 |
|
|
|
 |
 |
|
| |
|
| |
Se integran en este apartado algunas
de las numerosas entrevistas que ha concedido Ricardo
Serna desde sus primeros pasos públicos como escritor
hasta el día de hoy. La mayor parte son fragmentos
de entrevistas, dado que se ha seguido el criterio práctico
de elegir exclusivamente los bloques, preguntas y respuestas
de mayor interés para los lectores. Las entrevistas
se hallan ordenadas cronológicamente en orden inverso,
de tal manera que las más antiguas se encuentran
al final.
|
|
| |
|
|
10
Autor: Carlos Antonio
Berasátegui
Internet, 12.III. 2005 |
|
|
|
|
|
| |
9
Autora: Lourdes Buisán
Diario del Alto Aragón,
17.XI.2004 [fragmentos]
|
|
|
|
|
|
| |
8
Autor: José
Luis Solanilla
Heraldo de Aragón,
23.VI.2001
|
|
|
|
|
|
| |
7
Autora: Mercedes Pérez
Heraldo de Huesca,
17.XII.2000 [fragmentos]
|
|
|
|
|
|
| |
6
Autora: Mónica
Fuentes
El Periódico de Aragón,
31.X.2000 [fragmentos]
|
|
|
|
|
|
| |
5
Autora: Raquel Goyeneche
Heraldo de Aragón,
30.X.2000 [fragmentos]
|
|
|
|
|
|
| |
4
Autor: Roberto Miranda
El Periódico de Aragón,
24.X.2000 [fragmentos]
|
|
|
|
|
|
| |
3
Autor: Mariano García
Heraldo de Aragón,
Zaragoza, 22.III.1990 [fragmentos]
|
|
|
|
|
|
| |
2
Autor: Antón
Castro
El Día de Aragón,
Zaragoza, 21.III.1990 [fragmentos]
|
|
|
|
|
|
| |
1
Autor: Gonzalo Ortega
Aragón
El Día de Palencia,
Palencia, 8.V.1984 |
|
|
|
|
|
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
|
| |
10
Autor: Carlos Antonio Berasátegui
Internet, 12.III. 2005
Ricardo Serna, el escritor y el ser humano
A menudo se olvida la gente de la calle de que los escritores
somos seres de carne y hueso
Hablar
con Ricardo Serna (Zaragoza, 1954) es siempre un placer,
y más haciéndolo sin prisa, reposadamente,
sabiendo con certeza que la taza de té que une
nuestra charla distendida de hoy no es, ni mucho menos,
el límite de la conversación.
-Me han dicho, Ricardo, que eres poco
partidario de entrevistas personales.
-Pues te han
engañado. No sé quién te habrá
dicho semejante cosa, la verdad. Que yo recuerde, creo
que nunca me he negado a contestar ninguna entrevista,
aunque prefiero las relacionadas directamente con mi oficio
de escritor, porque las otras, las más personales,
me ruborizan un poco. Me da la sensación de que
no voy a poder contar a la gente nada interesante de lo
que es mi esfera privada.
-Pero estarás de acuerdo
conmigo en que lo privado y lo público se entremezclan
inevitablemente cuando tratamos con un escritor.
-Sí,
suele suceder, es verdad. No voy a negar que la vida y
el pensamiento del escritor repercuten en su obra, en
el resultado de la misma. Así que, desde esa perspectiva,
acepto que se intente ahondar en mí como ser humano.
-Biografía y línea
de pensamiento, son factores importantes a la hora de
conocer a un intelectual. A mí me interesa hoy
tanto tu labor literaria como tu vivencia humana, que
presumo rica y bien nutrida.
-Eres muy libre,
tú verás. Desde luego, cada escritor tiene
atesoradas ciertas experiencias personales que lo convierten
con los años en un pozo del que beber. A menudo
se olvida la gente de la calle de que los escritores somos
seres de carne y hueso, y que por lo mismo tenemos una
vida propia sin la que nos sería imposible escribir
de tal o cual manera.
-Si te parece bien, empezaremos
por lo personal y nos remontaremos en el tiempo.
-Como quieras.
La iniciativa es tuya y tú mandas, Carlos.
-Te miro a los ojos de cerca y no te
imagino niño, fíjate.
-No, ni yo
tampoco me imagino. Lo cierto es que me quedan pocos recuerdos
de infancia. Y no es que no guarde memoria de la niñez;
en realidad, las imágenes que me quedan son un
tanto vagas, como si aquella menoría difusa que
tengo en la cabeza fuese la niñez de otro soñada
por mí. No sé si me entiendes.
-Más o menos. Perdona
que me remonte tan lejos
-Ya sé
que estoy mayor. No hacía falta que me lo recordases
-replica Serna con humor.
-Yo no he querido decir eso, que conste.
-No te disculpes,
hombre, que aún es peor. Por algún lado
hay que comenzar las entrevistas, digo yo. Nada mejor
que ser ordenado y hacerlo por el principio. Adelante.
-Me gustaría saber qué
te queda realmente de la infancia.
-Hablando en serio, creo que la infancia
es el paraíso de regreso para la mayoría
de los escritores. Una estación de retorno. Todos
volvemos o intentamos volver a ella, aunque sólo
sea para revivirla por encima. Para sobrevolarla en vuelo
rasante, como diría Borges.
-¿Pero qué cosas
o qué imágenes importantes se han quedado
retenidas en tu cerebro de aquel periodo tan difuso, como
lo calificas?
-Tengo escasas visiones de mí
como infante. A veces, incluso creo no haber tenido niñez,
apenas consigo acordarme de algunos detalles precisos.
Recuerdo bien las manos delgadas y huesudas de mi abuelo
Tomás, padre de mi madre. Lo veo tendido en la
cama, en la primera habitación, junto al recibidor
de la casa. Sé que tenía bondad en la mirada,
pero sin embargo no consigo dibujar con nitidez su rostro
en mi cabeza. Me lo quiero figurar como un Alonso Quijano
con la cadera rota, malherido tras batallar con los gigantes
de su vida.
-Una imagen muy evocadora.
-Es que mi abuelo Tomás era
bastante Quijote en todo, creo yo. Al menos, tenía
poco de Sancho. Era un hombre espiritual, reflexivo, paciente.
Yo lo guardo así en mi cabeza. Y sé -me
lo decía siempre mi madre- que mi abuelo me quería
mucho.
-¿Es verdad que tu padre
se equivocó al registrar tu fecha de nacimiento?
-Y tan verdad. Yo vine al mundo el
veintiocho de octubre del año cincuenta y cuatro.
Pero mi padre, al inscribirme en el registro civil, dio
como buena la fecha del veintisiete. Por eso, en ciertos
papeles oficiales, consta el día anterior, y no
el que realmente nací. Cosas de mi padre, que siempre
ha sido una completa calamidad. Esta anécdota ya
la he contado en varias ocasiones por ahí.
-Volvamos a los recuerdos de
infancia, si te parece.
-Claro. Precisamente hace poco leí
La infancia y sus cómplices, de
Fernando Sanmartín, un libro encantador que te
recomiendo. A ti y a cualquiera. Leyéndolo, me
vinieron a la testa cosas que tenía en la trastienda
de la memoria.
-¿Tuviste una infancia
de calle, como otros niños de entonces?
