| |
10
Autor: Carlos Antonio Berasátegui
Internet, 12.III. 2005
Ricardo Serna, el escritor y el ser humano
A menudo se olvida la gente de la calle de que los escritores
somos seres de carne y hueso
Hablar
con Ricardo Serna (Zaragoza, 1954) es siempre un placer,
y más haciéndolo sin prisa, reposadamente,
sabiendo con certeza que la taza de té que une
nuestra charla distendida de hoy no es, ni mucho menos,
el límite de la conversación.
-Me han dicho, Ricardo, que eres poco
partidario de entrevistas personales.
-Pues te han
engañado. No sé quién te habrá
dicho semejante cosa, la verdad. Que yo recuerde, creo
que nunca me he negado a contestar ninguna entrevista,
aunque prefiero las relacionadas directamente con mi oficio
de escritor, porque las otras, las más personales,
me ruborizan un poco. Me da la sensación de que
no voy a poder contar a la gente nada interesante de lo
que es mi esfera privada.
-Pero estarás de acuerdo
conmigo en que lo privado y lo público se entremezclan
inevitablemente cuando tratamos con un escritor.
-Sí,
suele suceder, es verdad. No voy a negar que la vida y
el pensamiento del escritor repercuten en su obra, en
el resultado de la misma. Así que, desde esa perspectiva,
acepto que se intente ahondar en mí como ser humano.
-Biografía y línea
de pensamiento, son factores importantes a la hora de
conocer a un intelectual. A mí me interesa hoy
tanto tu labor literaria como tu vivencia humana, que
presumo rica y bien nutrida.
-Eres muy libre,
tú verás. Desde luego, cada escritor tiene
atesoradas ciertas experiencias personales que lo convierten
con los años en un pozo del que beber. A menudo
se olvida la gente de la calle de que los escritores somos
seres de carne y hueso, y que por lo mismo tenemos una
vida propia sin la que nos sería imposible escribir
de tal o cual manera.
-Si te parece bien, empezaremos
por lo personal y nos remontaremos en el tiempo.
-Como quieras.
La iniciativa es tuya y tú mandas, Carlos.
-Te miro a los ojos de cerca y no te
imagino niño, fíjate.
-No, ni yo
tampoco me imagino. Lo cierto es que me quedan pocos recuerdos
de infancia. Y no es que no guarde memoria de la niñez;
en realidad, las imágenes que me quedan son un
tanto vagas, como si aquella menoría difusa que
tengo en la cabeza fuese la niñez de otro soñada
por mí. No sé si me entiendes.
-Más o menos. Perdona
que me remonte tan lejos
-Ya sé
que estoy mayor. No hacía falta que me lo recordases
-replica Serna con humor.
-Yo no he querido decir eso, que conste.
-No te disculpes,
hombre, que aún es peor. Por algún lado
hay que comenzar las entrevistas, digo yo. Nada mejor
que ser ordenado y hacerlo por el principio. Adelante.
-Me gustaría saber qué
te queda realmente de la infancia.
-Hablando en serio, creo que la infancia
es el paraíso de regreso para la mayoría
de los escritores. Una estación de retorno. Todos
volvemos o intentamos volver a ella, aunque sólo
sea para revivirla por encima. Para sobrevolarla en vuelo
rasante, como diría Borges.
-¿Pero qué cosas
o qué imágenes importantes se han quedado
retenidas en tu cerebro de aquel periodo tan difuso, como
lo calificas?
-Tengo escasas visiones de mí
como infante. A veces, incluso creo no haber tenido niñez,
apenas consigo acordarme de algunos detalles precisos.
Recuerdo bien las manos delgadas y huesudas de mi abuelo
Tomás, padre de mi madre. Lo veo tendido en la
cama, en la primera habitación, junto al recibidor
de la casa. Sé que tenía bondad en la mirada,
pero sin embargo no consigo dibujar con nitidez su rostro
en mi cabeza. Me lo quiero figurar como un Alonso Quijano
con la cadera rota, malherido tras batallar con los gigantes
de su vida.
-Una imagen muy evocadora.
-Es que mi abuelo Tomás era
bastante Quijote en todo, creo yo. Al menos, tenía
poco de Sancho. Era un hombre espiritual, reflexivo, paciente.
Yo lo guardo así en mi cabeza. Y sé -me
lo decía siempre mi madre- que mi abuelo me quería
mucho.
