Se integran en este apartado algunas de las numerosas entrevistas que ha concedido Ricardo Serna desde sus primeros pasos públicos como escritor hasta el día de hoy. La mayor parte son fragmentos de entrevistas, dado que se ha seguido el criterio práctico de elegir exclusivamente los bloques, preguntas y respuestas de mayor interés para los lectores. Las entrevistas se hallan ordenadas cronológicamente en orden inverso, de tal manera que las más antiguas se encuentran al final.
 
 
10
Autor: Carlos Antonio Berasátegui
Internet, 12.III. 2005
 

9
Autora: Lourdes Buisán
Diario del Alto Aragón, 17.XI.2004 [fragmentos]

 

8
Autor: José Luis Solanilla
Heraldo de Aragón, 23.VI.2001

 

7
Autora: Mercedes Pérez
Heraldo de Huesca, 17.XII.2000 [fragmentos]

 

6
Autora: Mónica Fuentes
El Periódico de Aragón, 31.X.2000 [fragmentos]

 

5
Autora: Raquel Goyeneche
Heraldo de Aragón, 30.X.2000 [fragmentos]

 

4
Autor: Roberto Miranda
El Periódico de Aragón, 24.X.2000 [fragmentos]

 

3
Autor: Mariano García
Heraldo de Aragón, Zaragoza, 22.III.1990 [fragmentos]

 

2
Autor: Antón Castro
El Día de Aragón, Zaragoza, 21.III.1990 [fragmentos]

  1
Autor: Gonzalo Ortega Aragón
El Día de Palencia, Palencia, 8.V.1984
 
 
 
 
 
   
 

10
Autor: Carlos Antonio Berasátegui
Internet, 12.III. 2005

Ricardo Serna, el escritor y el ser humano
A menudo se olvida la gente de la calle de que los escritores somos seres de carne y hueso