-No, qué va. Mi madre era muy
estricta con ese asunto. No me dejaba ir a la calle a
jugar. Aunque recuerdo que un par de veces me escapé
hasta un solar próximo de la calle Andrés
Piquer donde solían jugar algunos chiquillos del
barrio, entre ellos un pelirrojo muy grande, hijo de una
peluquera, que era de la piel del diablo.
-Creo que no tuviste hermanos.
-No. Mi madre quedó embarazada
después de tenerme a mí, pero tuvo un aborto
y se fue a pique el proyecto de un segundo hijo. Así
que fui un niño solitario, de esos que piensan
demasiado y juegan poco, ya sabes. Un bicho.
-Hijo único, que se dice.
-Único sí, pero no mimado.
Pocos niños habrán tenido menos mimos que
yo, esa es la verdad. Mis padres eran ya mayores cuando
me tuvieron y poseían un carácter poco dado
a las contemplaciones afectivas. Al menos, a mí
no me queda el menor recuerdo de juegos con ellos, ni
de las típicas complicidades entre padres e hijos,
nada.
-Háblame de cosas que
recuerdes, de imágenes
-Me acuerdo, por ejemplo, de mi caballo
de cartón -el catatán gane, como le llamaba
yo con mi media lengua de entonces- y de cómo le
arranqué la cola para meter por el agujero la comida
que me daban y que no quería comer. Eso duró
algún tiempo, hasta que se percataron de la travesura
por el mal olor de la habitación. Imagínate.
Me acuerdo también de que, al
lado del portal de mi casa, había una carbonería.
Del carbonero no me queda ni el menor indicio, pero en
cambio aún me parece ver cómo salían
de allí de vez en cuando unas cucarachas negras,
veloces, muy lustrosas, que parecían de charol.
Y recuerdo también el carro del carbonero, con
ruedas de goma, y el precioso caballo azabache que tiraba
del carro. Ese animal tenía unas crines suaves
y largas, y unos ojos profundos y oscuros con los que
te hablaba mientras lo mirabas.
-Dices las cosas de tal manera,
Ricardo, que parece que cobren vida de nuevo.
-Es que están vivas aún,
ya lo creo. Completamente vivas en mí. En el fondo,
los seres humanos sólo tenemos dos grandes bienes:
la vida y los recuerdos. Todo lo demás es baladí.
-Cuando has hablado de la carbonería,
he recordado que tienes un cuento en el que el protagonista
caza bichos de forma compulsiva
-Ah, sí. La última
palabra de Arnold Howard, de La noche
de papel.
-¿Tiene algo que ver
tu recuerdo infantil con el argumento de ese cuento?
-Es posible, aunque no soy consciente
de ello. La primera vez que vi las cucarachas de la carbonería
corriendo a todo meter por la acera de la calle me asusté
mucho, porque una de ellas vino hacia mí y me pareció
que me perseguía. Entonces me eché a correr
hacia la esquina. A lo mejor esa experiencia pudo marcarme
e inspirarme años después, de forma inconsciente,
los argumentos de tan polémico relato. Aunque no
sé, porque aquel fogonazo de infancia estaba ya
demasiado lejos en el momento de escribir el cuento. Igual
habría que ver ahí alguna que otra influencia
kafkiana, quién sabe.
-Oye,
dime, ¿y qué otras imágenes te quedan
de la niñez?
-Pues me queda la imagen, algo incierta,
un poco imprecisa, de mi padre enseñándome
a ir en bici por el parque de Primo de Rivera. Él
me agarraba el sillín de una bici, alquilada por
media hora, y yo hacía lo posible para no estamparme
contra los adoquines. Cuestión de supervivencia,
supongo.
Y guardo en la cabeza también
mis juegos a médicos y enfermeras con María
Elena, mi vecinita de al lado. La niña era nieta
de una modista que tenía el taller en la misma
casa, puerta con puerta con el piso de mis padres, y que
trabajaba mucho para las señoras de la vecindad.
Arriba, en el segundo izquierda, vivía un matrimonio
sin hijos que tenían una perrita pequeña
un tanto repulsiva. La perra, según decían,
comía exactamente lo mismo que comían ellos,
y con su plato en la mesa.
Y me acuerdo bien de Nonila, que me
daba pepinillos en vinagre siempre que acompañaba
a mi madre de compras por el mercadillo. Y recuerdo -muy
vagamente, todo hay que decirlo- a Daría, una chica
de pelo negro que cogía puntos de media a máquina
en la mercería de mi padre. Porque has de saber,
si no lo sabes ya, que mi padre tenía una pequeña
tienda de mercería en la calle de San Juan de la
Cruz, al otro lado de la plaza de San Francisco. Esa plaza
ha sido algo así como el foro de mi niñez,
el centro geográfico de mis primeros años
y experiencias.
-Por
lo que dices, veo que aún tienes algunos recuerdos
gratos.
-Más que gratos, vitales, cotidianos,
esenciales. Tampoco recuerdo nada maravilloso, ¿comprendes?
Aunque me queda un rastro muy significativo de varios
hechos y personas. Entre ellas, de mi amigo Alfonso y
de nuestras aventuras juntos por el pasadizo estrecho
-habitado de ratas y de porquería, por cierto-
que iba desde el pequeño inodoro de la tienda de
mi padre hasta el patio cubierto interior de la comunidad
de vecinos. Aquellas incursiones a oscuras, iluminados
con débiles linternas, eran una verdadera epopeya
para nosotros, llenos como estábamos de una fantasía
galopante. Pasábamos miedo, desde luego, pero nos
encantaba adentrarnos por aquellos pasillos abandonados
y negros.
Y me quedan vestigios, trazas borrosas,
de mis juegos infantiles con fuertes de madera y soldados
de plástico en compañía de Vititi
y Pepe Ortega en el salón de su casa familiar.
Remota prehistoria. Y de aquel flamante coche dirigido
-un BMW azul, muy bonito- que mis padres me compraron
un año para Reyes y que todavía conservo
con cariño.
Y también tengo en mente -fíjate-
la moto de mi primo Jordi, el de Barcelona. Una vez vinieron
a Zaragoza él y Luisa, su mujer. Luisa es hija
de mi tío Diego, hermano de mi padre. Luisa me
montó en el sillín de la moto, aparcada
junto al portal de casa de mis padres, justo delante de
donde se colocaba siempre el carro del carbonero. Verme
encima de la motocicleta y sentir en mis manos su manillar,
fue para mí un suceso muy especial entonces. No
sabría explicar por qué.
-Eras
un aventurero.
-Era un niño, que no es lo mismo.
Un crío callado, bien educado y simpático,
según decían. Pero con la cabeza llena de
fantasía en ebullición, eso sí. Imagino
que a todos los chiquillos les pasaría tres cuartos
de lo mismo.
Ricardo
Serna tiene la boca seca. Se le nota al hablar. Bebe un
sorbo de té mientras yo sigo haciéndole
preguntas.
-¿Y
cómo ibas en el colegio, eras buen estudiante?
-Regular nada más. Mis padres
me matricularon en el colegio de La Salle porque estaba
cerca de casa, a cuatro pasos. Para ser sincero, no me
sentí a gusto allí, quizá porque
éramos un batallón de alumnos y nunca me
han gustado las aglomeraciones. Yo no era de los alumnos
malos, pero tampoco descollaba por mis resultados académicos.
