-Sagasta
con la villa camerana fue más intensa de lo que
reflejaron algunos biógrafos. En dicha localidad
se casaron sus padres, y a orillas del Iregua vivió
toda su infancia hasta que la familia se estableció
en Logroño, donde el jovencísimo Sagasta
continuó estudios en el Instituto. Al tener que
desplazarse después a Madrid para iniciar la carrera
de ingeniería de caminos, se alejó físicamente
de su tierra natal, aunque siempre llevase a gala el haber
nacido en aquel "trocito de Suiza con cielo español",
como la describió Azorín. Una vez acabada
la carrera, que terminó como número uno
de su promoción en 1849, fue destinado a Zamora,
ciudad en la que llevó a cabo una intensa labor
de revitalización en obras públicas. Sin
embargo, su auténtica vocación fue la actividad
política, a la que dedicó el resto de su
vida. Su trayectoria pública recorrió toda
la segunda mitad del siglo XIX. Encuadrado en las filas
del liberalismo progresista, destacó como habilidoso
orador parlamentario desde 1854 y como incisivo periodista,
dirigiendo durante algunos años el diario La
Iberia. Tras vivir sus momentos más difíciles
en el exilio, como fue común a los liberales del
siglo XIX, las oportunidades de gobierno le llegaron con
la Revolución triunfante de 1868. Ocupó
diversas carteras ministeriales y desempeñó
en dos ocasiones la Presidencia del Consejo de Ministros.
En estas responsabilidades tuvo ocasión de comprobar
las dificultades para llevar a la práctica la que
fue divisa esencial de su ideario político: la
conciliación de la libertad y el orden.
3 El 5 de enero de 1876 fue reconocido e investido Gran
Comendador. La fecha exacta en que fue nombrado Gran Maestre
es la del día 7 de marzo de ese mismo año,
como se apunta en FERRER BENIMELI, J. A., "Práxedes
Mateo Sagasta, Gran Maestre de la Masonería",
en Berceo, Logroño, nº 139, 2000, pp.
165-178, p. 167. Respecto a los méritos que la
Masonería atribuye al hermano Sagasta para ofrecerle
el cargo de Gran Maestre, señalar que les mueve
más la tarea masónica realizada y reconocida
y los servicios prestados años atrás, que
su poder político en el ámbito profano.
Véase en relación con este asunto la "Sección
Doctrinal" del Boletín Oficial del GODE,
Gran Oriente de España, Madrid, 15 julio de 1880,
nº 43, pp. 627 a 631, y sobre todo las dos últimas
páginas.
4 SERNA, Ricardo, Masonería y Literatura. La
Masonería en la novela emblemática de Luis
Coloma, Madrid, Fundación Universitaria Española
(FUE), Serie Monografías nº 71,1998, p. 28].
5 Boletín Oficial del GODE, Gran Oriente
de España, VIII, Madrid, 15 julio de 1880, nº
43, p. 628. El nombramiento de Sagasta como Gran Maestre
impuso la calma y el orden en el convulso panorama masónico
español de 1875. Como reza el fragmento del Boletín
que acabamos de transcribir, los personalismos estaban
a la orden del día, y andaban socavando gravemente
la Institución en aquellas fechas. Tristemente,
habría que denunciar que todavía hoy -después
de transcurrido casi siglo y medio desde aquellos hechos-
existe un problema similar en las cúpulas de ciertas
destacadas obediencias, y aun de algunas logias. La fraternidad
y sincera cordialidad entre los masones españoles
no llegará a buen puerto, ni se conseguirá
tampoco una imagen de unidad frente a los medios del mundo
profano, hasta que se destierre de una vez por todas esta
seria lacra de los personalismos que va lastrando la Orden
desde tiempo inmemorial.
6 OLLERO VALLÉS, José Luis, "Práxedes
Mateo Sagasta y la Masonería: relación institucional
e ideológica. Una nueva aportación al binomio
Masonería-Política", en FERRER BENIMELI,
José A.(coord.), La masonería española
entre Europa y América (Actas del VI Symposium
Internacional de Historia de la Masonería Española,
Zaragoza, julio 1993), Diputación General de Aragón,
Zaragoza, 1995, vol. I, p. 84]. Es evidente que la Masonería
guió el poder de Sagasta en ciertos momentos, aunque
a su vez Sagasta se valiese de la Masonería para
el logro de ambiciones políticas. Un maridaje llevado
con naturalidad que no excluye, en absoluto, el ejercicio
del poder de la Orden a través de Sagasta en este
caso, o de cualquier otro miembro en otros casos distintos
que pudiésemos analizar.