-¿Es verdad que tu padre
se equivocó al registrar tu fecha de nacimiento?
-Y tan verdad. Yo vine al mundo el
veintiocho de octubre del año cincuenta y cuatro.
Pero mi padre, al inscribirme en el registro civil, dio
como buena la fecha del veintisiete. Por eso, en ciertos
papeles oficiales, consta el día anterior, y no
el que realmente nací. Cosas de mi padre, que siempre
ha sido una completa calamidad. Esta anécdota ya
la he contado en varias ocasiones por ahí.
-Volvamos a los recuerdos de
infancia, si te parece.
-Claro. Precisamente hace poco leí
La infancia y sus cómplices, de
Fernando Sanmartín, un libro encantador que te
recomiendo. A ti y a cualquiera. Leyéndolo, me
vinieron a la testa cosas que tenía en la trastienda
de la memoria.
-¿Tuviste una infancia
de calle, como otros niños de entonces?
-No, qué va. Mi madre era muy
estricta con ese asunto. No me dejaba ir a la calle a
jugar. Aunque recuerdo que un par de veces me escapé
hasta un solar próximo de la calle Andrés
Piquer donde solían jugar algunos chiquillos del
barrio, entre ellos un pelirrojo muy grande, hijo de una
peluquera, que era de la piel del diablo.
-Creo que no tuviste hermanos.
-No. Mi madre quedó embarazada
después de tenerme a mí, pero tuvo un aborto
y se fue a pique el proyecto de un segundo hijo. Así
que fui un niño solitario, de esos que piensan
demasiado y juegan poco, ya sabes. Un bicho.
-Hijo único, que se dice.
-Único sí, pero no mimado.
Pocos niños habrán tenido menos mimos que
yo, esa es la verdad. Mis padres eran ya mayores cuando
me tuvieron y poseían un carácter poco dado
a las contemplaciones afectivas. Al menos, a mí
no me queda el menor recuerdo de juegos con ellos, ni
de las típicas complicidades entre padres e hijos,
nada.
-Háblame de cosas que
recuerdes, de imágenes
-Me acuerdo, por ejemplo, de mi caballo
de cartón -el catatán gane, como le llamaba
yo con mi media lengua de entonces- y de cómo le
arranqué la cola para meter por el agujero la comida
que me daban y que no quería comer. Eso duró
algún tiempo, hasta que se percataron de la travesura
por el mal olor de la habitación. Imagínate.
Me acuerdo también de que, al
lado del portal de mi casa, había una carbonería.
Del carbonero no me queda ni el menor indicio, pero en
cambio aún me parece ver cómo salían
de allí de vez en cuando unas cucarachas negras,
veloces, muy lustrosas, que parecían de charol.
Y recuerdo también el carro del carbonero, con
ruedas de goma, y el precioso caballo azabache que tiraba
del carro. Ese animal tenía unas crines suaves
y largas, y unos ojos profundos y oscuros con los que
te hablaba mientras lo mirabas.
-Dices las cosas de tal manera,
Ricardo, que parece que cobren vida de nuevo.
-Es que están vivas aún,
ya lo creo. Completamente vivas en mí. En el fondo,
los seres humanos sólo tenemos dos grandes bienes:
la vida y los recuerdos. Todo lo demás es baladí.
-Cuando has hablado de la carbonería,
he recordado que tienes un cuento en el que el protagonista
caza bichos de forma compulsiva
-Ah, sí. La última
palabra de Arnold Howard, de La noche
de papel.
-¿Tiene algo que ver
tu recuerdo infantil con el argumento de ese cuento?
-Es posible, aunque no soy consciente
de ello. La primera vez que vi las cucarachas de la carbonería
corriendo a todo meter por la acera de la calle me asusté
mucho, porque una de ellas vino hacia mí y me pareció
que me perseguía. Entonces me eché a correr
hacia la esquina. A lo mejor esa experiencia pudo marcarme
e inspirarme años después, de forma inconsciente,
los argumentos de tan polémico relato. Aunque no
sé, porque aquel fogonazo de infancia estaba ya
demasiado lejos en el momento de escribir el cuento. Igual
habría que ver ahí alguna que otra influencia
kafkiana, quién sabe.
-Oye,
dime, ¿y qué otras imágenes te quedan
de la niñez?