Y la verdad es que allí lo que contaba eran los
resultados, las notas. Y la buena conducta, claro. Lo
demás no valía para nada. Era imposible
demostrar aptitudes. Nos daban una educación tremenda,
llena de prohibiciones, tabúes y pecados, una formación
que imponía en nuestras mentes juveniles una conciencia
estrecha y unos principios ajustados a una moral cuadriculada.
Lo sobrellevé pasando inadvertido.
-Luego
creo que te llevaron interno a Teruel, ¿no es así?
-Efectivamente. A los trece años,
si no recuerdo mal, mis padres decidieron enviarme a Burbáguena,
un pueblito de Teruel, con la intención de que
aprovechase mejor mis estudios. Había allí
un internado de Franciscanos que cobró bastante
fama a finales de los años sesenta.
-Y
allá que te fuiste.
-A ver si no, qué remedio. El
berrinche que cogí la noche anterior a mi partida
fue de antología. Pero no hubo forma de ablandar
a mis padres.
-En
aquella época, los internados proliferaron bastante.
Incluso estaban de moda. Era una forma muy habitual de
educar a los jóvenes de manera elitista. Ahora
ya no quedan centros de ese tipo. O me lo parece a mí,
no sé.
-Sí, deben quedar bien pocos.
Entonces era corriente. En mi caso particular, tengo la
sensación de que la experiencia mereció
la pena. Aprendí muchas cosas entre los muros de
aquel colegio.
-Cosas
buenas, imagino.
-Depende a lo que se llame bueno. Cosas
interesantes, en cualquier caso; cosas del vivir, experiencias
del despertar de los sentidos. Yo creo que no hay nada
intrínsecamente bueno o malo en esta vida; los
hechos o los aconteceres suelen tener varias caras, varias
facetas; incluso lecturas distintas dependiendo de los
individuos que los analicen. Yo te diría que, en
términos generales y sin entrar en pormenores,
recuerdo positivamente el internado. Y eso que al principio
me sentí muy solo allí. Era la primera vez
que salía de casa, y eso cuesta asumirlo siendo
un chaval.
-¿Hiciste
amigos en el colegio?
-Que recuerde, amigos propiamente no.
Al menos tal y como se suele entender la amistad entre
chicos. Aquellas relaciones eran otra cosa, no sé;
vamos a llamarlo compañerismo, si quieres. El ambiente
de aquel internado era muy agobiante, sabes, y resultaba
difícil hacer amigos. Se buscaban empatías,
correspondencias afectivas, similitudes en gustos y aficiones.
Uno navegaba sin rumbo por mares procelosos y se arrimaba
al primer puerto que proporcionaba seguridad y abrigo.
Esa sensación de desamparo la sentíamos
muchos allí, y es evidente que cada cual lo paliaba
como podía. Yo lo cuento en alguna de mis novelas.
Era un mundo diferente, complejo a veces, donde las relaciones
interpersonales entre los alumnos lo eran también
de igual manera. Es difícil explicar estas cosas
en frío y con semejante alejamiento de los hechos,
la verdad. Pero situados en aquel tiempo y en el adecuado
contexto, todo se entendía con mucha normalidad.
-No
sé si te comprendo bien o no, pero voy a seguir
adelante.
-Va a ser mejor, sí. ¿Quieres
otra taza de té? -hace ademán de
servirme, y yo acerco enseguida mi taza-.
El limón le da una gracia singular al té
rojo, ¿verdad?
-Sí
que te ha salido bien, sí. Oye, dime: ¿escribiste
mucho durante tu etapa como estudiante de bachillerato?
-Más que escribir, que también,
lo que hacía era leer, empaparme, buscar libros
y lecturas que me llenasen y transmitiesen emociones.
Recuerdo que en el internado, subiendo hacia el campo
de fútbol del colegio, había un palomar
al lado de un olivo. Mientras mis compañeros jugaban
al balón en los recreos, yo me sentaba junto al
olivo y leía a Juan Ramón, a Salinas -a
Salinas lo leí mucho-, a Vicente Aleixandre, a
Gómez de la Serna y a infinidad de autores más.
Leí muchos libros con el zureo de aquellas palomas
de fondo, ya lo creo.
-Y
al volver a Zaragoza
-Al volver me sentí otro. Era
como recobrar la libertad. Enseguida me puse a estudiar
como un loco, procurando cubrir viejas lagunas en los
estudios. Para entonces, ya había decidido ser
escritor, y sabía que necesitaba cultivarme al
máximo. No bastaba con leer poesía o libros
de autores interesantes; era preciso titularme, llegar
a la universidad y ser alguien, así que puse manos
a la obra.
-Y
sigues en la universidad todavía.
-Sí, bueno, aunque mi labor
actual es muy modesta. Pertenezco al Centro de Estudios
Históricos de la Masonería Española,
tutelado por el departamento de Historia Contemporánea
de la Universidad de Zaragoza. Es mi ligazón con
la universidad. Y no estoy ahí por mis méritos,
sino por la bondad del doctor José Antonio Ferrer
Benimeli, presidente del Centro y caritativo amigo.
-Te
puede la modestia, Ricardo.
-No, qué va, es la pura verdad,
en serio. Mi actual aportación al Centro de Estudios
se limita casi exclusivamente a la confección de
una ponencia para cada Symposium Internacional que se
organiza, y a la asistencia al mismo allí donde
se celebre. Nada más.
-A
propósito del tema masónico, sé que
te publicaron en Madrid un ensayo titulado Masonería
y literatura, y que el profesor Ferrer Benimeli
te lo prologó.
-Sí, es verdad. La Fundación
Universitaria Española tuvo la gentileza de publicar
ese libro mío en 1998, y José Antonio Ferrer,
que es un hombre inteligente y generoso, me escribió
el prólogo. Estoy satisfecho de tenerlo impreso,
por supuesto.
-Te
gusta la investigación sobre asuntos masónicos,
¿verdad?
-Sí, el tema me viene encandilando
desde el primer día que pisé la universidad,
y ya ha llovido desde entonces. Precisamente ahora estoy
trazando el proyecto para la confección de otro
ensayo largo sobre el tema, pero todavía no te
desvelo nada porque estoy pergeñando los cimientos.
-Bien,
avancemos. A lo largo de tu carrera como escritor, has
ganado un montón de premios literarios. ¿Qué
opinión tienes de ellos?
-Para ser franco contigo, te diré
que me parece que sirven de acicate en la juventud y de
lacerante impedimento en la madurez. Cuando todavía
eres joven, conviene presentarse a ciertos premios siendo
selectivo, por supuesto, y es bueno ganarlos. Anima y
ayuda a seguir adelante. Así va uno haciendo currículo
y alimentando el ego, que es algo indispensable en un
escritor. Pero cumplidos los treinta o treinta y pocos,
no creo que sea conveniente presentar obras a certámenes
literarios. Si los ganas, muy bien, pero si no te los
otorgan, que se me antoja lo más habitual, puedes
venirte abajo y pensar, erróneamente, que tu literatura
no vale un pimiento, que no sirve. Estos desengaños
provocan a veces retiradas lamentables en escritores con
excesiva sensibilidad que, sin embargo, saben hacer bien
las cosas.
-¿Qué
premio te gustaría tener en tu haber de escritor?