7 SERNA, Ricardo, "Práxedes Mateo Sagasta
(1825-1903)", en La Acacia, Zaragoza, Nueva
época, nº 5, junio 1999, p. 8.
8 FERRER BENIMELI, José Antonio, Ob. cit nota
3.
9 LASKI, Harold J., El liberalismo europeo, México,
3ª ed. 1961, p. 15. Acerca del liberalismo, véase
AA.VV., Las máscaras de la libertad, Madrid, Ed.
Marcial Pons, Ediciones de Historia, 2003. En el desarrollo
histórico de la España del siglo XIX, el
liberalismo se presenta como una realidad compleja en
la que encontramos manifestaciones de tono conservador
junto a otras radicales. Las Máscaras de la
libertad constituye una aproximación a la riqueza
cultural del liberalismo a través de la colaboración
de historiadores de las ideas, de la política y
de la economía. El resultado nos parece un combinado
sabroso donde se observan los rasgos de una cultura política
que se ha venido acomodando a las exigencias de coyunturas
históricas muy diversas. Hemos de añadir,
para los interesados en Sagasta y el Estado liberal, que
la Fundación Práxedes Mateo Sagasta tiene
prevista la edición de dos importantes obras: la
primera del doctor OLLERO VALLÉS, José Luis,
Práxedes Mateo-Sagasta y el Estado liberal:
progreso, política y negocios, que se publicará
en colaboración con la editorial Marcial Pons,
y los trabajos sobre Sagasta y el liberalismo europeo
que verán la luz gracias a una colaboración
con la Biblioteca Nueva.
10 La voz proviene del latín rhetorica,
que podemos traducir como "arte o manera de hablar
con elegancia". La definición que se da en
el texto es la misma que ofrece el Diccionario de la
Lengua Española, editado por la Real Academia
Española, Madrid, XXII edición, octubre
de 2001.
11 SEOANE, María Cruz, Oratoria y periodismo
en la España del siglo XIX, Madrid, Fundación
Juan March, Editorial Castalia, 1977. pp. 303-304. De
la misma autora es una emblemática y bien documentada
Historia del periodismo en España, obra
en tres volúmenes -el último referido al
siglo XX, y escrito al alimón con María
Dolores Sáiz- editada en Madrid por Alianza Editorial
en 1996, donde también hallamos valiosas referencias
al lenguaje del periodismo español del siglo de
Sagasta.
12 Ibídem
13 Cita de Cañamaque tomada de CABALLERO LÓPEZ,
José Antonio, "Retórica de la oratoria
parlamentaria de Práxedes Mateo Sagasta. El discurso
sobre la libertad de cultos (1854)", en Berceo, Logroño,
nº 139, 2000, p. 146.
14 José Antonio Caballero hace referencia en su
artículo a estos títulos: LÓPEZ EIRE,
A. y SANTIAGO GUERVÓS, J. de, Retórica
y comunicación política, Madrid, Editorial
Cátedra, 2000, p. 98; y a LO CASCIO, V., Gramática
de la argumentación, Madrid, Alianza Universidad,
1998, p. 87. Ambas son obras muy adecuadas para comprender
la importancia del arte de la retórica a la hora
de pergeñar y emitir un mensaje, y para descifrar
las claves de una buena argumentación discursiva.
15 CABALLERO LÓPEZ, José Antonio, Ob.
cit nota 13, p. 147.
16 Ibídem
17 El profesor Caballero analiza con gran conocimiento
de causa, en el mentado trabajo, las diversas estrategias
de convicción que se aprecian en la oratoria de
Sagasta, y de ahí que no profundicemos más
en dicho asunto. Véanse al respecto, del susodicho
artículo, las páginas 148 y siguientes [Ob.
cit nota 13].
18 Ese agudo sentido de la oportunidad no lo tienen, ni
mucho menos, todos los oradores. Precisamente Antonio
Flores diferencia muy bien entre el orador elocuente,
contra el que nada opone ni objeta, y el simplemente locuaz
o silabario, del que se mofa divertidamente en
su artículo "Un diputado silabario",
incluido en el ya referenciado FLORES, A., La sociedad
de 1850, Madrid, Alianza Editorial, Col. Libro de
bolsillo nº 128, Cap. 8, 1968, p. 122. Dice Flores
que de los "dignísimos oradores, que por su
calidad y su número nos hacen figurar en primer
término entre los pueblos parlamentarios, nada,
sin embargo, diremos, porque ni la índole de esta
obra ni el tono en que va escrita consienten otros personajes
que los ya tullidos para que salgan más o menos
descalabrados". Y añade luego: "Pasaremos
en silencio los que saben elaborar y disponer las sílabas
para producir con ellas bellísimos conceptos, y
hablaremos únicamente de los que las vierten sin
acertar a hacer otra cosa que palabras y nada más
que palabras". Diferencia, pues, entre el diputado
parlanchín y el orador parlamentario.