-Pues me queda la imagen, algo incierta,
un poco imprecisa, de mi padre enseñándome
a ir en bici por el parque de Primo de Rivera. Él
me agarraba el sillín de una bici, alquilada por
media hora, y yo hacía lo posible para no estamparme
contra los adoquines. Cuestión de supervivencia,
supongo.
Y guardo en la cabeza también
mis juegos a médicos y enfermeras con María
Elena, mi vecinita de al lado. La niña era nieta
de una modista que tenía el taller en la misma
casa, puerta con puerta con el piso de mis padres, y que
trabajaba mucho para las señoras de la vecindad.
Arriba, en el segundo izquierda, vivía un matrimonio
sin hijos que tenían una perrita pequeña
un tanto repulsiva. La perra, según decían,
comía exactamente lo mismo que comían ellos,
y con su plato en la mesa.
Y me acuerdo bien de Nonila, que me
daba pepinillos en vinagre siempre que acompañaba
a mi madre de compras por el mercadillo. Y recuerdo -muy
vagamente, todo hay que decirlo- a Daría, una chica
de pelo negro que cogía puntos de media a máquina
en la mercería de mi padre. Porque has de saber,
si no lo sabes ya, que mi padre tenía una pequeña
tienda de mercería en la calle de San Juan de la
Cruz, al otro lado de la plaza de San Francisco. Esa plaza
ha sido algo así como el foro de mi niñez,
el centro geográfico de mis primeros años
y experiencias.
-Por
lo que dices, veo que aún tienes algunos recuerdos
gratos.
-Más que gratos, vitales, cotidianos,
esenciales. Tampoco recuerdo nada maravilloso, ¿comprendes?
Aunque me queda un rastro muy significativo de varios
hechos y personas. Entre ellas, de mi amigo Alfonso y
de nuestras aventuras juntos por el pasadizo estrecho
-habitado de ratas y de porquería, por cierto-
que iba desde el pequeño inodoro de la tienda de
mi padre hasta el patio cubierto interior de la comunidad
de vecinos. Aquellas incursiones a oscuras, iluminados
con débiles linternas, eran una verdadera epopeya
para nosotros, llenos como estábamos de una fantasía
galopante. Pasábamos miedo, desde luego, pero nos
encantaba adentrarnos por aquellos pasillos abandonados
y negros.
Y me quedan vestigios, trazas borrosas,
de mis juegos infantiles con fuertes de madera y soldados
de plástico en compañía de Vititi
y Pepe Ortega en el salón de su casa familiar.
Remota prehistoria. Y de aquel flamante coche dirigido
-un BMW azul, muy bonito- que mis padres me compraron
un año para Reyes y que todavía conservo
con cariño.
Y también tengo en mente -fíjate-
la moto de mi primo Jordi, el de Barcelona. Una vez vinieron
a Zaragoza él y Luisa, su mujer. Luisa es hija
de mi tío Diego, hermano de mi padre. Luisa me
montó en el sillín de la moto, aparcada
junto al portal de casa de mis padres, justo delante de
donde se colocaba siempre el carro del carbonero. Verme
encima de la motocicleta y sentir en mis manos su manillar,
fue para mí un suceso muy especial entonces. No
sabría explicar por qué.
-Eras
un aventurero.
-Era un niño, que no es lo mismo.
Un crío callado, bien educado y simpático,
según decían. Pero con la cabeza llena de
fantasía en ebullición, eso sí. Imagino
que a todos los chiquillos les pasaría tres cuartos
de lo mismo.
Ricardo
Serna tiene la boca seca. Se le nota al hablar. Bebe un
sorbo de té mientras yo sigo haciéndole
preguntas.
-¿Y
cómo ibas en el colegio, eras buen estudiante?
-Regular nada más. Mis padres
me matricularon en el colegio de La Salle porque estaba
cerca de casa, a cuatro pasos. Para ser sincero, no me
sentí a gusto allí, quizá porque
éramos un batallón de alumnos y nunca me
han gustado las aglomeraciones. Yo no era de los alumnos
malos, pero tampoco descollaba por mis resultados académicos.
Y la verdad es que allí lo que contaba eran los
resultados, las notas. Y la buena conducta, claro. Lo
demás no valía para nada. Era imposible
demostrar aptitudes. Nos daban una educación tremenda,
llena de prohibiciones, tabúes y pecados, una formación
que imponía en nuestras mentes juveniles una conciencia
estrecha y unos principios ajustados a una moral cuadriculada.
