Sirva esta primera curiosidad como aviso a navegantes. Y nunca mejor dicho, porque Internet es, por lo que parece, crisol y punto de confluencia de algunas casualidades raras que bien podrían llevarnos al equívoco. Y es que, si uno rastrea el nombre de nuestro escritor en cualquier buscador de la red sin marcar la dirección exacta de su página web –o sea, escribiendo simplemente Ricardo Serna-, hallará numerosas referencias, aunque no todas del autor español Ricardo Serna que nosotros conocemos.
   En Méjico vive otro autor de igual nombre, Ricardo Serna también, que aparece en la red como poeta católico, y que tiene colgados en Internet numerosos poemas. Aparece referenciado, por ejemplo, en los sitios www.amigosdelapoesia.com o en la revista electrónica www.othlo.com
   Para más inri, la inicial del segundo apellido del autor mejicano coincide igualmente con la del escritor aragonés. El mejicano –eso sí- se apellida por fortuna Gutiérrez, y no Galindo.
   Así que con todos nuestros respetos hacia el poeta americano –al que desde aquí enviamos nuestro más cordial saludo-, hacemos constar que la obra que pueda aparecer suelta y firmada por Ricardo Serna fuera de esta página oficial, nada tendrá que ver probablemente con nuestro escritor aragonés, salvo excepciones provenientes de referencias externas ubicadas en otras páginas. En cualquier caso, que este aviso sirva al navegante de luz clarificadora.
   Igualmente vive y trabaja en Colombia un ingeniero mecánico –no se trata de un escritor en este caso- que también es homónimo del autor aragonés. Se llama Ricardo Serna Salazar. Con afecto y cordialidad, lo saludamos asimismo desde aquí por expreso deseo del titular de esta web, con el que sabemos ya se ha intercambiado correo electrónico amistoso en varias ocasiones.
   Incluso en España vive, que sepamos, otro Ricardo Serna dedicado a entrenar a los jugadores de un equipo de fútbol.
   En fin, coincidencias de la vida.

 
 
 
 
Ricardo Serna nació el 28 de octubre de 1954. Pero su padre, cuando lo inscribe en el registro civil, da como cierta la fecha del día anterior. Por esa razón, en la mayor parte de los documentos oficiales, figura el día veintisiete como su fecha de nacimiento. El despiste del escritor viene de familia.

 
 
 
 


Serna ha manifestado alguna vez, en el contexto de entrevistas concedidas a periódicos o emisoras de radio, que le parece no haber tenido niñez, pues apenas consigue acordarse de algunos detalles puntuales de la misma. "Recuerdo bien -dice- las manos delgadas y huesudas de mi abuelo Tomás, padre de mi madre. Lo veo tendido en la cama, en la primera habitación, junto al recibidor de la casa. Sé que tenía bondad en la mirada, pero sin embargo no consigo dibujar con nitidez su rostro en mi cabeza. Me lo quiero figurar como un Alonso Quijano con la cadera rota, malherido tras batallar con los gigantes de su vida".

 
 

 
 
En un cuento titulado El paraguas, integrado por ahora en su libro Comprimidos, todavía inédito, Ricardo Serna transcribe una divertida anécdota que le contó hace años su tío Sixto Galindo, hermano de su madre. Cuando se la oyó por vez primera, le hizo bastante gracia, y pensó que sería aprovechable desde el punto de vista literario. Procuró grabarla con claridad en los archivos de la memoria. Pasados muchos años de aquello, no pudo por menos que plasmarla en el susodicho relato.
   La literatura de Serna es cercana en argumentos, asequible, llena de guiños a la realidad que nos rodea. Por eso a veces se inspira en la vida como trampolín para recrear historias de ficción, o en la ficción para retocar a su aire los hechos reales.
   Algo similar ocurrió a su vez con dos historias que escuchó de boca de su primo Pedro José. Ambas se hallan incluidas en sendos cuentos, titulados Una amiga de mamá, el primero, y El heterodoxo conde de Mountbatten, el segundo. Estos relatos breves pertenecen igualmente al citado libro inédito Comprimidos.