    Hablar con Ricardo Serna (Zaragoza, 1954) es siempre un placer, y más haciéndolo sin prisa, reposadamente, sabiendo con certeza que la taza de té que une nuestra charla distendida de hoy no es, ni mucho menos, el límite de la conversación.
    -Me han dicho, Ricardo, que eres poco partidario de entrevistas personales.
    -Pues te han engañado. No sé quién te habrá dicho semejante cosa, la verdad. Que yo recuerde, creo que nunca me he negado a contestar ninguna entrevista, aunque prefiero las relacionadas directamente con mi oficio de escritor, porque las otras, las más personales, me ruborizan un poco. Me da la sensación de que no voy a poder contar a la gente nada interesante de lo que es mi esfera privada.
    -Pero estarás de acuerdo conmigo en que lo privado y lo público se entremezclan inevitablemente cuando tratamos con un escritor.
    -Sí, suele suceder, es verdad. No voy a negar que la vida y el pensamiento del escritor repercuten en su obra, en el resultado de la misma. Así que, desde esa perspectiva, acepto que se intente ahondar en mí como ser humano.
    -Biografía y línea de pensamiento, son factores importantes a la hora de conocer a un intelectual. A mí me interesa hoy tanto tu labor literaria como tu vivencia humana, que presumo rica y bien nutrida.
    -Eres muy libre, tú verás. Desde luego, cada escritor tiene atesoradas ciertas experiencias personales que lo convierten con los años en un pozo del que beber. A menudo se olvida la gente de la calle de que los escritores somos seres de carne y hueso, y que por lo mismo tenemos una vida propia sin la que nos sería imposible escribir de tal o cual manera.
    -Si te parece bien, empezaremos por lo personal y nos remontaremos en el tiempo.
    -Como quieras. La iniciativa es tuya y tú mandas, Carlos.
    -Te miro a los ojos de cerca y no te imagino niño, fíjate.
    -No, ni yo tampoco me imagino. Lo cierto es que me quedan pocos recuerdos de infancia. Y no es que no guarde memoria de la niñez; en realidad, las imágenes que me quedan son un tanto vagas, como si aquella menoría difusa que tengo en la cabeza fuese la niñez de otro soñada por mí. No sé si me entiendes.
    -Más o menos. Perdona que me remonte tan lejos…
    -Ya sé que estoy mayor. No hacía falta que me lo recordases -replica Serna con humor.
    -Yo no he querido decir eso, que conste.
    -No te disculpes, hombre, que aún es peor. Por algún lado hay que comenzar las entrevistas, digo yo. Nada mejor que ser ordenado y hacerlo por el principio. Adelante.
    -Me gustaría saber qué te queda realmente de la infancia.
    -Hablando en serio, creo que la infancia es el paraíso de regreso para la mayoría de los escritores. Una estación de retorno. Todos volvemos o intentamos volver a ella, aunque sólo sea para revivirla por encima. Para sobrevolarla en vuelo rasante, como diría Borges.
    -¿Pero qué cosas o qué imágenes importantes se han quedado retenidas en tu cerebro de aquel periodo tan difuso, como lo calificas?
    -Tengo escasas visiones de mí como infante. A veces, incluso creo no haber tenido niñez, apenas consigo acordarme de algunos detalles precisos. Recuerdo bien las manos delgadas y huesudas de mi abuelo Tomás, padre de mi madre. Lo veo tendido en la cama, en la primera habitación, junto al recibidor de la casa. Sé que tenía bondad en la mirada, pero sin embargo no consigo dibujar con nitidez su rostro en mi cabeza. Me lo quiero figurar como un Alonso Quijano con la cadera rota, malherido tras batallar con los gigantes de su vida.
    -Una imagen muy evocadora.
    -Es que mi abuelo Tomás era bastante Quijote en todo, creo yo. Al menos, tenía poco de Sancho. Era un hombre espiritual, reflexivo, paciente. Yo lo guardo así en mi cabeza. Y sé -me lo decía siempre mi madre- que mi abuelo me quería mucho.
    -¿Es verdad que tu padre se equivocó al registrar tu fecha de nacimiento?
    -Y tan verdad. Yo vine al mundo el veintiocho de octubre del año cincuenta y cuatro. Pero mi padre, al inscribirme en el registro civil, dio como buena la fecha del veintisiete. Por eso, en ciertos papeles oficiales, consta el día anterior, y no el que realmente nací. Cosas de mi padre, que siempre ha sido una completa calamidad. Esta anécdota ya la he contado en varias ocasiones por ahí.
    -Volvamos a los recuerdos de infancia, si te parece.
    -Claro. Precisamente hace poco leí La infancia y sus cómplices, de Fernando Sanmartín, un libro encantador que te recomiendo. A ti y a cualquiera. Leyéndolo, me vinieron a la testa cosas que tenía en la trastienda de la memoria.
    -¿Tuviste una infancia de calle, como otros niños de entonces?
    -No, qué va. Mi madre era muy estricta con ese asunto. No me dejaba ir a la calle a jugar. Aunque recuerdo que un par de veces me escapé hasta un solar próximo de la calle Andrés Piquer donde solían jugar algunos chiquillos del barrio, entre ellos un pelirrojo muy grande, hijo de una peluquera, que era de la piel del diablo.
    -Creo que no tuviste hermanos.
    -No. Mi madre quedó embarazada después de tenerme a mí, pero tuvo un aborto y se fue a pique el proyecto de un segundo hijo. Así que fui un niño solitario, de esos que piensan demasiado y juegan poco, ya sabes. Un bicho.
    -Hijo único, que se dice.
    -Único sí, pero no mimado. Pocos niños habrán tenido menos mimos que yo, esa es la verdad. Mis padres eran ya mayores cuando me tuvieron y poseían un carácter poco dado a las contemplaciones afectivas. Al menos, a mí no me queda el menor recuerdo de juegos con ellos, ni de las típicas complicidades entre padres e hijos, nada.
    -Háblame de cosas que recuerdes, de imágenes…
    -Me acuerdo, por ejemplo, de mi caballo de cartón -el catatán gane, como le llamaba yo con mi media lengua de entonces- y de cómo le arranqué la cola para meter por el agujero la comida que me daban y que no quería comer. Eso duró algún tiempo, hasta que se percataron de la travesura por el mal olor de la habitación. Imagínate.
    Me acuerdo también de que, al lado del portal de mi casa, había una carbonería. Del carbonero no me queda ni el menor indicio, pero en cambio aún me parece ver cómo salían de allí de vez en cuando unas cucarachas negras, veloces, muy lustrosas, que parecían de charol. Y recuerdo también el carro del carbonero, con ruedas de goma, y el precioso caballo azabache que tiraba del carro. Ese animal tenía unas crines suaves y largas, y unos ojos profundos y oscuros con los que te hablaba mientras lo mirabas.
    -Dices las cosas de tal manera, Ricardo, que parece que cobren vida de nuevo.
    -Es que están vivas aún, ya lo creo. Completamente vivas en mí. En el fondo, los seres humanos sólo tenemos dos grandes bienes: la vida y los recuerdos. Todo lo demás es baladí.
    -
Cuando has hablado de la carbonería, he recordado que tienes un cuento en el que el protagonista caza bichos de forma compulsiva…
    -Ah, sí. La última palabra de Arnold Howard, de La noche de papel.
    -¿Tiene algo que ver tu recuerdo infantil con el argumento de ese cuento?
    -Es posible, aunque no soy consciente de ello. La primera vez que vi las cucarachas de la carbonería corriendo a todo meter por la acera de la calle me asusté mucho, porque una de ellas vino hacia mí y me pareció que me perseguía. Entonces me eché a correr hacia la esquina. A lo mejor esa experiencia pudo marcarme e inspirarme años después, de forma inconsciente, los argumentos de tan polémico relato. Aunque no sé, porque aquel fogonazo de infancia estaba ya demasiado lejos en el momento de escribir el cuento. Igual habría que ver ahí alguna que otra influencia kafkiana, quién sabe.
    -Oye, dime, ¿y qué otras imágenes te quedan de la niñez?
    -Pues me queda la imagen, algo incierta, un poco imprecisa, de mi padre enseñándome a ir en bici por el parque de Primo de Rivera. Él me agarraba el sillín de una bici, alquilada por media hora, y yo hacía lo posible para no estamparme contra los adoquines. Cuestión de supervivencia, supongo.