Lo sobrellevé pasando inadvertido.
-Luego
creo que te llevaron interno a Teruel, ¿no es así?
-Efectivamente. A los trece años,
si no recuerdo mal, mis padres decidieron enviarme a Burbáguena,
un pueblito de Teruel, con la intención de que
aprovechase mejor mis estudios. Había allí
un internado de Franciscanos que cobró bastante
fama a finales de los años sesenta.
-Y
allá que te fuiste.
-A ver si no, qué remedio. El
berrinche que cogí la noche anterior a mi partida
fue de antología. Pero no hubo forma de ablandar
a mis padres.
-En
aquella época, los internados proliferaron bastante.
Incluso estaban de moda. Era una forma muy habitual de
educar a los jóvenes de manera elitista. Ahora
ya no quedan centros de ese tipo. O me lo parece a mí,
no sé.
-Sí, deben quedar bien pocos.
Entonces era corriente. En mi caso particular, tengo la
sensación de que la experiencia mereció
la pena. Aprendí muchas cosas entre los muros de
aquel colegio.
-Cosas
buenas, imagino.
-Depende a lo que se llame bueno. Cosas
interesantes, en cualquier caso; cosas del vivir, experiencias
del despertar de los sentidos. Yo creo que no hay nada
intrínsecamente bueno o malo en esta vida; los
hechos o los aconteceres suelen tener varias caras, varias
facetas; incluso lecturas distintas dependiendo de los
individuos que los analicen. Yo te diría que, en
términos generales y sin entrar en pormenores,
recuerdo positivamente el internado. Y eso que al principio
me sentí muy solo allí. Era la primera vez
que salía de casa, y eso cuesta asumirlo siendo
un chaval.
-¿Hiciste
amigos en el colegio?
-Que recuerde, amigos propiamente no.
Al menos tal y como se suele entender la amistad entre
chicos. Aquellas relaciones eran otra cosa, no sé;
vamos a llamarlo compañerismo, si quieres. El ambiente
de aquel internado era muy agobiante, sabes, y resultaba
difícil hacer amigos. Se buscaban empatías,
correspondencias afectivas, similitudes en gustos y aficiones.
Uno navegaba sin rumbo por mares procelosos y se arrimaba
al primer puerto que proporcionaba seguridad y abrigo.
Esa sensación de desamparo la sentíamos
muchos allí, y es evidente que cada cual lo paliaba
como podía. Yo lo cuento en alguna de mis novelas.
Era un mundo diferente, complejo a veces, donde las relaciones
interpersonales entre los alumnos lo eran también
de igual manera. Es difícil explicar estas cosas
en frío y con semejante alejamiento de los hechos,
la verdad. Pero situados en aquel tiempo y en el adecuado
contexto, todo se entendía con mucha normalidad.
-No
sé si te comprendo bien o no, pero voy a seguir
adelante.
-Va a ser mejor, sí. ¿Quieres
otra taza de té? -hace ademán de
servirme, y yo acerco enseguida mi taza-.
El limón le da una gracia singular al té
rojo, ¿verdad?
-Sí
que te ha salido bien, sí. Oye, dime: ¿escribiste
mucho durante tu etapa como estudiante de bachillerato?
-Más que escribir, que también,
lo que hacía era leer, empaparme, buscar libros
y lecturas que me llenasen y transmitiesen emociones.
Recuerdo que en el internado, subiendo hacia el campo
de fútbol del colegio, había un palomar
al lado de un olivo. Mientras mis compañeros jugaban
al balón en los recreos, yo me sentaba junto al
olivo y leía a Juan Ramón, a Salinas -a
Salinas lo leí mucho-, a Vicente Aleixandre, a
Gómez de la Serna y a infinidad de autores más.
Leí muchos libros con el zureo de aquellas palomas
de fondo, ya lo creo.
-Y
al volver a Zaragoza
-Al volver me sentí otro. Era
como recobrar la libertad. Enseguida me puse a estudiar
como un loco, procurando cubrir viejas lagunas en los
estudios. Para entonces, ya había decidido ser
escritor, y sabía que necesitaba cultivarme al
máximo. No bastaba con leer poesía o libros
de autores interesantes; era preciso titularme, llegar
a la universidad y ser alguien, así que puse manos
a la obra.