-El premio Nadal, por supuesto. Una
vez me presenté, hace unos diez años, pero
no me lo dieron. Además hicieron bien, porque ni
yo mismo estaba convencido de las bondades de la novela
que mandé al certamen. Y porque, además,
le dieron el premio aquella vez a Rosa Regás, que
presentó un estupendo libro titulado Azul.
Creo que fue aquel mismo año. Así que el
jurado estuvo muy atinado en esa ocasión. Del original
que yo presenté ya no queda sino el esqueleto;
con el tiempo lo reescribí completo y hasta le
cambié el título, y ahora sí que
es una novela en condiciones. Aún está inédita,
por cierto.
-Dime,
¿da dinero la literatura?
-Esta pregunta deberías hacérsela
a Lucía Etxebarría, a Lorenzo Silva, a Mario
Vargas o a escritores a los que todo el mundo conoce a
través de la publicidad que se hace de ellos en
los medios. Hasta el día de hoy, yo no he ganado
un céntimo con la literatura. Tampoco me puedo
quejar, no creas, ya que mis libros se venden bastante
bien dentro de lo que cabe y nunca han perdido dinero
los editores al apostar por mí, pero de ahí
a que yo gane dinero con los derechos de autor de mis
obras
Calderilla.
Hay que ser necio de narices, o tener
un absoluto desconocimiento del tema, para creer que un
autor sin fama reconocida puede ganar dinero en España
con la venta de sus libros. Yo no digo que no ganen dinero
la decena de autores sagrados de las letras españolas
y la otra decena que ahora mismo está en el candelero
comercial, pero los autores modestos no ganamos ni para
pipas. Esa es la verdad. Y aún así, fíjate,
la gente nos envidia. El escritor vocacional no hace sino
trabajar como una mula, dejarse los ojos y la piel en
su tarea, y aún hay gente por ahí -majaderos,
porque no se les puede llamar de otra manera- que piensan
que esto es un chollo y que los libros se los saca uno
de la chistera por arte de birlibirloque, para luego forrarse
con ellos a costa de los lectores que los compran. Es
increíble. De verdad que hay que jorobarse, por
no decir otra cosa que también empieza por la misma
sílaba.
-Hablemos
un poco de tus obras, si te parece.
-Me parece muy bien.
-Empecemos
por la poesía, que siempre se deja para el final
como género maldito.
-Sí, tienes razón. Es
como si los libros de poesía fuesen el furgón
de cola del convoy literario de cualquier escritor, y
no es eso ni mucho menos. Tengo la poesía por un
género nada sencillo de elaborar y muy en armonía
con la expresión lírica de los sentimientos
personales.
Bien, te cuento: tengo publicados hasta
la fecha tres poemarios, aunque inéditos y en espera
de edición tengo varios más que podrían
darse a las prensas en cualquier momento. De los publicados,
los dos primeros, Es de piedra el poeta
y La construcción de la rosa,
salieron juntos en un mismo volumen. Los publicó
con mimo, como hace siempre, la Institución Fernando
el Católico, de Zaragoza, en el año noventa
y nueve. Y el tercer poemario, www.anónimo.es,
salió a la luz gracias al Área de Cultura
de la Diputación Provincial. Como ves, ambas entregas
nacen de iniciativas de carácter institucional.
Hay pocas editoriales dedicadas a la poesía. Cosa
de números, sabes. La dichosa economía,
que manda en todo.
-Eso
dicen, que la poesía no deja beneficios a los editores.
-Tenlo por seguro, Carlos. En esta
sociedad nuestra, en la que se da culto al becerro de
oro y al placer fácil e inmediato, el lirismo y
la introspección literaria no tienen nada que hacer.
O muy poco. Y si los lectores no demandan el género,
es evidente que el editor se acaba comiendo los libros
con patatas.
-Oye,
Ricardo, ¿podrías hablarme un poco de tu
último poemario?
-Con mucho gusto. Verás, se
trata de un libro con catorce poemas. Es un homenaje a
la figura y la obra de otro poeta aragonés, Miguel
Labordeta, mitificado hasta el tedio por los menos y desconocido
en cambio por la mayoría. Desde el primer poema,
he querido que el lector se implicase en un juego consentido,
de tal forma que al ir leyendo los versos se adentrase
más y más en una doble trama poética.
Los que de verdad entienden, han dicho que es un libro
raro pero meritorio. El último poema es un soneto
clásico, y me parece que la entrega en su conjunto
constituye un libro muy logrado, aunque me esté
mal el decirlo.
-¿De
dónde te viene a ti ese interés por Miguel
Labordeta?
-Estudié su obra en la universidad,
en los cursos de doctorado. Y el profesor y amigo Antonio
Pérez Lasheras, quien además tuvo la gentileza
de hacerme el prólogo del libro, me animó
en su día a indagar en el universo labordetiano.
-Perfecto,
pasemos a la prosa. Tú eres uno de los autores
que más relato breve ha escrito y publicado en
Aragón.
-Desde luego. Y puede que en buena
parte de España también, no sé.
-Sí,
porque tienes en total
-A día de hoy, tengo publicados
noventa y siete relatos diferentes, repartidos en cuatro
libros: Relatos del insomnio, La
noche de papel, Los escritores
y Caballeros de la luz. Y luego habría
que sumar alguno más que han editado suelto en
alguna revista o periódico. Un centenar, para decirlo
en pocas palabras.
-Vaya,
eso sí que es tener mucho cuento -bromeo.
-Ya puedes decirlo bien alto a los
cuatro vientos, que no voy a enfadarme contigo por eso.
-Ricardo sonríe abiertamente
ante mi juego de palabras, al tiempo que vuelve a beber
un sorbo de té, ya frío.
-En
tu dilatada experiencia con el cuento, ¿qué
consecuencias sacas al respecto, merece la pena adentrarse
en ese género que tan poco apreciado estuvo en
el país hasta hace algunos años? ¿O
acaso es mejor escribir novelas y dejarse de historias
menudas?
-Hombre, yo sé que los escritores
que no salen del estrecho cercado de la narrativa breve,
casi nunca despuntan. A estas alturas de mi vida, comprenderás
que ya no busco descollar, o cuando menos no es una de
mis principales ambiciones; pero entiendo, en cambio,
que tampoco es bueno enquistarse en un ámbito cerrado
de la creación artística. Tú sabes
mejor que nadie lo bueno y recomendable que resulta cambiar,
indagar nuevos espacios, adentrarse en vericuetos paralelos
donde hallar espacios vírgenes de construcción.
Desde mi punto de vista, es mejor abrir diferentes trochas
al mismo tiempo. De ese modo evitas que te encasillen
con facilidad y tienes más capacidad de creación,
mayores horizontes.
-Me
temo que nos queda poco tiempo. Pero antes de acabar,
me gustaría preguntarte cómo ves la literatura
de hoy en Aragón, qué autores son tus favoritos
y qué harías si, de la noche a la mañana,
te vieses con todo el poder cultural de la comunidad en
tus manos.
-En este hipotético caso, me
parece que dimitiría de inmediato. Yo me siento
creador, escritor, pero no político. Nunca he tenido
ideas políticas militantes. Además, soy
de los que piensan que cualquier gobierno, sea del color
que sea, es capaz de hacer una política cultural
coherente y beneficiosa. Pero hace falta querer y poner
los medios para levantar y llevar a cabo todos los proyectos.
Hablar es fácil; obrar, en cambio, menos.
