Se tiene acceso en este apartado a textos completos -o fragmentarios en el caso de las novelas-, integrados en las obras publicadas hasta el momento por Ricardo Serna en formato de libro. El lector hallará los más recientes en primer lugar, de tal forma que se pueda seguir una cronología inversa en directa relación con los años de edición de sus obras.

 
 
DOS
[capítulo segundo de la novela El laberinto de los goliardos, 2005]

PRÓLOGO
[segundo relato del libro Caballeros de la luz, 2004]

SEVERA VIGILIA
[segundo poema del libro www.anónimo.es, 2001]

INDICIOS PREOCUPANTES
[capítulo segundo de la novela Los días amargos, 2000]

SIN QUERERLO APENAS ESCRIBO POR TI
[poema II del libro La construcción de la rosa, 1999]

VOY TOCANDO FONDO
[poema II del libro Es de piedra el poeta, 1999]

FAMILIA, NACIMIENTO
[capítulo II del ensayo Masonería y Literatura. La Masonería en la novela emblemática de Luis Coloma, 1998]

LA SORPRESA DE INDALECIO IZQUIERDO
[segundo relato del libro Los escritores, 1995]

EL FRÍO DE MARZO
[segundo cuento del libro La noche de papel (Relatos completos 1968-1987), 1990]

ANKAK ARIÑAK ETA (O EL REGRESO DE BEGOÑA LARRAMENDI)
[fragmento del segundo cuento del libro Relatos del insomnio, 1984]

 
 
 
 
 
 

DOS
[capítulo segundo de la novela El laberinto de los goliardos, 2005]