    Y guardo en la cabeza también mis juegos a médicos y enfermeras con María Elena, mi vecinita de al lado. La niña era nieta de una modista que tenía el taller en la misma casa, puerta con puerta con el piso de mis padres, y que trabajaba mucho para las señoras de la vecindad. Arriba, en el segundo izquierda, vivía un matrimonio sin hijos que tenían una perrita pequeña un tanto repulsiva. La perra, según decían, comía exactamente lo mismo que comían ellos, y con su plato en la mesa.
    Y me acuerdo bien de Nonila, que me daba pepinillos en vinagre siempre que acompañaba a mi madre de compras por el mercadillo. Y recuerdo -muy vagamente, todo hay que decirlo- a Daría, una chica de pelo negro que cogía puntos de media a máquina en la mercería de mi padre. Porque has de saber, si no lo sabes ya, que mi padre tenía una pequeña tienda de mercería en la calle de San Juan de la Cruz, al otro lado de la plaza de San Francisco. Esa plaza ha sido algo así como el foro de mi niñez, el centro geográfico de mis primeros años y experiencias.
    -Por lo que dices, veo que aún tienes algunos recuerdos gratos.
    -Más que gratos, vitales, cotidianos, esenciales. Tampoco recuerdo nada maravilloso, ¿comprendes? Aunque me queda un rastro muy significativo de varios hechos y personas. Entre ellas, de mi amigo Alfonso y de nuestras aventuras juntos por el pasadizo estrecho -habitado de ratas y de porquería, por cierto- que iba desde el pequeño inodoro de la tienda de mi padre hasta el patio cubierto interior de la comunidad de vecinos. Aquellas incursiones a oscuras, iluminados con débiles linternas, eran una verdadera epopeya para nosotros, llenos como estábamos de una fantasía galopante. Pasábamos miedo, desde luego, pero nos encantaba adentrarnos por aquellos pasillos abandonados y negros.
    Y me quedan vestigios, trazas borrosas, de mis juegos infantiles con fuertes de madera y soldados de plástico en compañía de Vititi y Pepe Ortega en el salón de su casa familiar. Remota prehistoria. Y de aquel flamante coche dirigido -un BMW azul, muy bonito- que mis padres me compraron un año para Reyes y que todavía conservo con cariño.
    Y también tengo en mente -fíjate- la moto de mi primo Jordi, el de Barcelona. Una vez vinieron a Zaragoza él y Luisa, su mujer. Luisa es hija de mi tío Diego, hermano de mi padre. Luisa me montó en el sillín de la moto, aparcada junto al portal de casa de mis padres, justo delante de donde se colocaba siempre el carro del carbonero. Verme encima de la motocicleta y sentir en mis manos su manillar, fue para mí un suceso muy especial entonces. No sabría explicar por qué.
    -Eras un aventurero.
    -Era un niño, que no es lo mismo. Un crío callado, bien educado y simpático, según decían. Pero con la cabeza llena de fantasía en ebullición, eso sí. Imagino que a todos los chiquillos les pasaría tres cuartos de lo mismo.
    Ricardo Serna tiene la boca seca. Se le nota al hablar. Bebe un sorbo de té mientras yo sigo haciéndole preguntas.
    -¿Y cómo ibas en el colegio, eras buen estudiante?
    -Regular nada más. Mis padres me matricularon en el colegio de La Salle porque estaba cerca de casa, a cuatro pasos. Para ser sincero, no me sentí a gusto allí, quizá porque éramos un batallón de alumnos y nunca me han gustado las aglomeraciones. Yo no era de los alumnos malos, pero tampoco descollaba por mis resultados académicos. Y la verdad es que allí lo que contaba eran los resultados, las notas. Y la buena conducta, claro. Lo demás no valía para nada. Era imposible demostrar aptitudes. Nos daban una educación tremenda, llena de prohibiciones, tabúes y pecados, una formación que imponía en nuestras mentes juveniles una conciencia estrecha y unos principios ajustados a una moral cuadriculada. Lo sobrellevé pasando inadvertido.
    -Luego creo que te llevaron interno a Teruel, ¿no es así?
    -Efectivamente. A los trece años, si no recuerdo mal, mis padres decidieron enviarme a Burbáguena, un pueblito de Teruel, con la intención de que aprovechase mejor mis estudios. Había allí un internado de Franciscanos que cobró bastante fama a finales de los años sesenta.
    -Y allá que te fuiste.
    -A ver si no, qué remedio. El berrinche que cogí la noche anterior a mi partida fue de antología. Pero no hubo forma de ablandar a mis padres.
    -En aquella época, los internados proliferaron bastante. Incluso estaban de moda. Era una forma muy habitual de educar a los jóvenes de manera elitista. Ahora ya no quedan centros de ese tipo. O me lo parece a mí, no sé.
    -Sí, deben quedar bien pocos. Entonces era corriente. En mi caso particular, tengo la sensación de que la experiencia mereció la pena. Aprendí muchas cosas entre los muros de aquel colegio.
    -Cosas buenas, imagino.
    -Depende a lo que se llame bueno. Cosas interesantes, en cualquier caso; cosas del vivir, experiencias del despertar de los sentidos. Yo creo que no hay nada intrínsecamente bueno o malo en esta vida; los hechos o los aconteceres suelen tener varias caras, varias facetas; incluso lecturas distintas dependiendo de los individuos que los analicen. Yo te diría que, en términos generales y sin entrar en pormenores, recuerdo positivamente el internado. Y eso que al principio me sentí muy solo allí. Era la primera vez que salía de casa, y eso cuesta asumirlo siendo un chaval.
    -¿Hiciste amigos en el colegio?
    -Que recuerde, amigos propiamente no. Al menos tal y como se suele entender la amistad entre chicos. Aquellas relaciones eran otra cosa, no sé; vamos a llamarlo compañerismo, si quieres. El ambiente de aquel internado era muy agobiante, sabes, y resultaba difícil hacer amigos. Se buscaban empatías, correspondencias afectivas, similitudes en gustos y aficiones. Uno navegaba sin rumbo por mares procelosos y se arrimaba al primer puerto que proporcionaba seguridad y abrigo. Esa sensación de desamparo la sentíamos muchos allí, y es evidente que cada cual lo paliaba como podía. Yo lo cuento en alguna de mis novelas. Era un mundo diferente, complejo a veces, donde las relaciones interpersonales entre los alumnos lo eran también de igual manera. Es difícil explicar estas cosas en frío y con semejante alejamiento de los hechos, la verdad. Pero situados en aquel tiempo y en el adecuado contexto, todo se entendía con mucha normalidad.
    -No sé si te comprendo bien o no, pero voy a seguir adelante.
    -Va a ser mejor, sí. ¿Quieres otra taza de té?
-hace ademán de servirme, y yo acerco enseguida mi taza-. El limón le da una gracia singular al té rojo, ¿verdad?
    -Sí que te ha salido bien, sí. Oye, dime: ¿escribiste mucho durante tu etapa como estudiante de bachillerato?
    -Más que escribir, que también, lo que hacía era leer, empaparme, buscar libros y lecturas que me llenasen y transmitiesen emociones. Recuerdo que en el internado, subiendo hacia el campo de fútbol del colegio, había un palomar al lado de un olivo. Mientras mis compañeros jugaban al balón en los recreos, yo me sentaba junto al olivo y leía a Juan Ramón, a Salinas -a Salinas lo leí mucho-, a Vicente Aleixandre, a Gómez de la Serna y a infinidad de autores más. Leí muchos libros con el zureo de aquellas palomas de fondo, ya lo creo.
    -Y al volver a Zaragoza…
    -Al volver me sentí otro. Era como recobrar la libertad. Enseguida me puse a estudiar como un loco, procurando cubrir viejas lagunas en los estudios. Para entonces, ya había decidido ser escritor, y sabía que necesitaba cultivarme al máximo. No bastaba con leer poesía o libros de autores interesantes; era preciso titularme, llegar a la universidad y ser alguien, así que puse manos a la obra.
    -Y sigues en la universidad todavía.
    -Sí, bueno, aunque mi labor actual es muy modesta. Pertenezco al Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, tutelado por el departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Es mi ligazón con la universidad. Y no estoy ahí por mis méritos, sino por la bondad del doctor José Antonio Ferrer Benimeli, presidente del Centro y caritativo amigo.