-No
has contestado a mi pregunta acerca de la literatura en
Aragón.
-Ah, sí, disculpa. Pues verás,
opino que Aragón ha sido siempre una tierra desagradecida
con sus gentes de valía, a no ser que el primer
reconocimiento provenga de fuera. En Aragón no
cuidamos lo más mínimo a nuestros artistas
e intelectuales. Te contaré una pequeña
anécdota muy significativa al respecto: la misma
tarde que conocí al escritor palentino Tomás
Salvador -de eso hace un montón de años,
allá por 1984-, éste me aconsejó
abandonar Zaragoza lo antes posible e instalarme en Madrid
o en Barcelona, mejor en Barcelona, si pretendía
en serio convertirme en escritor de profesión.
Y tenía más razón que un santo, desde
luego. Me consta que Cataluña, para eso, es una
comunidad mucho más sensible; los catalanes apoyan
a los suyos a poco que demuestren merecerlo, en vez de
obligarles a salir fuera para abrirse camino a empellones.
Creo que debemos cambiar nuestra mentalidad y pensar que
la creación artística es la sal de la vida.
Es necesario incentivar a los artistas. El arte, la creación
en general, nos hace más libres a todos.
Yendo directo a tu pregunta, te contestaré
sin rodeos diciendo que existen aquí, en esta tierra,
una docena de buenos escritores, y pare usted de contar.
Hablo, claro está, de los que hacen literatura
creativa, porque cosa bien distinta son los periodistas
metidos a escritores. Esta es otra historia diferente.
Estoy seguro de que se da un notable intrusismo coyuntural
de profesionales del periodismo, que un buen día
se adentran de pronto en el ámbito literario por
motivos varios, entre ellos el intento de medrar. Un intrusismo
que deja de serlo en contadas ocasiones para convertirse
en respetable y natural actividad paralela, pero que resulta
inapropiado en la mayoría de los casos. Porque
estarás conmigo, Carlos, en que no es lo mismo
ser vecinos que vivir en el mismo piso. Hay gente que
se confunde con eso.
-Bien,
para ir acabando, Ricardo, cítame por favor un
par de escritores aragoneses vivos cuya obra te agrade
personalmente.
-Te pensaba nombrar a Sender, pero
no te valdrá, evidentemente. De los actuales no
debería citar nombres, sabes, porque luego se me
pueden enfadar si omito por despiste a cualquiera de ellos,
amigos y conocidos en su mayor parte.
-Haz
un esfuerzo, que yo me entere de lo que opinas.
-En fin, por ser tú hablaré
nada más de los autores que, siendo oriundos de
Aragón, he leído hasta la fecha con verdadero
placer. Y me dejo fuera, a sabiendas, a los ensayistas
y literatos que escriben desde sus despachos universitarios,
que hay un puñado de mucha calidad en el campus
de Zaragoza, y también a los poetas; y a los que,
sin haber nacido en Aragón, son aragoneses de adopción
y escriben y trabajan aquí desde hace años.
Me gusta -por ejemplo- la obra de Soledad
Puértolas, una mujer de trato fácil, tan
humana y elegante por dentro como sencilla y deliciosa
con la pluma. También he leído con deleite
a Ramón Acín, un profesor de literatura
que sabe contar historias y aproximar su verbo a la comprensión
de los lectores. A Ignacio Martínez de Pisón
me lo presentó José Luis Melero -otro estimable
escritor, buen orador y meticuloso bibliófilo-
en la sala regia del Palacio de Sástago, una tarde
veraniega del año noventa y seis, creo recordar,
en que se presentaba allí la revista La expedición.
Aún me parece que lo estoy viendo: intercambié
un apretón de manos y cuatro palabras con Ignacio
y eso fue todo, pero después me interesaron sus
libros.
He de citar aquí a Manuel Vilas,
que hace una literatura ágil y vitalista, llena
de guiños; a Ana María Navales, voz clara
y culta, que se desliza con lirismo y esmero en las descripciones
de sus cuentos; y a Fernando Sanmartín, al que
sin conocer aún personalmente, descubrí
no hace demasiado a través de un libro delicioso
sobre la memoria de infancia. Creo que te he hablado de
él hace un rato.
Y a Félix Romeo, agudo crítico
literario y valioso comunicador, que pisa firme en el
universo literario aun caminando sin prisas, como debe
ser. Javier Tomeo es un luchador de la palabra que ha
salido del anonimato desde fuera de Aragón, como
Puértolas.
De la obra de Magdalena Lasala, Javier
Delgado y Ángeles Irisarri conozco menos, esa es
la verdad, y también he leído poco aún
de Félix Teira, Javier Barreiro, Javier Sebastián
y José Giménez Corbatón, aunque prometo
enmendarme en breve; es público que toda esta gente
han sabido labrar su espacio a base de clase y paciente
trabajo. He leído también algo de Adolfo
Ayuso, y un par de novelas de Adela Rubio, compañera
de viaje en la ya histórica tertulia Juan de Moncayo;
y a Eulogio Soriano, profesor de literatura, muy enraizado
en la tierra turolense que le vio nacer, escritor de pluma
llana y popular en el mejor de los sentidos. Y a Cristina
Grande, una filóloga jovencísima, a la que
no conozco en persona todavía, y que apunta maneras.
O que ya las tiene y yo no las conozco del todo, que será
lo más probable. En fin, seguro que me dejo en
el tintero a alguno de los que deseo nombrar. Pasa siempre.
-Una
pregunta para el hombre con alma, no para el escritor:
¿qué tara social aborreces más?
-La violencia, sin duda. En cualquier
persona o ser vivo. La violencia es inaceptable en cualquiera
de sus grados, formas y variantes. Y también la
falta de igualdad y fraternidad entre los hombres.
-Por
último, Ricardo, me gustaría que me comentases
qué sientes al escribir. ¿Es algo tan especial?
¿Con qué otra actividad humana se puede
parangonar?
-Me haces una pregunta difícil.
Qué siento yo al escribir. Casi nada. No te lo
puedo explicar a conciencia, no sé hacerlo. Pero
te diré que me siento un ser con poderes. Escribir
es ejercer un poder real, el poder de la palabra, la magia
de la comunicación, el don de la creación.
Me siento un demiurgo, un dios omnipotente, un ser privilegiado,
un hombre especial.
Claro que no siempre tiene uno esa
positiva y grata percepción del arte literario
A veces, cuando las cosas no salen como esperas, o cuando
se atasca el verbo y se empecina en su trinchera oscura,
uno lo pasa mal, y se sufre un montón. Sin embargo,
al final, contemplas la obra y la sientes tuya, auténtica,
piel de tu piel. Y es en ese momento cuando olvidas las
dificultades habidas y vuelves a tener ganas de teclear
en el ordenador para escribir otra cosa. Siempre algo
nuevo, diferente, original.
-Gracias,
Ricardo, por este delicioso té con limón.
Y por tus abundosas palabras. Te deseo muchos éxitos
futuros. Hasta siempre.