   La casa, enclavada en Sopeira, en la Ribagorza de Huesca, se halla a dos pasos del Monasterio de Santa María de Alaón. Cuando la vi por vez primera tuve la certeza de que aquella casa iba a ser mía necesariamente. No podía ser de nadie más. Una corazonada, supongo. Digamos, mejor, que aquella casa estaba hecha a mi medida, como si el destino oscuro que envolvía sus misterios hubiese anidado siglos atrás en mi cerebro. La casa era mía aun mucho antes de poseerla legalmente. La sensación es difícil de explicar, pero valdría con señalar que sus muros y yo nos entendimos a la primera de cambio. Supe asimilar los deseos ocultos de aquella estructura que se alzaba, soberbia, a un lado del gran lago verde custodiado por gigantescos cíclopes de piedra, hijos de dioses y míticos héroes antiguos. A Sara también le ocurrió algo similar, según me confesó luego durante el viaje de regreso. Se enamoró de la casa apenas le hubo echado el ojo encima.
    De tres plantas y un pequeño desván, tiene a su izquierda un patio lateral embaldosado con una zona de parterres plantados de parras y enredaderas; en los intersticios de las losas del solado, el musgo aparece con timidez dibujando una red perfecta de rectángulos nítidos, naturales, exactos. El patio mide unos cuarenta y tantos metros cuadrados, contando en ese cálculo el espacio de la leñera y el de una barbacoa rústica de asar hecha de obra. El interior de la casa es sencillo, igual que la distribución de los huecos. La escalera divide en dos mitades cada una de las plantas. Abajo hay un recibidor bastante amplio, el baño y la cocina. En el segundo piso, un dormitorio de buen tamaño -unos veinte metros- y una típica cocina antigua con su hogar y la tradicional cadiera montañesa. En la tercera planta, un enorme salón con chimenea. Y arriba del todo, lleno de herramientas, nueces picadas, botellas vacías, un millar de trastos viejos y abundante porquería, la casa nos ofreció en origen un pequeño desván con vistas a las callejas de atrás, coronando así el bajotejado sufrido y polvoriento.
   A la semana justa de haberla visitado por vez primera, firmamos las escrituras ante el notario de Buesa. Me pareció la casa más sugestiva que había visto nunca. A decir verdad, Sara rebosaba felicidad; más que yo si cabe. Desde la enorme ventana del salón pudimos divisar medio pueblo, sin contar con el magnífico panorama del embalse, cuyas aguas se desplegaban ante nuestros ojos atónitos como si el verde intenso de sus entrañas nos llamase a voces. Desde el salón de la tercera planta, el lago formado por la presa parece un gigante verde adornado de espejos. Diríase que nos miraba desde el abismo de su incertidumbre mansa, que nos animaba a descubrir sus rincones, que lloraba cuando el sol declinaba en favor de las sombras habituales del atardecer tempranero. Aun contando con el buen estado de conservación general de la vivienda, Sara y yo éramos conscientes desde el principio de que había que obrar en la casa, así que pedimos presupuestos y contratamos albañiles sin demora. Era preciso sanear de humedades la planta baja, en especial el muro del fondo que lindaba con roca porosa. Además queríamos poner calefacción en la vivienda, pintar, reconvertir la chimenea del salón y agrandar los huecos de arriba tirando medianiles; había que incorporar el desván al salón por medio de una balconada, haciendo así una estancia única de toda la planta superior. Tres meses tardaron los gremios en acabar la tarea. Tres largos meses durante los que Sara y yo íbamos y veníamos de la ciudad al pueblo y del pueblo a la ciudad cada dos por tres a fin de controlar un poco el desarrollo de las diversas labores. Un trabajo de titanes capaz de agotar la paciencia del santo Job. A fines de junio amueblamos por fin la casa. Lo más duro había pasado ya. Sólo quedaban pendientes los detalles y minucias de última hora: que si colgar un par de cuadros acá o acullá, poner un farolillo de forja en la entrada, colocar un espejo suplementario en el baño y algunas otras nimiedades por el estilo. Naderías como quien dice. Coincidió la compra de los muebles con los últimos exámenes de mis alumnos. Por cierto que uno de ellos, un tal Jacobo Estrío, se mató en un aparatoso accidente de moto el mismo día que comenzaban las vacaciones de verano. Estrío era, según lo recuerdo por mi trato con él en las aulas, una bellísima persona, estudioso, agradable e inteligente. De padre italiano y madre belga, nació en España por un capricho de los hados. Su padre, un romano dedicado a negocios editoriales, se estableció luego en nuestro país por motivos de trabajo y Jacobo se educó en la cultura española como cualquier otro chico de su edad. En fin, no sé a qué santo recuerdo todos estos detalles ahora, pues no vienen al caso. Como digo, quedó amueblada y lista nuestra casa de Sopeira a fines de junio. Resultó una casona en buen estado, sencilla y rústica pero no por ello menos grata y confortable. Los lugareños se admiraban por la magnitud de los cambios y reparaciones. La gente del pueblo es adusta, aunque amable de trato; algo retraída en un principio con los forasteros. Mis vecinos más próximos son un matrimonio mayor, sin hijos, que viven en Sopeira desde los años cincuenta. Ella es hija del pueblo, pero él, en cambio, es oriundo de Jaén. Su casa linda con la mía por la parte de atrás. Pilar y Esteban se llaman, y son la mar de agradables y serviciales. Siempre anda el hombre pasándonos verduras y productos de la huerta. Y yo sin saber nunca cómo corresponder a sus atenciones. A primeros de julio, una vez liberado de mis obligaciones y trabajos en el instituto, empezamos a residir allí de manera más o menos estable. Entre mis tareas laborales por un lado, y el jaleo de las obras en la casa por otro, ese curso se me pasó en un abrir y cerrar de ojos. Tanto es así que, de no ser por los pequeños sobresaltos que nos daban de vez en cuando los albañiles encargados de las reformas, los meses de invierno, y sobre todo los de primavera, hubieran pasado por mi vida en un puro santiamén. Intentábamos pasar cuatro o cinco días en la ciudad y otros tantos en Sopeira, como seguimos haciendo ahora. Es un buen sistema para lograr un equilibrio estable y racional entre la urbe y la paz natural del campo.