19 Desde el punto de vista bibliográfico, creemos
que la obra más completa acerca de los discursos
de Sagasta es la selección que publicó Carlos
Dardé, de la Universidad de Cantabria, en 2004.
La obra se halla editada en una colección del propio
Congreso de los Diputados, y tiene un estudio introductorio
que merece la pena conocer. También es reseñable
la selección de discursos de Sagasta y de Orovio,
editada en dos volúmenes por el Ateneo Riojano
y el Parlamento de La Rioja, respectivamente, de Gonzalo
Capellán, José Miguel Delgado y José
Luis Ollero. El segundo volumen contiene artículos
en torno al parlamentarismo liberal en general, así
como las aportaciones de ambos políticos riojanos.
[CAPELLÁN DE MIGUEL, Gonzalo, DELGADO IDARRETA,
José Miguel, y OLLERO VALLÉS, José
Luis, Manuel de Orovio y Práxedes Mateo Sagasta,
discursos parlamentarios, Logroño, Ateneo Riojano,
2000; y CAPELLÁN DE MIGUEL, Gonzalo, Parlamento
y parlamentarios en la España liberal. Manuel de
Orovio y Práxedes Mateo Sagasta, Logroño,
Parlamento de La Rioja, 2000]. Igualmente hay que
consultar, y así lo hemos hecho, el número
139 de la revista Berceo, del año 2000,
donde el profesor José Antonio Caballero López,
de la Universidad de La Rioja, hace un estudio de aproximación
a la retórica parlamentaria de nuestro personaje.
[CABALLERO LÓPEZ, José Antonio, "Retórica
de la oratoria parlamentaria de Práxedes Mateo
Sagasta. El discurso sobre la libertad de cultos (1854)",
en Berceo, Logroño, nº 139, 2000, pp.
145-163]. También hemos sabido que, desde hace
algún tiempo, hay un proyecto de estudio retórico
de los discursos parlamentarios de Sagasta en el que andan
implicados los doctores José Antonio Caballero
y José Luis Ollero y que, imaginamos, estará
ya maduro o a punto de salir a la luz.
20 ROMANONES, Conde de, Sagasta o el político,
Obras Completas, tomo I, Madrid, 1930, p. 127.
21 En realidad, las vetas masónicas que vamos sucintamente
a contemplar, entresacadas de algunos de sus discursos
de 1881 y 1882 -sobre todo de 1881- en el Congreso de
los Diputados, se repiten en otras muchas de sus intervenciones
parlamentarias, ya que la filosofía masónica
es algo vivo que se lleva dentro, una manera de ser y
de comportarse, y por tanto una forma de ir por la vida
y de reaccionar ante las cosas y los hechos. No sería
lógico pensar que esas supuestas vetas a las que
nos intentamos aproximar aquí, sólo están
presentes en los fragmentos que señalamos.
22 Sagasta había presentado la dimisión
como Gran Maestre por escrito el 18 de julio de 1880,
como figura en el decreto masónico por el que se
autoriza a don Telesforo Montejo y Robledo -de nombre
simbólico Padilla-, a la sazón Soberano
Gran Inspector del grado 33 y Gran Teniente Comendador
del Supremo Consejo, para que lo sustituya de forma interina.
Véase el Boletín Oficial del GODE,
Gran Oriente de España, Madrid, 30-VII-1880, p.
612.
23 "Nos, Ven.·. Maest.·., Dig.·.
y Oob.·. de esta Resp.·. Log.·. Integridad,
núm. 132, bajo los auspicios del Gr.·. Or.·.
de España, envía al Excmo. é Ilmo.
Sr. D. Práxedes Mateo Sagasta. La Respetable
Logia Integridad, reunida en tenida magna extraordinaria,
acordó enviaros por medio de las tres Luces la
más entusiasta y cordial felicitación por
vuestra elevación a la Presidencia del Gobierno
encargado de dirigir los destinos de nuestra querida y
amada patria.
Bien comprendemos que la misión de la Masonería
española, que tan bien habéis sabido organizar,
es ajena a la esfera de la política; pero séanos
permitido congratularnos una vez más de vuestra
elevación al poder.