-Ha sido un placer.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
9
Autora: Lourdes Buisán
Diario del Alto Aragón, 17.XI.2004 [fragmentos]
Ricardo Serna acaba de publicar
la obra Caballeros de la luz
Vivir demasiado deprisa no es bueno para la cultura
Ricardo Serna (Zaragoza, 1954) acaba de publicar
el libro Caballeros de la luz, en el que reúne
dieciocho relatos cuyo nexo de unión "no
es el argumento, sino los personajes, porque todos ellos
son gentes que podríamos asociar a nuestro entorno
social. Todos buscan una felicidad que, de antemano, saben
que no existe. En cierta manera, son reflejo de mi vida,
son personajes mitad ficción, mitad realidad",
explica su autor. Serna, que es licenciado en Filosofía
y Letras, también se dedica a la crítica
literaria.
Ricardo
Serna es un escritor conocido en Aragón. [
]
Serna reconoce que esta nueva faceta suya, ya que antes
fue profesor de Literatura, "es
vocacional. Me gusta esmerarme, cuidar el lenguaje. Y
eso hace que le dediques tiempo a cada texto. La mayoría
de los cuentos los escribí en la década
de los noventa". Su estilo está cercano
al del novecentista Gabriel Miró, sin olvidar a
sus admirados Torrente Ballester, Delibes -con quien suele
cartearse, "me siento en deuda literaria con él"-,
Soledad Puértolas, Luis Mateo Díez y Francisco
Umbral.
También
cita a Alonso Zamora Vicente, "al
cual admiro muchísimo, sobre todo en los cuentos,
cuyos diálogos tienen una belleza formal maravillosa.
Al igual que Delibes, sabe ambientar los relatos a través
de los diálogos de los personajes. En mi caso,
siempre me ha gustado expresarme en relato breve, me siento
muy cómodo en ese formato, no tengo que esforzarme
más de lo que un escritor debe hacerlo".
Precisamente,
de las dificultades que entraña al creador narrativo,
comenta que "el relato, al
ser tan breve, tan conciso, no favorece el que puedas
describir el ambiente como quisieras. Por eso es tan importante
el diálogo entre los personajes".
En la
reseña que realiza Juan Manuel Matés en
Caballeros de la luz, afirma
que Serna "no escribe para la masa esclavizada que
compra lo que se anuncia". Al respecto, el escritor
añade que cree que "vivimos
demasiado deprisa y eso perjudica a la cultura. Es un
indicativo de que no vamos por buen camino. Por experiencia
propia, y la de otros muchos escritores, puedo manifestar
que las editoriales simplemente van a ganar dinero. Estamos
haciendo de la cultura un mercadillo".
Las
oportunidades para publicar con seriedad y cierto rigor
"son escasas",
aunque en su caso no tiene problemas para sacar a la luz
sus relatos.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
8
Autor: José Luis Solanilla
Heraldo de Aragón, 23.VI.2001
La colección Veruela de Poesía
publica dos nuevos títulos
Presentadas las últimas obras de los autores aragoneses
Ricardo Serna y Luciano Varea
Los escritores Ricardo Serna y Luciano Varea ya
forman parte de la nómina de autores de la colección
Veruela de poesía, editada por la Comisión
de Cultura de la Diputación Provincial de Zaragoza.
Ayer fueron presentadas sus respectivas obras.
Ricardo
Serna (Zaragoza, 1954), licenciado en Filosofía
y Letras y profesor de Literatura española, es
un escritor que cuenta en su currículo con una
amplia lista de obras, principalmente de narrativa, aunque
ha hecho también incursiones en los géneros
del ensayo y la poesía. Ahora publica www.anónimo.es,
curioso título para un poemario que sirve de homenaje
a Miguel Labordeta, cuya obra conoció Serna tardíamente,
pero que le impresionó por su coherencia y profundidad.
[
]
En la
actualidad está trabajando en un ensayo y en una
novela, género este último en el que Serna
afirma desenvolverse con más soltura,
"aunque a veces la poesía me invade",
por lo que intenta huir de etiquetas y considerarse
"un escritor que tiene la suerte de publicar con
dignidad todos los años, teniendo en cuenta lo
duro que es el mercado editorial".
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
7
Autora: Mercedes Pérez
Heraldo de Huesca, 17.XII.2000 [fragmentos]
Ricardo Serna, profesor de Literatura
y escritor, narra en una novela su lucha personal contra
el cáncer
O me hundía o seguía
adelante, y di el paso
Ricardo Serna (Zaragoza, 1954) es licenciado en
Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza
y ejerció como profesor de Literatura Española
durante diez años. [
]
-¿Cómo
surgió la idea de novelar su propia experiencia?
-El libro,
en principio, lo escribí con intención de
descansar. Empecé dos o tres años después
de la enfermedad, y lo hice a modo de diario o libro de
notas, memorizando vivencias, preguntando a la familia.
Me salió muy largo, pero lo imprimí y lo
dejé en un cajón. No tenía intención
de publicarlo. Pero un día, al cabo del tiempo,
se lo di a leer a una amiga, en concreto a mi logopeda,
a la que se lo comenté por casualidad. Ella fue
la primera que me dijo que tenía que publicarlo.
Y además pensó que no se trataba sólo
de una novela, sino de hacer el bien. Eliminé material
y di forma de novela a aquellas notas. Fue una tarea difícil,
pero aquí está. Creo que mi novela puede
ser también interesante para el sector sanitario,
médicos y personal de enfermería, porque
les descubre la parte del mundo del enfermo que no conocen.
Aquí explico lo que sentía, lo que pensaba
y no decía, el trasfondo de la enfermedad.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
6
Autora: Mónica Fuentes
El Periódico de Aragón, 31.X.2000 [fragmentos]
Ricardo Serna Galindo, escritor
La lectura te lo da todo
Este aragonés dejó la docencia para dedicarse
de lleno a la literatura
-¿Cuándo se dio cuenta de
que quería ser escritor?
-La afición por la lectura
me llegó siendo un chaval. Con catorce años
gané un concurso de redacción que convocó
una conocida marca de refrescos. Trataba sobre la electricidad.
Pero el punto de inflexión fue 1984. Gané
el premio "Ciudad de Palencia" con Relatos
del insomnio, un libro que recogía
catorce cuentos. Eso me ayudó a seguir adelante.
[
]
-Usted fue profesor. ¿Hay alguna relación
entre su faceta docente y la de escritor?
-La docencia marca mucho. En mis
libros hay personajes que son profesores. Siempre vuelco
mi experiencia personal y docente en mis relatos.
-¿Considera que las clases de Lengua y Literatura
se imparten de forma incorrecta?
-A mí me parece que las
clases deberían ser más dinámicas.
Hay profesores que mueven a los alumnos con actividades
relacionadas con la lectura, se interesan porque trabajen
los textos, llaman a los autores contemporáneos
para que comenten sus obras. Dar clases así cuesta
más, pero permite llevar la literatura a las aulas.
Los profesores que usan este método tienen mucho
mérito y yo animaría a los demás
a que hicieran lo mismo.
-¿Qué proceso sigue para elaborar un libro?
-En una novela, el proceso es:
idea, texto, reelaboración de la estructura y selección
del lenguaje. El proceso parece simple.
-En ese caso, a usted nunca le sucederá
lo mismo que a Ana Rosa Quintana con Sabor a hiel,
quien atribuyó los plagios que hay en su libro
a un error informático
-Lo que está pasando con Ana Rosa Quintana me parece
escandaloso. Eso ocurre porque las grandes editoriales,
en lugar de centrarse en la valía literaria, se
mueven sólo por criterios económicos, despreciando
el mérito de los escritores.