-Y
sigues en la universidad todavía.
-Sí, bueno, aunque mi labor
actual es muy modesta. Pertenezco al Centro de Estudios
Históricos de la Masonería Española,
tutelado por el departamento de Historia Contemporánea
de la Universidad de Zaragoza. Es mi ligazón con
la universidad. Y no estoy ahí por mis méritos,
sino por la bondad del doctor José Antonio Ferrer
Benimeli, presidente del Centro y caritativo amigo.
-Te
puede la modestia, Ricardo.
-No, qué va, es la pura verdad,
en serio. Mi actual aportación al Centro de Estudios
se limita casi exclusivamente a la confección de
una ponencia para cada Symposium Internacional que se
organiza, y a la asistencia al mismo allí donde
se celebre. Nada más.
-A
propósito del tema masónico, sé que
te publicaron en Madrid un ensayo titulado Masonería
y literatura, y que el profesor Ferrer Benimeli
te lo prologó.
-Sí, es verdad. La Fundación
Universitaria Española tuvo la gentileza de publicar
ese libro mío en 1998, y José Antonio Ferrer,
que es un hombre inteligente y generoso, me escribió
el prólogo. Estoy satisfecho de tenerlo impreso,
por supuesto.
-Te
gusta la investigación sobre asuntos masónicos,
¿verdad?
-Sí, el tema me viene encandilando
desde el primer día que pisé la universidad,
y ya ha llovido desde entonces. Precisamente ahora estoy
trazando el proyecto para la confección de otro
ensayo largo sobre el tema, pero todavía no te
desvelo nada porque estoy pergeñando los cimientos.
-Bien,
avancemos. A lo largo de tu carrera como escritor, has
ganado un montón de premios literarios. ¿Qué
opinión tienes de ellos?
-Para ser franco contigo, te diré
que me parece que sirven de acicate en la juventud y de
lacerante impedimento en la madurez. Cuando todavía
eres joven, conviene presentarse a ciertos premios siendo
selectivo, por supuesto, y es bueno ganarlos. Anima y
ayuda a seguir adelante. Así va uno haciendo currículo
y alimentando el ego, que es algo indispensable en un
escritor. Pero cumplidos los treinta o treinta y pocos,
no creo que sea conveniente presentar obras a certámenes
literarios. Si los ganas, muy bien, pero si no te los
otorgan, que se me antoja lo más habitual, puedes
venirte abajo y pensar, erróneamente, que tu literatura
no vale un pimiento, que no sirve. Estos desengaños
provocan a veces retiradas lamentables en escritores con
excesiva sensibilidad que, sin embargo, saben hacer bien
las cosas.
-¿Qué
premio te gustaría tener en tu haber de escritor?
-El premio Nadal, por supuesto. Una
vez me presenté, hace unos diez años, pero
no me lo dieron. Además hicieron bien, porque ni
yo mismo estaba convencido de las bondades de la novela
que mandé al certamen. Y porque, además,
le dieron el premio aquella vez a Rosa Regás, que
presentó un estupendo libro titulado Azul.
Creo que fue aquel mismo año. Así que el
jurado estuvo muy atinado en esa ocasión. Del original
que yo presenté ya no queda sino el esqueleto;
con el tiempo lo reescribí completo y hasta le
cambié el título, y ahora sí que
es una novela en condiciones. Aún está inédita,
por cierto.
-Dime,
¿da dinero la literatura?
-Esta pregunta deberías hacérsela
a Lucía Etxebarría, a Lorenzo Silva, a Mario
Vargas o a escritores a los que todo el mundo conoce a
través de la publicidad que se hace de ellos en
los medios. Hasta el día de hoy, yo no he ganado
un céntimo con la literatura. Tampoco me puedo
quejar, no creas, ya que mis libros se venden bastante
bien dentro de lo que cabe y nunca han perdido dinero
los editores al apostar por mí, pero de ahí
a que yo gane dinero con los derechos de autor de mis
obras
Calderilla.