 
 
 
 


La tenacidad es una de las armas con las que cuenta Ricardo Serna a la hora de escribir. Una vez pergeñó un relato titulado Esos muertos no son míos, que luego se publicó en su libro Los escritores. Como no le gustó el desenlace de la historia, lo rehizo nueve veces, hasta que le pareció adecuado y dio por terminado el proceso de escritura de la narración.

 
 
 
 
En una entrevista reciente le preguntaron por los argumentos de un relato suyo titulado La última palabra de Arnold Howard. En su respuesta dijo que de niño, al lado de su casa, había una carbonería de la que salían de vez en cuando cucarachas negras, veloces, brillantes y enormes como puños.
“La primera vez que las vi me asusté mucho, porque una de ellas vino hacia mí y me pareció que me perseguía. Recuerdo que me eché a correr hacia la esquina de la calle. A lo mejor aquel recuerdo remoto me pudo inspirar inconscientemente el argumento de ese cuento tan polémico. Aunque no sé, porque aquel fogonazo de infancia estaba ya demasiado lejos entonces. Igual habría que ver ahí alguna que otra influencia kafkiana, quién sabe”.

 
 
 
 
Hace años, el escritor caminaba por el paseo de Sagasta, en Zaragoza, cuando de pronto, a la altura del número veintinueve, se le aproximó una joven delgada, morena, la mar de sonriente, y le aplicó un par de besos en las mejillas. Al notar que Serna no la reconocía, le dijo:
   -Soy Marta, tu Martita, ¿no te acuerdas? ¡Chico, qué despiste gastas, Luisillo, con lo que nos hemos divertido juntos! Ni que hubiese pasado un lustro de aquello, hijo.
   La chica hablaba por los codos y no parecía dispuesta a dejarlo meter baza. Al oírla, pensó enseguida que podía ser cierto eso de que todos los seres humanos tenemos un doble, y optó por seguir la corriente a la jovencita hasta que ella se hartó de hablar de esto, lo otro y lo de más allá y se despidió por fin, tan afable como al principio, con otros dos sonoros y bien plantados besos.
   -Sigues tan interesante como siempre, Luisillo, permíteme que te lo diga. Y no dejes de llamarme, por favor.
   -Descuida, lo haré. Pero anda, Martita, dame tu teléfono otra vez, por favor, no vaya a ser que lo haya extraviado -solicitó el escritor en última instancia.
   Tras anotar el número de la cariñosa desconocida, cada cual siguió su camino, aunque llenos ambos de una curiosa y peculiar satisfacción.

 
 
 
 
La puntualidad es una de las obsesiones del escritor. No suele llegar a sus citas antes de la hora convenida, pero tampoco minutos después. Si en alguna rara ocasión ha sucedido, puede uno estar seguro de que el retraso -leve, en el peor de los casos- no será imputable a su voluntad, sino que obedecerá sin duda a circunstancias imponderables o a causas atribuibles a terceros.

 
 
 
 
Un día, mientras firmaba ejemplares de su libro Los escritores en una feria del libro, se le acercó una señora mayor muy peripuesta, y con gran afecto le dijo que era para ella un inmenso placer haber dado por fin con él para que le dedicase un libro de su puño y letra. Serna se sintió halagado por las palabras de la dama y le dio las gracias de inmediato. Entonces, la mujer dejó sobre la mesa un ejemplar de El novelista, de Ramón Gómez de la Serna. El escritor se percató al instante del craso error de la señora, pero no quiso defraudar sus expectativas y, tras preguntarle su gracia, le dedicó el libro con la siguiente frase: "Para María Fernández, cuya fe de lectora traspasa los tiempos de vivos y muertos". Firmó debajo con su nombre y apellido y la buena mujer se fue a casa la mar de satisfecha. "Qué le vamos a hacer. Esperemos que Ramón no me lo tenga en cuenta -comentó luego con el librero-. Estaba la pobre tan ilusionada…"