-¿Qué pueden encontrar los jóvenes
en la literatura?
-La literatura te da todo lo que
te da la vida, y más. Los jóvenes deben
encontrar en los libros la ilusión por la vida,
las ganas de conocer.
-¿Qué consejos les daría a los jóvenes
que de mayores quieran ser escritores?
-Que tengan mucha paciencia y
se desenvuelvan con tenacidad en la lectura. Que lean
todo lo que puedan, pero seleccionando los textos. En
nuestra sociedad prima la lectura de las novedades, porque
tenemos poco tiempo para leer. La prisa es la mayor enemiga
de la cultura.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
5
Autora: Raquel Goyeneche
Heraldo de Aragón, 30.X.2000 [fragmentos]
El escritor zaragozano Ricardo Serna ha
presentado en Zaragoza su última novela. Los
días amargos es el testimonio de quien se
ha sentido condenado a muerte por el cáncer y ha
sobrevivido finalmente para contarlo
Quiero transmitir esperanza e ilusión
Ricardo Serna nació en Zaragoza hace cuarenta
y cinco años. Es licenciado en Filosofía
y Letras. Ejerció como profesor durante diez años,
primero en Guadalajara y luego en su ciudad natal. Publicó
su primer relato en 1982, y desde entonces han visto la
luz siete libros y casi un centenar de narraciones suyas.
Es premio "Ciudad de Palencia" 1984 y "Ciudad
de Barbastro" 1985. También ha colaborado
como crítico literario en prensa. [
]
-¿Qué
espera lograr con la obra?
-El libro tiene
dos caras. Es una obra literaria, pero al mismo tiempo
un testimonio. Por eso, aparte de los fines meramente
literarios, se trata de dar esperanza e ilusión.
Yo, cuando peor estuve, hubiera dado todo por poder leer
algo parecido, por conocer a alguien que hubiera pasado
por lo mismo que yo y que estuviera vivo. Si logro ayudar
a una persona, me daré por satisfecho. La historia
que cuento en la novela, aunque dramática, tiene
de fondo esa esperanza. El personaje que habla por mí
va buscando eso, se pregunta si el cáncer puede
servirle para algo y llega a la conclusión de que
sí.
-Parece
que usted extrajo algo positivo de su enfermedad.
-Sí,
así es. No quiero decir que el cáncer sea
algo bueno, pero sí es cierto que tras pasar por
él puede aprenderse mucho. A mí me cambió
los valores y me hizo apreciar más las pequeñas
cosas. Ahora soy más humilde y he ganado en humanidad.
Sé aceptar los errores propios y los ajenos y,
sobre todo, intento sacarle a la vida lo bueno que tiene,
que no es poco. Además, ahora vivo mucho más
despacio que antes.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
4
Autor: Roberto Miranda
El Periódico de Aragón, 24.X.2000
[fragmentos]
Ricardo Serna. 45
años. Profesor de Literatura jubilado y escritor.
Autor del libro Los días
amargos, que se presenta el
próximo jueves en el Palacio Provincial
-Su libro Los días amargos relata
algo que ocurrió de verdad. Algo que le pasó
a usted. ¿Es entonces una novela?
-El hecho de que ocurriera le
da una doble función: por un lado es una novela,
y tiene una intención y una lectura literaria.
Pero es que además es un testimonio. [
]
-¿Cambia
la forma de ser de uno al pasar por un infierno como ese?
-De forma de
ser no cambias. Pero sí te vuelves más tolerante
con los defectos de los demás. Antes era muy exigente.
Se vuelve el trato más dulce, menos mecánico.
Y aprecias más las cosas pequeñas. También
conoces más profundamente a la naturaleza.
-¿Cómo
acabó la recuperación? [
]
-Los médicos
me ofrecieron la invalidez permanente absoluta. No acepté.
Y pedí el alta laboral en septiembre. Vuelta a
clase. No iba a dar pena. La única salida era avanzar.
Lo entendieron los alumnos y me recibieron maravillosamente.
Trabajé cinco años más. Pero empecé
a cansarme mucho y me jubilé. No quise apretar
demasiado el acelerador y tentar la suerte.
-Es
el final feliz del libro.
-Esa es mi
historia de 1987. En el libro, que es una novela y a la
vez un testimonio, sólo se cambian dos nombres:
el del protagonista, que se llama Eduardo Gros, y el de
un médico.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
3
Autor: Mariano García
Heraldo de Aragón, Zaragoza, 22.III.1990
[fragmentos]
Ricardo Serna, un narrador lírico
El libro La noche de papel, de
Ricardo Serna, fue presentado ayer en el palacio de los
Condes de Sástago. [
] Se trata de la edición
completa de sus relatos, en los que fluye un lirismo bien
cincelado.
Ricardo
Serna, licenciado en Filosofía y Letras por la
Universidad de Zaragoza, su ciudad natal, empezó
a escribir a los dieciséis años, apenas
iniciada la década de los setenta. Lleva, pues,
veinte años a vueltas con la literatura, en sus
facetas creadora y docente. Es profesor de esta materia
en un instituto.
Cofundador
del grupo Juan de Moncayo, cuenta en su currículum
con varios premios literarios. Entre ellos cabe destacar
el "Tomás Salvador" (Premio Ciudad de
Palencia, 1984) y el "López Novoa" (XVIII
Semana Cultural de la ciudad de Barbastro, 1985).
Mil ejemplares
[
] Se trata -asegura Ricardo Serna-
de sesenta y seis narraciones de argumentos y ambientaciones
muy heterogéneas, y resulta difícil encontrar
un nexo en común que no sea su propio autor. Mis
personajes son, en la mayoría de los casos, personas
muy corrientes, normales, que se ven inmersos en situaciones
que parten de la realidad pero que acaban introduciéndose
en el mundo de los sueños, para acabar rompiendo
con lo cotidiano.
Serna
utiliza un lenguaje llano, pero selecto, con una rica
adjetivación. Construye frases de hondo lirismo,
cuajadas de imágenes poéticas.
-Empecé a escribir en torno
a los dieciséis años y desde entonces, aunque
mi obra ha estado sujeta a cierta evolución no
exagerada, me mantengo fiel a mi estilo. El lector puede
percibir que los relatos, ordenados más o menos
cronológicamente, han salido de la misma mano,
aunque en los primeros se advierte cierta falta de fondo.
Ricardo
Serna, que busca en la creación literaria "mi
perfeccionamiento y el de mi lenguaje", corrige
en la actualidad los originales de dos novelas inéditas.
Tras
una fuerte crisis de salud en el ochenta y siete, apenas
escribe.
-No estoy muy seguro, pero quizá
busque también una comunicación con los
demás. Quizá pretenda transmitir mis experiencias,
sentimientos y emociones.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
2
Autor: Antón Castro
El Día de Aragón, Zaragoza, 21.III.1990
[fragmentos]
El narrador zaragozano presenta sus Cuentos
completos
Ricardo Serna: un lenguaje preciso y limpio, bajo el sello
de la imaginación
Ricardo Serna (Zaragoza, 1954) lleva más
de veinte años siendo un escritor silenciado. Un
narrador secreto por voluntad propia. Pese a ello, ha
recibido varios premios literarios e incluso publicó
en 1984 un volumen de cuentos: Relatos del insomnio,
en Palencia. Esta tarde, bajo la sombra amistosa de Guillermo
Fatás autor del prólogo- y de Jesús
Rubio, el escritor presentará el cuidado volumen
La noche de papel, una colección
de sesenta y seis relatos, escritos entre 1968 y 1987,
que constituyen hasta el momento sus Cuentos completos.