Hay que ser necio de narices, o tener
un absoluto desconocimiento del tema, para creer que un
autor sin fama reconocida puede ganar dinero en España
con la venta de sus libros. Yo no digo que no ganen dinero
la decena de autores sagrados de las letras españolas
y la otra decena que ahora mismo está en el candelero
comercial, pero los autores modestos no ganamos ni para
pipas. Esa es la verdad. Y aún así, fíjate,
la gente nos envidia. El escritor vocacional no hace sino
trabajar como una mula, dejarse los ojos y la piel en
su tarea, y aún hay gente por ahí -majaderos,
porque no se les puede llamar de otra manera- que piensan
que esto es un chollo y que los libros se los saca uno
de la chistera por arte de birlibirloque, para luego forrarse
con ellos a costa de los lectores que los compran. Es
increíble. De verdad que hay que jorobarse, por
no decir otra cosa que también empieza por la misma
sílaba.
-Hablemos
un poco de tus obras, si te parece.
-Me parece muy bien.
-Empecemos
por la poesía, que siempre se deja para el final
como género maldito.
-Sí, tienes razón. Es
como si los libros de poesía fuesen el furgón
de cola del convoy literario de cualquier escritor, y
no es eso ni mucho menos. Tengo la poesía por un
género nada sencillo de elaborar y muy en armonía
con la expresión lírica de los sentimientos
personales.
Bien, te cuento: tengo publicados hasta
la fecha tres poemarios, aunque inéditos y en espera
de edición tengo varios más que podrían
darse a las prensas en cualquier momento. De los publicados,
los dos primeros, Es de piedra el poeta
y La construcción de la rosa,
salieron juntos en un mismo volumen. Los publicó
con mimo, como hace siempre, la Institución Fernando
el Católico, de Zaragoza, en el año noventa
y nueve. Y el tercer poemario, www.anónimo.es,
salió a la luz gracias al Área de Cultura
de la Diputación Provincial. Como ves, ambas entregas
nacen de iniciativas de carácter institucional.
Hay pocas editoriales dedicadas a la poesía. Cosa
de números, sabes. La dichosa economía,
que manda en todo.
-Eso
dicen, que la poesía no deja beneficios a los editores.
-Tenlo por seguro, Carlos. En esta
sociedad nuestra, en la que se da culto al becerro de
oro y al placer fácil e inmediato, el lirismo y
la introspección literaria no tienen nada que hacer.
O muy poco. Y si los lectores no demandan el género,
es evidente que el editor se acaba comiendo los libros
con patatas.
-Oye,
Ricardo, ¿podrías hablarme un poco de tu
último poemario?
-Con mucho gusto. Verás, se
trata de un libro con catorce poemas. Es un homenaje a
la figura y la obra de otro poeta aragonés, Miguel
Labordeta, mitificado hasta el tedio por los menos y desconocido
en cambio por la mayoría. Desde el primer poema,
he querido que el lector se implicase en un juego consentido,
de tal forma que al ir leyendo los versos se adentrase
más y más en una doble trama poética.
Los que de verdad entienden, han dicho que es un libro
raro pero meritorio. El último poema es un soneto
clásico, y me parece que la entrega en su conjunto
constituye un libro muy logrado, aunque me esté
mal el decirlo.
-¿De
dónde te viene a ti ese interés por Miguel
Labordeta?
-Estudié su obra en la universidad,
en los cursos de doctorado. Y el profesor y amigo Antonio
Pérez Lasheras, quien además tuvo la gentileza
de hacerme el prólogo del libro, me animó
en su día a indagar en el universo labordetiano.
-Perfecto,
pasemos a la prosa. Tú eres uno de los autores
que más relato breve ha escrito y publicado en
Aragón.
-Desde luego. Y puede que en buena
parte de España también, no sé.
-Sí,
porque tienes en total
-A día de hoy, tengo publicados
noventa y siete relatos diferentes, repartidos en cuatro
libros: Relatos del insomnio, La
noche de papel, Los escritores
y Caballeros de la luz. Y luego habría
que sumar alguno más que han editado suelto en
alguna revista o periódico. Un centenar, para decirlo
en pocas palabras.
-Vaya,
eso sí que es tener mucho cuento -bromeo.
-Ya puedes decirlo bien alto a los
cuatro vientos, que no voy a enfadarme contigo por eso.
-Ricardo sonríe abiertamente
ante mi juego de palabras, al tiempo que vuelve a beber
un sorbo de té, ya frío.
-En
tu dilatada experiencia con el cuento, ¿qué
consecuencias sacas al respecto, merece la pena adentrarse
en ese género que tan poco apreciado estuvo en
el país hasta hace algunos años? ¿O
acaso es mejor escribir novelas y dejarse de historias
menudas?