    -Te puede la modestia, Ricardo.
    -No, qué va, es la pura verdad, en serio. Mi actual aportación al Centro de Estudios se limita casi exclusivamente a la confección de una ponencia para cada Symposium Internacional que se organiza, y a la asistencia al mismo allí donde se celebre. Nada más.
    -A propósito del tema masónico, sé que te publicaron en Madrid un ensayo titulado Masonería y literatura, y que el profesor Ferrer Benimeli te lo prologó.
    -Sí, es verdad. La Fundación Universitaria Española tuvo la gentileza de publicar ese libro mío en 1998, y José Antonio Ferrer, que es un hombre inteligente y generoso, me escribió el prólogo. Estoy satisfecho de tenerlo impreso, por supuesto.
    -Te gusta la investigación sobre asuntos masónicos, ¿verdad?
    -Sí, el tema me viene encandilando desde el primer día que pisé la universidad, y ya ha llovido desde entonces. Precisamente ahora estoy trazando el proyecto para la confección de otro ensayo largo sobre el tema, pero todavía no te desvelo nada porque estoy pergeñando los cimientos.
    -Bien, avancemos. A lo largo de tu carrera como escritor, has ganado un montón de premios literarios. ¿Qué opinión tienes de ellos?
    -Para ser franco contigo, te diré que me parece que sirven de acicate en la juventud y de lacerante impedimento en la madurez. Cuando todavía eres joven, conviene presentarse a ciertos premios siendo selectivo, por supuesto, y es bueno ganarlos. Anima y ayuda a seguir adelante. Así va uno haciendo currículo y alimentando el ego, que es algo indispensable en un escritor. Pero cumplidos los treinta o treinta y pocos, no creo que sea conveniente presentar obras a certámenes literarios. Si los ganas, muy bien, pero si no te los otorgan, que se me antoja lo más habitual, puedes venirte abajo y pensar, erróneamente, que tu literatura no vale un pimiento, que no sirve. Estos desengaños provocan a veces retiradas lamentables en escritores con excesiva sensibilidad que, sin embargo, saben hacer bien las cosas.
    -¿Qué premio te gustaría tener en tu haber de escritor?
    -El premio Nadal, por supuesto. Una vez me presenté, hace unos diez años, pero no me lo dieron. Además hicieron bien, porque ni yo mismo estaba convencido de las bondades de la novela que mandé al certamen. Y porque, además, le dieron el premio aquella vez a Rosa Regás, que presentó un estupendo libro titulado Azul. Creo que fue aquel mismo año. Así que el jurado estuvo muy atinado en esa ocasión. Del original que yo presenté ya no queda sino el esqueleto; con el tiempo lo reescribí completo y hasta le cambié el título, y ahora sí que es una novela en condiciones. Aún está inédita, por cierto.
    -Dime, ¿da dinero la literatura?
    -Esta pregunta deberías hacérsela a Lucía Etxebarría, a Lorenzo Silva, a Mario Vargas o a escritores a los que todo el mundo conoce a través de la publicidad que se hace de ellos en los medios. Hasta el día de hoy, yo no he ganado un céntimo con la literatura. Tampoco me puedo quejar, no creas, ya que mis libros se venden bastante bien dentro de lo que cabe y nunca han perdido dinero los editores al apostar por mí, pero de ahí a que yo gane dinero con los derechos de autor de mis obras… Calderilla.
    Hay que ser necio de narices, o tener un absoluto desconocimiento del tema, para creer que un autor sin fama reconocida puede ganar dinero en España con la venta de sus libros. Yo no digo que no ganen dinero la decena de autores sagrados de las letras españolas y la otra decena que ahora mismo está en el candelero comercial, pero los autores modestos no ganamos ni para pipas. Esa es la verdad. Y aún así, fíjate, la gente nos envidia. El escritor vocacional no hace sino trabajar como una mula, dejarse los ojos y la piel en su tarea, y aún hay gente por ahí -majaderos, porque no se les puede llamar de otra manera- que piensan que esto es un chollo y que los libros se los saca uno de la chistera por arte de birlibirloque, para luego forrarse con ellos a costa de los lectores que los compran. Es increíble. De verdad que hay que jorobarse, por no decir otra cosa que también empieza por la misma sílaba.
    -Hablemos un poco de tus obras, si te parece.
    -Me parece muy bien.
    -Empecemos por la poesía, que siempre se deja para el final como género maldito.
    -Sí, tienes razón. Es como si los libros de poesía fuesen el furgón de cola del convoy literario de cualquier escritor, y no es eso ni mucho menos. Tengo la poesía por un género nada sencillo de elaborar y muy en armonía con la expresión lírica de los sentimientos personales.
    Bien, te cuento: tengo publicados hasta la fecha tres poemarios, aunque inéditos y en espera de edición tengo varios más que podrían darse a las prensas en cualquier momento. De los publicados, los dos primeros, Es de piedra el poeta y La construcción de la rosa, salieron juntos en un mismo volumen. Los publicó con mimo, como hace siempre, la Institución Fernando el Católico, de Zaragoza, en el año noventa y nueve. Y el tercer poemario, www.anónimo.es, salió a la luz gracias al Área de Cultura de la Diputación Provincial. Como ves, ambas entregas nacen de iniciativas de carácter institucional. Hay pocas editoriales dedicadas a la poesía. Cosa de números, sabes. La dichosa economía, que manda en todo.
    -Eso dicen, que la poesía no deja beneficios a los editores.
    -Tenlo por seguro, Carlos. En esta sociedad nuestra, en la que se da culto al becerro de oro y al placer fácil e inmediato, el lirismo y la introspección literaria no tienen nada que hacer. O muy poco. Y si los lectores no demandan el género, es evidente que el editor se acaba comiendo los libros con patatas.
    -Oye, Ricardo, ¿podrías hablarme un poco de tu último poemario?
    -Con mucho gusto. Verás, se trata de un libro con catorce poemas. Es un homenaje a la figura y la obra de otro poeta aragonés, Miguel Labordeta, mitificado hasta el tedio por los menos y desconocido en cambio por la mayoría. Desde el primer poema, he querido que el lector se implicase en un juego consentido, de tal forma que al ir leyendo los versos se adentrase más y más en una doble trama poética. Los que de verdad entienden, han dicho que es un libro raro pero meritorio. El último poema es un soneto clásico, y me parece que la entrega en su conjunto constituye un libro muy logrado, aunque me esté mal el decirlo.
    -¿De dónde te viene a ti ese interés por Miguel Labordeta?
    -Estudié su obra en la universidad, en los cursos de doctorado. Y el profesor y amigo Antonio Pérez Lasheras, quien además tuvo la gentileza de hacerme el prólogo del libro, me animó en su día a indagar en el universo labordetiano.
    -Perfecto, pasemos a la prosa. Tú eres uno de los autores que más relato breve ha escrito y publicado en Aragón.
    -Desde luego. Y puede que en buena parte de España también, no sé.
    -Sí, porque tienes en total…
    -A día de hoy, tengo publicados noventa y siete relatos diferentes, repartidos en cuatro libros: Relatos del insomnio, La noche de papel, Los escritores y Caballeros de la luz. Y luego habría que sumar alguno más que han editado suelto en alguna revista o periódico. Un centenar, para decirlo en pocas palabras.
    -Vaya, eso sí que es tener mucho cuento -bromeo.
    -Ya puedes decirlo bien alto a los cuatro vientos, que no voy a enfadarme contigo por eso.
   