El libro se presentará a las 19,30 horas en la
Sala de Música del Palacio de Sástago.
Cuentos
breves como centellas fugaces, narraciones heterogéneas
sin casi argumento, espacios abiertos y exóticos
como Moscú, la lejana Roma, la Italia del Renacimiento;
situaciones escabrosas próximas a Kafka, narraciones
lineales de estricto corte clásico al modo de Antón
Chéjov. Así y algo más son los cuentos
de La noche de papel [
] Ricardo
Serna, profesor de Literatura, contertulio en el Grupo
Literario Juan de Moncayo antaño y escribidor oculto.
Escribo desde hace bastantes años, pero hasta
ahora no había buscado la publicación más
allá de algún que otro relato literario.
[
] [Los relatos] son muy variados, y tampoco creo
que haya una intención estética consciente.
Para mí, escribir es un juego, una evasión.
Una gravísima enfermedad, que todos creíamos
irreversible, que sufrí hace no mucho tiempo, me
empujó a la edición.
Un libro de veinte años
La noche de papel es el fruto de veinte
años de paciente trabajo, que han dado lugar a
sesenta y seis cuentos de argumento plural y evanescente.
Me gusta la invención
pura, salirme fuera de la realidad, aunque a veces pueda
parecer lo contrario. [
] Mis cuentos parten
de la invención, de la imaginación. Para
mí, el relato es el resumen de la novela, un cuento
es una novela extractada y yo tengo dos novelas
inéditas- que debe llamar la atención, atrapar
al lector. Mi método es simple: planteo un argumento,
lo desarrollo un poco y lo resuelvo con un final sorprendente
e impensado.
Lenguaje nítido
Serna -que exhibe por arma de carácter la
insignificancia sincera, la pulcritud e incluso la timidez-
afirma que es un lector disperso, y cita entre sus maestros
a Francisco García Pavón, a Juan García
Hortelano, a Umbral, a Chéjov, y confiesa que lee
con atención la narrativa de Ignacio Martínez
de Pisón. Mima las ambientaciones y no pestañea
al ubicar sus relatos en Italia, Rusia, regiones inciertas
de Albania, territorios imaginarios que no duda en resolver
con finales tan insólitos como éste: Mierda.
Dijo eso, mierda, y plaf, se quedó pajarito como
si tal cosa. Aboga por un lenguaje nítido
y claro, de aspiración poética, y bisbisea
que no espera nada de La noche de papel,
sólo que se conozca y que de ese modo pueda superar
esa inagotable tentación de seguir corrigiendo.
Uno
de los lectores más ilustres de los textos, Miguel
Delibes, ha sido totalmente entusiasta con ellos. A
su viva imaginación hay que unir un lenguaje preciso
y limpio, salpicado de brillantes metáforas: el
camión de basuras como sepulcro de inmundicias,
la imaginación como un huevo que se casca. Le felicito
y le deseo muchos éxitos. Este párrafo
es un buen ejemplo de ello.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
1
Autor: Gonzalo Ortega Aragón
El Día de Palencia, Palencia, 8.V.1984
Primer Premio Palencia de Narrativa.
Ricardo Serna, un profesor zaragozano con hechuras de
escritor
Llevo una grata impresión
de Palencia y los palentinos
Ricardo Serna Galindo es un joven profesor zaragozano
que el pasado fin de semana se vino hasta Palencia para
recoger el premio de narrativa de los Premios Palencia
1984, convocados por nuestro Ayuntamiento, para autores
menores de treinta años.
Ricardo
Serna es licenciado en Historia Antigua y simultanea el
profesorado en esta materia con el de lengua y literatura
en su Zaragoza natal.
-Yo me presenté
a este premio por ver las posibilidades de mis trabajos
fuera del ámbito de mi región.
-¿Ya
habías conseguido algún premio más?
-Algunos de
ámbito local y varios primeros premios en el concurso
de cuentos de Ejea de los Caballeros. Éste de Palencia
es el más importante.
-¿Desde
cuándo escribes?
-A los catorce
años ya recibí un premio de redacción
convocado a nivel nacional por una firma comercial. Luego
he seguido.
-¿Y
qué escribes?
-Tengo dos
novelas terminadas, he escrito bastantes cuentos y poesía.
-¿Publicado?
-Narraciones
y poemas en diversas revistas.
-¿Qué
género literario prefieres?
-A la hora
de escribir, me siento más a gusto con la narrativa
breve.
Una obra madura
Quizá la obtención del Premio Palencia
de narrativa le sirva a Ricardo Serna como estímulo,
como acicate para seguir escribiendo. Este premio ha sido
un reconocimiento a su buen oficio.
El jurado
ha dado fe de que en su colección de cuentos Relatos
del insomnio hay algunos antológicos. De que domina
diversas técnicas y fórmulas en la narrativa
breve. De que su manejo del idioma es meticuloso, perfecto
-Al
jurado le ha parecido tu obra ya un tanto madura.
-Cosa natural.
Ten en cuenta que, a pesar de mi edad, son ya muchos años
de estudios, de lecturas y de escribir. Una formación
universitaria y una afición temprana van madurando
-Y has
venido a Palencia
-He venido
por varias razones. Porque me hacía ilusión
recoger el premio y detectar todo lo que hay alrededor,
opinión del jurado y ambiente de concursantes.
Porque quería conocer esta parte de Castilla. Y
porque tenía curiosidad por conocer a Tomás
Salvador, saludarlo y charlar con este gran novelista.
Ricardo
Serna trabaja ahora también en su tesis de licenciatura
sobre Joaquín Costa y su obra, bajo la dirección
del catedrático Guillermo Fatás Cabeza,
jefe del Departamento de Historia y vicerrector de la
Universidad de Zaragoza. También ha fundado el
Grupo Literario Juan de Moncayo, oficialmente reconocido
como asociación cultural.
Plenamente satisfecho
Con toda su formación humanística,
con toda su inquietud cultural, con toda su ilusión
de escritor, Ricardo Serna se vino a pasar una jornada
por Palencia. Y aprovechó para ver la ciudad y
algunos de sus monumentos:
-Me ha impresionado
la belleza de la catedral. No imaginaba una cosa así.
Y me ha gustado la ciudad, su ambiente y su gente, abierta
y cordial. Y he podido comprobar que hay un gran interés
por la cultura, que aquí se cuida el arte y se
atiende, con publicaciones y actos diversos.
-¿Entonces,
plenamente satisfecho de tu viaje?
-Plenamente
satisfecho. Por las atenciones de todos y porque he descubierto
un poco esta provincia y esta ciudad que no conocía
y que me ha sorprendido gratamente en muchas cosas.
Ricardo
Serna tiene aire de profesor, de un hombre que pone ilusión
y meticulosidad en todo lo que hace. De Palencia se ha
llevado el espaldarazo de un reconocimiento sincero a
sus posibilidades literarias.
El Premio
Palencia de Narrativa puede ser su espuela.
Y desde
aquí, le deseamos toda la suerte del mundo. Para
su entregada cordialidad y para su prometedora pluma.
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
|
|
|
|
|