-Hombre, yo sé que los escritores
que no salen del estrecho cercado de la narrativa breve,
casi nunca despuntan. A estas alturas de mi vida, comprenderás
que ya no busco descollar, o cuando menos no es una de
mis principales ambiciones; pero entiendo, en cambio,
que tampoco es bueno enquistarse en un ámbito cerrado
de la creación artística. Tú sabes
mejor que nadie lo bueno y recomendable que resulta cambiar,
indagar nuevos espacios, adentrarse en vericuetos paralelos
donde hallar espacios vírgenes de construcción.
Desde mi punto de vista, es mejor abrir diferentes trochas
al mismo tiempo. De ese modo evitas que te encasillen
con facilidad y tienes más capacidad de creación,
mayores horizontes.
-Me
temo que nos queda poco tiempo. Pero antes de acabar,
me gustaría preguntarte cómo ves la literatura
de hoy en Aragón, qué autores son tus favoritos
y qué harías si, de la noche a la mañana,
te vieses con todo el poder cultural de la comunidad en
tus manos.
-En este hipotético caso, me
parece que dimitiría de inmediato. Yo me siento
creador, escritor, pero no político. Nunca he tenido
ideas políticas militantes. Además, soy
de los que piensan que cualquier gobierno, sea del color
que sea, es capaz de hacer una política cultural
coherente y beneficiosa. Pero hace falta querer y poner
los medios para levantar y llevar a cabo todos los proyectos.
Hablar es fácil; obrar, en cambio, menos.
-No
has contestado a mi pregunta acerca de la literatura en
Aragón.
-Ah, sí, disculpa. Pues verás,
opino que Aragón ha sido siempre una tierra desagradecida
con sus gentes de valía, a no ser que el primer
reconocimiento provenga de fuera. En Aragón no
cuidamos lo más mínimo a nuestros artistas
e intelectuales. Te contaré una pequeña
anécdota muy significativa al respecto: la misma
tarde que conocí al escritor palentino Tomás
Salvador -de eso hace un montón de años,
allá por 1984-, éste me aconsejó
abandonar Zaragoza lo antes posible e instalarme en Madrid
o en Barcelona, mejor en Barcelona, si pretendía
en serio convertirme en escritor de profesión.
Y tenía más razón que un santo, desde
luego. Me consta que Cataluña, para eso, es una
comunidad mucho más sensible; los catalanes apoyan
a los suyos a poco que demuestren merecerlo, en vez de
obligarles a salir fuera para abrirse camino a empellones.
Creo que debemos cambiar nuestra mentalidad y pensar que
la creación artística es la sal de la vida.
Es necesario incentivar a los artistas. El arte, la creación
en general, nos hace más libres a todos.
Yendo directo a tu pregunta, te contestaré
sin rodeos diciendo que existen aquí, en esta tierra,
una docena de buenos escritores, y pare usted de contar.
Hablo, claro está, de los que hacen literatura
creativa, porque cosa bien distinta son los periodistas
metidos a escritores. Esta es otra historia diferente.
Estoy seguro de que se da un notable intrusismo coyuntural
de profesionales del periodismo, que un buen día
se adentran de pronto en el ámbito literario por
motivos varios, entre ellos el intento de medrar. Un intrusismo
que deja de serlo en contadas ocasiones para convertirse
en respetable y natural actividad paralela, pero que resulta
inapropiado en la mayoría de los casos. Porque
estarás conmigo, Carlos, en que no es lo mismo
ser vecinos que vivir en el mismo piso. Hay gente que
se confunde con eso.
-Bien,
para ir acabando, Ricardo, cítame por favor un
par de escritores aragoneses vivos cuya obra te agrade
personalmente.
-Te pensaba nombrar a Sender, pero
no te valdrá, evidentemente. De los actuales no
debería citar nombres, sabes, porque luego se me
pueden enfadar si omito por despiste a cualquiera de ellos,
amigos y conocidos en su mayor parte.
-Haz
un esfuerzo, que yo me entere de lo que opinas.
-En fin, por ser tú hablaré
nada más de los autores que, siendo oriundos de
Aragón, he leído hasta la fecha con verdadero
placer. Y me dejo fuera, a sabiendas, a los ensayistas
y literatos que escriben desde sus despachos universitarios,
que hay un puñado de mucha calidad en el campus
de Zaragoza, y también a los poetas; y a los que,
sin haber nacido en Aragón, son aragoneses de adopción
y escriben y trabajan aquí desde hace años.