-Ricardo sonríe abiertamente ante mi juego de palabras, al tiempo que vuelve a beber un sorbo de té, ya frío.
    -En tu dilatada experiencia con el cuento, ¿qué consecuencias sacas al respecto, merece la pena adentrarse en ese género que tan poco apreciado estuvo en el país hasta hace algunos años? ¿O acaso es mejor escribir novelas y dejarse de historias menudas?
    -Hombre, yo sé que los escritores que no salen del estrecho cercado de la narrativa breve, casi nunca despuntan. A estas alturas de mi vida, comprenderás que ya no busco descollar, o cuando menos no es una de mis principales ambiciones; pero entiendo, en cambio, que tampoco es bueno enquistarse en un ámbito cerrado de la creación artística. Tú sabes mejor que nadie lo bueno y recomendable que resulta cambiar, indagar nuevos espacios, adentrarse en vericuetos paralelos donde hallar espacios vírgenes de construcción. Desde mi punto de vista, es mejor abrir diferentes trochas al mismo tiempo. De ese modo evitas que te encasillen con facilidad y tienes más capacidad de creación, mayores horizontes.
    -Me temo que nos queda poco tiempo. Pero antes de acabar, me gustaría preguntarte cómo ves la literatura de hoy en Aragón, qué autores son tus favoritos y qué harías si, de la noche a la mañana, te vieses con todo el poder cultural de la comunidad en tus manos.
    -En este hipotético caso, me parece que dimitiría de inmediato. Yo me siento creador, escritor, pero no político. Nunca he tenido ideas políticas militantes. Además, soy de los que piensan que cualquier gobierno, sea del color que sea, es capaz de hacer una política cultural coherente y beneficiosa. Pero hace falta querer y poner los medios para levantar y llevar a cabo todos los proyectos. Hablar es fácil; obrar, en cambio, menos.
    -No has contestado a mi pregunta acerca de la literatura en Aragón.
    -Ah, sí, disculpa. Pues verás, opino que Aragón ha sido siempre una tierra desagradecida con sus gentes de valía, a no ser que el primer reconocimiento provenga de fuera. En Aragón no cuidamos lo más mínimo a nuestros artistas e intelectuales. Te contaré una pequeña anécdota muy significativa al respecto: la misma tarde que conocí al escritor palentino Tomás Salvador -de eso hace un montón de años, allá por 1984-, éste me aconsejó abandonar Zaragoza lo antes posible e instalarme en Madrid o en Barcelona, mejor en Barcelona, si pretendía en serio convertirme en escritor de profesión. Y tenía más razón que un santo, desde luego. Me consta que Cataluña, para eso, es una comunidad mucho más sensible; los catalanes apoyan a los suyos a poco que demuestren merecerlo, en vez de obligarles a salir fuera para abrirse camino a empellones. Creo que debemos cambiar nuestra mentalidad y pensar que la creación artística es la sal de la vida. Es necesario incentivar a los artistas. El arte, la creación en general, nos hace más libres a todos.
    Yendo directo a tu pregunta, te contestaré sin rodeos diciendo que existen aquí, en esta tierra, una docena de buenos escritores, y pare usted de contar. Hablo, claro está, de los que hacen literatura creativa, porque cosa bien distinta son los periodistas metidos a escritores. Esta es otra historia diferente. Estoy seguro de que se da un notable intrusismo coyuntural de profesionales del periodismo, que un buen día se adentran de pronto en el ámbito literario por motivos varios, entre ellos el intento de medrar. Un intrusismo que deja de serlo en contadas ocasiones para convertirse en respetable y natural actividad paralela, pero que resulta inapropiado en la mayoría de los casos. Porque estarás conmigo, Carlos, en que no es lo mismo ser vecinos que vivir en el mismo piso. Hay gente que se confunde con eso.
    -Bien, para ir acabando, Ricardo, cítame por favor un par de escritores aragoneses vivos cuya obra te agrade personalmente.
    -Te pensaba nombrar a Sender, pero no te valdrá, evidentemente. De los actuales no debería citar nombres, sabes, porque luego se me pueden enfadar si omito por despiste a cualquiera de ellos, amigos y conocidos en su mayor parte.
    -Haz un esfuerzo, que yo me entere de lo que opinas.
    -En fin, por ser tú hablaré nada más de los autores que, siendo oriundos de Aragón, he leído hasta la fecha con verdadero placer. Y me dejo fuera, a sabiendas, a los ensayistas y literatos que escriben desde sus despachos universitarios, que hay un puñado de mucha calidad en el campus de Zaragoza, y también a los poetas; y a los que, sin haber nacido en Aragón, son aragoneses de adopción y escriben y trabajan aquí desde hace años.
    Me gusta -por ejemplo- la obra de Soledad Puértolas, una mujer de trato fácil, tan humana y elegante por dentro como sencilla y deliciosa con la pluma. También he leído con deleite a Ramón Acín, un profesor de literatura que sabe contar historias y aproximar su verbo a la comprensión de los lectores. A Ignacio Martínez de Pisón me lo presentó José Luis Melero -otro estimable escritor, buen orador y meticuloso bibliófilo- en la sala regia del Palacio de Sástago, una tarde veraniega del año noventa y seis, creo recordar, en que se presentaba allí la revista La expedición. Aún me parece que lo estoy viendo: intercambié un apretón de manos y cuatro palabras con Ignacio y eso fue todo, pero después me interesaron sus libros.
    He de citar aquí a Manuel Vilas, que hace una literatura ágil y vitalista, llena de guiños; a Ana María Navales, voz clara y culta, que se desliza con lirismo y esmero en las descripciones de sus cuentos; y a Fernando Sanmartín, al que sin conocer aún personalmente, descubrí no hace demasiado a través de un libro delicioso sobre la memoria de infancia. Creo que te he hablado de él hace un rato.
    Y a Félix Romeo, agudo crítico literario y valioso comunicador, que pisa firme en el universo literario aun caminando sin prisas, como debe ser. Javier Tomeo es un luchador de la palabra que ha salido del anonimato desde fuera de Aragón, como Puértolas.
    De la obra de Magdalena Lasala, Javier Delgado y Ángeles Irisarri conozco menos, esa es la verdad, y también he leído poco aún de Félix Teira, Javier Barreiro, Javier Sebastián y José Giménez Corbatón, aunque prometo enmendarme en breve; es público que toda esta gente han sabido labrar su espacio a base de clase y paciente trabajo. He leído también algo de Adolfo Ayuso, y un par de novelas de Adela Rubio, compañera de viaje en la ya histórica tertulia Juan de Moncayo; y a Eulogio Soriano, profesor de literatura, muy enraizado en la tierra turolense que le vio nacer, escritor de pluma llana y popular en el mejor de los sentidos. Y a Cristina Grande, una filóloga jovencísima, a la que no conozco en persona todavía, y que apunta maneras. O que ya las tiene y yo no las conozco del todo, que será lo más probable. En fin, seguro que me dejo en el tintero a alguno de los que deseo nombrar. Pasa siempre.
    -Una pregunta para el hombre con alma, no para el escritor: ¿qué tara social aborreces más?
    -La violencia, sin duda. En cualquier persona o ser vivo. La violencia es inaceptable en cualquiera de sus grados, formas y variantes. Y también la falta de igualdad y fraternidad entre los hombres.
    -Por último, Ricardo, me gustaría que me comentases qué sientes al escribir. ¿Es algo tan especial? ¿Con qué otra actividad humana se puede parangonar?
    -Me haces una pregunta difícil. Qué siento yo al escribir. Casi nada. No te lo puedo explicar a conciencia, no sé hacerlo. Pero te diré que me siento un ser con poderes. Escribir es ejercer un poder real, el poder de la palabra, la magia de la comunicación, el don de la creación. Me siento un demiurgo, un dios omnipotente, un ser privilegiado, un hombre especial.
    Claro que no siempre tiene uno esa positiva y grata percepción del arte literario A veces, cuando las cosas no salen como esperas, o cuando se atasca el verbo y se empecina en su trinchera oscura, uno lo pasa mal, y se sufre un montón. Sin embargo, al final, contemplas la obra y la sientes tuya, auténtica, piel de tu piel. Y es en ese momento cuando olvidas las dificultades habidas y vuelves a tener ganas de teclear en el ordenador para escribir otra cosa. Siempre algo nuevo, diferente, original.
    -Gracias, Ricardo, por este delicioso té con limón. Y por tus abundosas palabras. Te deseo muchos éxitos futuros. Hasta siempre.
    -Ha sido un placer.

