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Me llamo Ricardo Serna y soy escritor.
Tengo dicho en algún sitio -no recuerdo dónde-
que cada cual es lo que se siente. Yo me siento escritor
porque llevo dentro esta vocación por la literatura
desde antes, incluso, de pergeñar mi primer cuento,
cosa que hice en el invierno de 1967, con trece años
de edad. Por cierto que ese relato se me extravió,
lo mismo que una novela de intriga, ambientada en la Francia
ocupada de la segunda guerra mundial, que me dio por escribir
al año siguiente en el colegio. Ignoro dónde
fueron a parar aquellos primeros ingenuos manuscritos.
Asumo la convicción de que escribir
es un acto de afirmación personal y una labor taumatúrgica
que permite imaginar y levantar universos exclusivos en
los que sentirse dueño y señor de actos
y voluntades. La escritura es poder.
Escribir es también, lo reconozco,
una forma de morirse poco a poco sin moverse del sitio,
aunque prefiero pensar que a la vez es una herramienta
útil para imaginar eriales donde alzar luego estructuras
nacidas del ensueño o de la voluntad artística.
El auténtico milagro de la literatura
estriba en hacer habitables esos mundos paralelos, en
el trance de diseñar vidas y destinos, y por encima
de todo en el hecho trascendental de poder transmitir
emociones y sentimientos propios a través de la
palabra. En definitiva, una labor intelectual que me ayuda
a tender ese extraño, ansiado y casi siempre anónimo
puente de cercanía con mis semejantes, seres varados
en la vida real que a veces vienen a fundirse y confundirse
con mis personajes de ficción, forjando entre todos
un maremágnum amable y sugerente en el que la existencia
se hace una con el juego literario, hijo natural de la
imaginación activa.
Cada día con más frecuencia,
tiendo a confundir ambos espacios, a identificar mejor
y sin conflicto vida y literatura, de modo que lo literario
se instala con firmeza en mi cotidianidad y ésta,
a su vez, en los abrigos y cavernas que la creación
ofrece generosa a mi evidente condición humana.
Los lectores son para mí, por
tanto, los destinatarios del esfuerzo creativo, el último
peldaño en una fatigosa escalera de caracol que
conduce, invariablemente, hasta el libro impreso. Sin
embargo, aunque a primera vista parezca contradictorio,
sé que no escribo para mis lectores sino de forma
indirecta; lo hago, sobre todo, por cubrir una necesidad
perentoria que me acucia el espíritu.
Quiero darte mi bienvenida a esta página.
Espero que la información que se ofrece en ella
te sea de utilidad. Vaya con mi cordial saludo el deseo
de que disfrutes con la lectura de mis libros tanto como
yo gocé al escribirlos.
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