Los hijos de la Viuda tienen sobrada
fe en las virtudes cívicas, ideas patrióticas
y sentimientos de libertad y de justicia que concurren
en el Poderoso hermano Paz, y entienden que su
mando será la etapa de una nueva era que restañe
las heridas y vivifique la atrofiada savia de esta infortunada
nación. Recibid, Poderoso hermano, el abrazo fraternal
de todos los miembros de este Respetable taller y nuestros
votos al Supremo Arquitecto del Universo por vuestra salud
y prosperidad. Sevilla, 13 de febrero de 1881". La
plancha está firmada por el Venerable Maestro de
Integridad, José Quintero, así como
por el Primer Vigilante José Mª del Campo,
el Segundo Vigilante Rafael Rodríguez de Castro,
y el Secretario Francisco de C. Martínez. Dicha
plancha fue publicada un mes después en el Boletín
de la obediencia. [Boletín Oficial del GODE,
Gran Oriente de España, Madrid, 15 marzo de 1881,
nº 5, p. 70].
24 Diario de las Sesiones de Cortes. Madrid, Congreso
de los Diputados. Legislatura 1880-81, Tomo único
de índices, nº 20, p. 374. Sesión del
miércoles 9-II-1881, presidida por el Excmo. Sr.
Conde de Toreno.
25 Tampoco viene mal remarcar aquí el hecho de
que Sagasta manifestó siempre su convencimiento
de que la monarquía moderna y democrática
era el mejor sistema que los españoles podían
darse para el correcto gobierno de la nación. Sus
palabras, sus actos y su vocación de servicio a
la corona, así lo testimonian.
26 Diario de las Sesiones de Cortes. Madrid, Congreso
de los Diputados. Legislatura 1881-82, Tomo I, nº
2, pp. 16-17. Sesión del miércoles 21-IX-1881,
presidida por el Excmo. Sr. D. José de Posada Herrera,
Presidente provisional de la cámara.
27 Diario de las Sesiones de Cortes. Madrid, Congreso
de los Diputados. Legislatura 1881-82, Tomo III, nº
45, p. 962. Sesión del sábado 12-XI-1881,
presidida por el Excmo. Sr. D. José de Posada Herrera.
28 Diario de las Sesiones de Cortes. Madrid, Congreso
de los Diputados. Legislatura 1881-82, Tomo III, nº
46, p. 983. Sesión del lunes 14-XI-1881, presidida
por el Excmo. Sr. D. José de Posada Herrera.
29 ESPINAR LAFUENTE, Francisco, Esquema filosófico
de la Masonería, Madrid, Ediciones Istmo, 1981,
p. 67
30 Diario de las Sesiones de Cortes. Madrid, Congreso
de los Diputados. Legislatura 1881-82, Tomo VII, nº
101, p. 2671. Sesión del miércoles 12-IV-1882,
presidida por el Excmo. Sr. D. José de Posada Herrera.
31 CEPEDA ADÁN, José, "La figura de
Sagasta en la Restauración", en revista Hispania,
Tomo XXIII, nº XCII de octubre-diciembre, Instituto
Jerónimo Zurita (CSIC), Madrid 1963, p. 584.
32 Véase MILÁN GARCÍA, José
Ramón, Sagasta o el arte de hacer política,
Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 2001. Lo que pretende
este libro no es tanto ofrecer un extenso y minucioso
trabajo biográfico sobre Sagasta, como combinar
lo mejor de la biografía política de corte
más tradicional -incardinando su trayectoria personal
dentro de la evolución más general seguida
por el liberalismo monárquico de izquierdas en
el largo y difícil proceso de consolidación
del régimen liberal hispano- con un análisis
en profundidad de sus formas de actuación política.
Nos parece interesante la obra porque se adentra en la
esencia de sus maneras políticas y en la forma
que tuvo de mantener su liderazgo.
33 ROMANONES, Conde de, Ob. cit nota 20, p. 101.
34 Apareció en un artículo anónimo
el 15 de mayo de 1871, pocos meses antes de que Sagasta
fuese nombrado Presidente del Consejo de Ministros bajo
el reinado de Amadeo I de Saboya. Véase "¿Qué
es la Masonería?" (sin firma), en Boletín
Oficial del GODE, Gran Oriente de España, Madrid,
15-V-1871, nº 2, pp. 6-7.
35 El presente ensayo fue publicado en Ferrer Benimeli,
J. A. [coordinador], La Masonería española
en la época de Sagasta, [2 vol.]. XI Symposium
Internacional de Historia de la Masonería Española
(Logroño, 2006), Zaragoza, Gobierno de Aragón,
2007, vol. I, pp. 421-436.
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