 
 
 
   
 
 
 


9
Autora: Lourdes Buisán
Diario del Alto Aragón, 17.XI.2004 [fragmentos]

Ricardo Serna acaba de publicar la obra Caballeros de la luz
Vivir demasiado deprisa no es bueno para la cultura

    Ricardo Serna (Zaragoza, 1954) acaba de publicar el libro Caballeros de la luz, en el que reúne dieciocho relatos cuyo nexo de unión "no es el argumento, sino los personajes, porque todos ellos son gentes que podríamos asociar a nuestro entorno social. Todos buscan una felicidad que, de antemano, saben que no existe. En cierta manera, son reflejo de mi vida, son personajes mitad ficción, mitad realidad", explica su autor. Serna, que es licenciado en Filosofía y Letras, también se dedica a la crítica literaria.
    Ricardo Serna es un escritor conocido en Aragón. […] Serna reconoce que esta nueva faceta suya, ya que antes fue profesor de Literatura, "es vocacional. Me gusta esmerarme, cuidar el lenguaje. Y eso hace que le dediques tiempo a cada texto. La mayoría de los cuentos los escribí en la década de los noventa". Su estilo está cercano al del novecentista Gabriel Miró, sin olvidar a sus admirados Torrente Ballester, Delibes -con quien suele cartearse, "me siento en deuda literaria con él"-, Soledad Puértolas, Luis Mateo Díez y Francisco Umbral.
    También cita a Alonso Zamora Vicente, "al cual admiro muchísimo, sobre todo en los cuentos, cuyos diálogos tienen una belleza formal maravillosa. Al igual que Delibes, sabe ambientar los relatos a través de los diálogos de los personajes. En mi caso, siempre me ha gustado expresarme en relato breve, me siento muy cómodo en ese formato, no tengo que esforzarme más de lo que un escritor debe hacerlo".
    Precisamente, de las dificultades que entraña al creador narrativo, comenta que "el relato, al ser tan breve, tan conciso, no favorece el que puedas describir el ambiente como quisieras. Por eso es tan importante el diálogo entre los personajes".
    En la reseña que realiza Juan Manuel Matés en Caballeros de la luz, afirma que Serna "no escribe para la masa esclavizada que compra lo que se anuncia". Al respecto, el escritor añade que cree que "vivimos demasiado deprisa y eso perjudica a la cultura. Es un indicativo de que no vamos por buen camino. Por experiencia propia, y la de otros muchos escritores, puedo manifestar que las editoriales simplemente van a ganar dinero. Estamos haciendo de la cultura un mercadillo".
    Las oportunidades para publicar con seriedad y cierto rigor "son escasas", aunque en su caso no tiene problemas para sacar a la luz sus relatos.