Me gusta -por ejemplo- la obra de Soledad
Puértolas, una mujer de trato fácil, tan
humana y elegante por dentro como sencilla y deliciosa
con la pluma. También he leído con deleite
a Ramón Acín, un profesor de literatura
que sabe contar historias y aproximar su verbo a la comprensión
de los lectores. A Ignacio Martínez de Pisón
me lo presentó José Luis Melero -otro estimable
escritor, buen orador y meticuloso bibliófilo-
en la sala regia del Palacio de Sástago, una tarde
veraniega del año noventa y seis, creo recordar,
en que se presentaba allí la revista La expedición.
Aún me parece que lo estoy viendo: intercambié
un apretón de manos y cuatro palabras con Ignacio
y eso fue todo, pero después me interesaron sus
libros.
He de citar aquí a Manuel Vilas,
que hace una literatura ágil y vitalista, llena
de guiños; a Ana María Navales, voz clara
y culta, que se desliza con lirismo y esmero en las descripciones
de sus cuentos; y a Fernando Sanmartín, al que
sin conocer aún personalmente, descubrí
no hace demasiado a través de un libro delicioso
sobre la memoria de infancia. Creo que te he hablado de
él hace un rato.
Y a Félix Romeo, agudo crítico
literario y valioso comunicador, que pisa firme en el
universo literario aun caminando sin prisas, como debe
ser. Javier Tomeo es un luchador de la palabra que ha
salido del anonimato desde fuera de Aragón, como
Puértolas.
De la obra de Magdalena Lasala, Javier
Delgado y Ángeles Irisarri conozco menos, esa es
la verdad, y también he leído poco aún
de Félix Teira, Javier Barreiro, Javier Sebastián
y José Giménez Corbatón, aunque prometo
enmendarme en breve; es público que toda esta gente
han sabido labrar su espacio a base de clase y paciente
trabajo. He leído también algo de Adolfo
Ayuso, y un par de novelas de Adela Rubio, compañera
de viaje en la ya histórica tertulia Juan de Moncayo;
y a Eulogio Soriano, profesor de literatura, muy enraizado
en la tierra turolense que le vio nacer, escritor de pluma
llana y popular en el mejor de los sentidos. Y a Cristina
Grande, una filóloga jovencísima, a la que
no conozco en persona todavía, y que apunta maneras.
O que ya las tiene y yo no las conozco del todo, que será
lo más probable. En fin, seguro que me dejo en
el tintero a alguno de los que deseo nombrar. Pasa siempre.
-Una
pregunta para el hombre con alma, no para el escritor:
¿qué tara social aborreces más?
-La violencia, sin duda. En cualquier
persona o ser vivo. La violencia es inaceptable en cualquiera
de sus grados, formas y variantes. Y también la
falta de igualdad y fraternidad entre los hombres.
-Por
último, Ricardo, me gustaría que me comentases
qué sientes al escribir. ¿Es algo tan especial?
¿Con qué otra actividad humana se puede
parangonar?
-Me haces una pregunta difícil.
Qué siento yo al escribir. Casi nada. No te lo
puedo explicar a conciencia, no sé hacerlo. Pero
te diré que me siento un ser con poderes. Escribir
es ejercer un poder real, el poder de la palabra, la magia
de la comunicación, el don de la creación.
Me siento un demiurgo, un dios omnipotente, un ser privilegiado,
un hombre especial.
Claro que no siempre tiene uno esa
positiva y grata percepción del arte literario
A veces, cuando las cosas no salen como esperas, o cuando
se atasca el verbo y se empecina en su trinchera oscura,
uno lo pasa mal, y se sufre un montón. Sin embargo,
al final, contemplas la obra y la sientes tuya, auténtica,
piel de tu piel. Y es en ese momento cuando olvidas las
dificultades habidas y vuelves a tener ganas de teclear
en el ordenador para escribir otra cosa. Siempre algo
nuevo, diferente, original.
-Gracias,
Ricardo, por este delicioso té con limón.
Y por tus abundosas palabras. Te deseo muchos éxitos
futuros. Hasta siempre.
-Ha sido un placer.
|
|