 
   
 
 
 


8
Autor: José Luis Solanilla
Heraldo de Aragón, 23.VI.2001

La colección Veruela de Poesía publica dos nuevos títulos
Presentadas las últimas obras de los autores aragoneses Ricardo Serna y Luciano Varea

    Los escritores Ricardo Serna y Luciano Varea ya forman parte de la nómina de autores de la colección Veruela de poesía, editada por la Comisión de Cultura de la Diputación Provincial de Zaragoza. Ayer fueron presentadas sus respectivas obras.
    Ricardo Serna (Zaragoza, 1954), licenciado en Filosofía y Letras y profesor de Literatura española, es un escritor que cuenta en su currículo con una amplia lista de obras, principalmente de narrativa, aunque ha hecho también incursiones en los géneros del ensayo y la poesía. Ahora publica www.anónimo.es, curioso título para un poemario que sirve de homenaje a Miguel Labordeta, cuya obra conoció Serna tardíamente, pero que le impresionó por su coherencia y profundidad. […]
    En la actualidad está trabajando en un ensayo y en una novela, género este último en el que Serna afirma desenvolverse con más soltura, "aunque a veces la poesía me invade", por lo que intenta huir de etiquetas y considerarse "un escritor que tiene la suerte de publicar con dignidad todos los años, teniendo en cuenta lo duro que es el mercado editorial".

 
   
 
 
 


7
Autora: Mercedes Pérez
Heraldo de Huesca, 17.XII.2000 [fragmentos]

Ricardo Serna, profesor de Literatura y escritor, narra en una novela su lucha personal contra el cáncer
O me hundía o seguía adelante, y di el paso

    Ricardo Serna (Zaragoza, 1954) es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza y ejerció como profesor de Literatura Española durante diez años. […]
    -¿Cómo surgió la idea de novelar su propia experiencia?
    -El libro, en principio, lo escribí con intención de descansar. Empecé dos o tres años después de la enfermedad, y lo hice a modo de diario o libro de notas, memorizando vivencias, preguntando a la familia. Me salió muy largo, pero lo imprimí y lo dejé en un cajón. No tenía intención de publicarlo. Pero un día, al cabo del tiempo, se lo di a leer a una amiga, en concreto a mi logopeda, a la que se lo comenté por casualidad. Ella fue la primera que me dijo que tenía que publicarlo. Y además pensó que no se trataba sólo de una novela, sino de hacer el bien. Eliminé material y di forma de novela a aquellas notas. Fue una tarea difícil, pero aquí está. Creo que mi novela puede ser también interesante para el sector sanitario, médicos y personal de enfermería, porque les descubre la parte del mundo del enfermo que no conocen. Aquí explico lo que sentía, lo que pensaba y no decía, el trasfondo de la enfermedad.

 
   
 
 
 


6
Autora: Mónica Fuentes
El Periódico de Aragón, 31.X.2000 [fragmentos]

Ricardo Serna Galindo, escritor
La lectura te lo da todo
Este aragonés dejó la docencia para dedicarse de lleno a la literatura

-¿Cuándo se dio cuenta de que quería ser escritor?
-La afición por la lectura me llegó siendo un chaval. Con catorce años gané un concurso de redacción que convocó una conocida marca de refrescos. Trataba sobre la electricidad. Pero el punto de inflexión fue 1984. Gané el premio "Ciudad de Palencia" con Relatos del insomnio, un libro que recogía catorce cuentos. Eso me ayudó a seguir adelante. […]
-Usted fue profesor. ¿Hay alguna relación entre su faceta docente y la de escritor?
-La docencia marca mucho. En mis libros hay personajes que son profesores. Siempre vuelco mi experiencia personal y docente en mis relatos.
-¿Considera que las clases de Lengua y Literatura se imparten de forma incorrecta?
-A mí me parece que las clases deberían ser más dinámicas. Hay profesores que mueven a los alumnos con actividades relacionadas con la lectura, se interesan porque trabajen los textos, llaman a los autores contemporáneos para que comenten sus obras. Dar clases así cuesta más, pero permite llevar la literatura a las aulas. Los profesores que usan este método tienen mucho mérito y yo animaría a los demás a que hicieran lo mismo.
-¿Qué proceso sigue para elaborar un libro?
-En una novela, el proceso es: idea, texto, reelaboración de la estructura y selección del lenguaje. El proceso parece simple.
-En ese caso, a usted nunca le sucederá lo mismo que a Ana Rosa Quintana con Sabor a hiel, quien atribuyó los plagios que hay en su libro a un error informático…
-Lo que está pasando con Ana Rosa Quintana me parece escandaloso. Eso ocurre porque las grandes editoriales, en lugar de centrarse en la valía literaria, se mueven sólo por criterios económicos, despreciando el mérito de los escritores.

-¿Qué pueden encontrar los jóvenes en la literatura?
-La literatura te da todo lo que te da la vida, y más. Los jóvenes deben encontrar en los libros la ilusión por la vida, las ganas de conocer.
-¿Qué consejos les daría a los jóvenes que de mayores quieran ser escritores?
-Que tengan mucha paciencia y se desenvuelvan con tenacidad en la lectura. Que lean todo lo que puedan, pero seleccionando los textos. En nuestra sociedad prima la lectura de las novedades, porque tenemos poco tiempo para leer. La prisa es la mayor enemiga de la cultura.


 
   
 
 
 


5
Autora: Raquel Goyeneche
Heraldo de Aragón, 30.X.2000 [fragmentos]

El escritor zaragozano Ricardo Serna ha presentado en Zaragoza su última novela.
Los días amargos es el testimonio de quien se ha sentido condenado a muerte por el cáncer y ha sobrevivido finalmente para contarlo
Quiero transmitir esperanza e ilusión

    Ricardo Serna nació en Zaragoza hace cuarenta y cinco años. Es licenciado en Filosofía y Letras. Ejerció como profesor durante diez años, primero en Guadalajara y luego en su ciudad natal. Publicó su primer relato en 1982, y desde entonces han visto la luz siete libros y casi un centenar de narraciones suyas. Es premio "Ciudad de Palencia" 1984 y "Ciudad de Barbastro" 1985. También ha colaborado como crítico literario en prensa. […]
    -¿Qué espera lograr con la obra?
    -El libro tiene dos caras. Es una obra literaria, pero al mismo tiempo un testimonio. Por eso, aparte de los fines meramente literarios, se trata de dar esperanza e ilusión. Yo, cuando peor estuve, hubiera dado todo por poder leer algo parecido, por conocer a alguien que hubiera pasado por lo mismo que yo y que estuviera vivo. Si logro ayudar a una persona, me daré por satisfecho. La historia que cuento en la novela, aunque dramática, tiene de fondo esa esperanza. El personaje que habla por mí va buscando eso, se pregunta si el cáncer puede servirle para algo y llega a la conclusión de que sí.
    -Parece que usted extrajo algo positivo de su enfermedad.
    -Sí, así es. No quiero decir que el cáncer sea algo bueno, pero sí es cierto que tras pasar por él puede aprenderse mucho. A mí me cambió los valores y me hizo apreciar más las pequeñas cosas. Ahora soy más humilde y he ganado en humanidad. Sé aceptar los errores propios y los ajenos y, sobre todo, intento sacarle a la vida lo bueno que tiene, que no es poco. Además, ahora vivo mucho más despacio que antes.


 
   
 
 
 


4
Autor: Roberto Miranda
El Periódico de Aragón, 24.X.2000 [fragmentos]

Ricardo Serna. 45 años. Profesor de Literatura jubilado y escritor.

Autor del libro Los días amargos, que se presenta el próximo jueves en el Palacio Provincial

    -Su libro Los días amargos relata algo que ocurrió de verdad. Algo que le pasó a usted. ¿Es entonces una novela?
-El hecho de que ocurriera le da una doble función: por un lado es una novela, y tiene una intención y una lectura literaria. Pero es que además es un testimonio. […]
    -¿Cambia la forma de ser de uno al pasar por un infierno como ese?
    -De forma de ser no cambias. Pero sí te vuelves más tolerante con los defectos de los demás. Antes era muy exigente. Se vuelve el trato más dulce, menos mecánico. Y aprecias más las cosas pequeñas. También conoces más profundamente a la naturaleza.
    -¿Cómo acabó la recuperación? […]
    -Los médicos me ofrecieron la invalidez permanente absoluta. No acepté. Y pedí el alta laboral en septiembre. Vuelta a clase. No iba a dar pena. La única salida era avanzar. Lo entendieron los alumnos y me recibieron maravillosamente. Trabajé cinco años más. Pero empecé a cansarme mucho y me jubilé. No quise apretar demasiado el acelerador y tentar la suerte.
    -Es el final feliz del libro.
    -Esa es mi historia de 1987. En el libro, que es una novela y a la vez un testimonio, sólo se cambian dos nombres: el del protagonista, que se llama Eduardo Gros, y el de un médico.

 
   
 
 
 

3
Autor: Mariano García
Heraldo de Aragón, Zaragoza, 22.III.1990 [fragmentos]

Ricardo Serna, un narrador lírico

    El libro La noche de papel, de Ricardo Serna, fue presentado ayer en el palacio de los Condes de Sástago. […] Se trata de la edición completa de sus relatos, en los que fluye un lirismo bien cincelado.
    Ricardo Serna, licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza, su ciudad natal, empezó a escribir a los dieciséis años, apenas iniciada la década de los setenta. Lleva, pues, veinte años a vueltas con la literatura, en sus facetas creadora y docente. Es profesor de esta materia en un instituto.
    Cofundador del grupo Juan de Moncayo, cuenta en su currículum con varios premios literarios. Entre ellos cabe destacar el "Tomás Salvador" (Premio Ciudad de Palencia, 1984) y el "López Novoa" (XVIII Semana Cultural de la ciudad de Barbastro, 1985).

Mil ejemplares

    […] Se trata -asegura Ricardo Serna- de sesenta y seis narraciones de argumentos y ambientaciones muy heterogéneas, y resulta difícil encontrar un nexo en común que no sea su propio autor. Mis personajes son, en la mayoría de los casos, personas muy corrientes, normales, que se ven inmersos en situaciones que parten de la realidad pero que acaban introduciéndose en el mundo de los sueños, para acabar rompiendo con lo cotidiano.
    Serna utiliza un lenguaje llano, pero selecto, con una rica adjetivación. Construye frases de hondo lirismo, cuajadas de imágenes poéticas.
    -Empecé a escribir en torno a los dieciséis años y desde entonces, aunque mi obra ha estado sujeta a cierta evolución no exagerada, me mantengo fiel a mi estilo. El lector puede percibir que los relatos, ordenados más o menos cronológicamente, han salido de la misma mano, aunque en los primeros se advierte cierta falta de fondo.
    Ricardo Serna, que busca en la creación literaria "mi perfeccionamiento y el de mi lenguaje", corrige