    En verano el pueblo se llena de risas de chiquillos y de matrimonios de mediana edad. Son los veraneantes, hijos de Sopeira en su mayor parte, gentes que trabajan fuera todo el año y pasan parte del verano en la casa de los padres o de los abuelos aprovechando el dilatado asueto de los hijos en edad escolar. En agosto, el pueblo duplica su número de habitantes. Eso sin contar los muchos excursionistas que van a visitar el monasterio de Alaón y se acercan luego a conocer el lugar.
    En julio empezamos a frecuentar el pueblo con una cierta regularidad. Ofrecimos la casa a los vecinos y fuimos conociendo a la gente de los alrededores. Un día, en torno al veinte o veintidós, vino a vernos Fermín Araujo, el antiguo propietario de la finca. Pasaba cerca de allí con Mila, su mujer, camino de Bieres y se desvió seis kilómetros para hacernos una visita. Le enseñé todos los cambios habidos en la casa y se quedó boquiabierto de lo mucho que había ganado el inmueble desde que él me lo vendiera, allá por el mes de marzo. Al mostrarle la zona del patio, comentó algo que me dejó perplejo:
    -Pues aquí debajo -dijo, dando una pisada fuerte en el suelo enlosado- tienes una bodega.
   -¿Una bodega, dices? ¿A qué te refieres?
   -Pues a eso, a una bodega del año de Maricastaña.
   -Ahora me entero de semejante cosa. Podrías habérmelo dicho antes de acabar las obras, Fermín.
    -Igual te da, hombre, no te apures. A fin de cuentas -añadió- este suelo no se puede excavar con un mínimo de garantías. Yo lo hubiese hecho hace años, pero no me lo aconsejaron por temor a posibles hundimientos. Debe estar minado medio pueblo. En tiempos me aseguraron que la casa de aquí al lado -dijo, señalando con la diestra- tiene descubierta una bodega vieja que cruza la calle y alcanza casi los límites de esta casa. Yo no la he visto, por eso. Adivina lo que habrá por ahí abajo. Cualquiera sabe.
    Yo escuché su historia con suma atención, pues la idea de que pudiese haber huecos o bodegas bajo mi casa me llenaba de un entusiasmo casi pueril. Estuve con la fantasía en la cabeza durante dos o tres días y luego me fui olvidando poco a poco del asunto, hasta que una tarde de agosto, a eso de las ocho, llamó a la puerta el señor Esteban, mi vecino del callejón.
   -Pase, pase, Esteban. Entre a tomar un café con nosotros, si le apetece.
    -No, que no quiero importunar.
    -Ande, hombre, que usted no importuna, ya lo sabe.
-Hala pues, como guste, don Jaime. Pero nada más que un momento, que he dejado a mi Pilar sola y me echará los perros si demoro.
    Subimos a la cocina antigua y nos sentamos. Sara estaba leyendo una revista de chismes al lado del ventanuco. Al vernos entrar, la dejó enseguida y preparó un café con leche caliente para todos. A fines de agosto refresca mucho en el pueblo al caer la tarde, y un café viene siempre al pelo. Estuvimos de cháchara con el señor Esteban hasta cerca de las diez. Y al final, hablando de la humedad y de las filtraciones de su casa, dio a entender que la culpa de todo la tenían los túneles.
    -Si no estuviesen los dichosos pasadizos -dijo-, el agua no se llegaría tan cerca.
    -¿A qué se refiere con eso de los pasadizos, Esteban? -pregunté, sin darle mayor importancia.
    -¡Pues a qué ha de ser! A las grutas que hizo en tiempos la morisma por debajo del pueblo.
    Me vino entonces a la mente la charla con Fermín Araujo acerca de las bodegas, y quise profundizar un poco más en el asunto.
    -No sabrá usted, Esteban, si debajo de mi casa hay alguno de esos pasadizos que usted dice, ¿verdad?
    Recuerdo que nos miró extrañado a Sara y a mí, como si el hecho de ignorar semejante cosa fuese poco menos que un pecado mortal en gente letrada y de saber como nosotros.
    -Pues no me coge en la cabeza que el Fermín no les contase nada de las grutas.
    -Algo me dijo, Esteban, pero sin detalles, ¿comprende? Así es que ya nos puede contar usted lo que sepa.
    -Poco he de contar porque poco sé. Lo que se dice por el pueblo únicamente, pero nada más.
    -Pues venga, Esteban, no se haga de rogar. Bebió un sorbo de café, se pasó la mano derecha por la boca en ademán de limpiarse y seguimos charlando.
    -Qué rico anda este cafelito, señora.
-Gracias, Esteban. Algo fuerte me ha salido, pero con buen aroma -puntualizó Sara.
    -Diga que sí, que está muy gustoso. Hizo una breve pausa mientras dejaba el tazón sobre la mesa con sus manos temblorosas. Luego recolocó las asentaderas sobre la silla de anea y volvimos al asunto.
    -La cuestión es que eso de las bodegas, don Jaime -me dijo-, es cosa muy sabida por el pueblo entero desde siempre. Y es que son como unas minas o así, túneles o pasadizos de cuando el tiempo de los moros, sabe usted.
    -¿Y por dónde están, pues?
    -En todo el pueblo, sí señor. Aquí abajo mismamente, en su corralillo o bajo la casa tiene que haber huecos. Si no hubiese grutas, mal llegaría el agua y la humedad hasta los muros bajos de las viviendas, don Jaime.
    -Oiga, Esteban, ¿y cómo podría saber yo con certeza si hay o no túneles debajo? -Muy malamente. Cavando un poco, en todo caso. No se me ocurre otra cosa. -¡Pues sí que estamos apañados! -exclamé.
    Esteban se fue aquella noche a su casa a las diez dadas, cuando Pilar, su mujer, pasó a reclamarlo. Al acostarme, todo fueron vueltas y revueltas en la cama de un lado para otro, sin parar de pensar en la posible manera de acceder a los subterráneos. El suelo del corral -pensé para mis adentros- está cementado y enlosado, y la resistencia del hormigón ha de ser muy grande si lo mandase picar, sin contar con el desaguisado de las nuevas obras. Ese sistema había que descartarlo. Al final, tras mucho pelear con la almohada, conseguí dormir unas horas.
    Dediqué los días siguientes a localizar y hablar con el alcalde, con el alguacil -hombre muy afable por cierto- y con un arquitecto conocido mío, primo hermano de un buen amigo.
    El alcalde, pastor de mediana edad, me dijo que la zona baja del pueblo está llena de túneles y bodegas, la mayoría sin pisar desde hace siglos, aunque no supo darme más detalles de interés.
    -Mi abuelo me contó que al trazar la primitiva red de alcantarillado -añadió- se aprovecharon algunos viejos pasillos subterráneos que había por esta zona de su casa.
    Hizo una pausa y se encendió un pitillo con parsimonia.
-Pero a decir verdad -prosiguió-, no sé yo qué coño puede haber de cierto en todo ese asunto. Muy turbio lo veo yo, don Jaime.
    -Gracias, hombre. A ver si pesco a Emilio y me sabe decir algo más.
    -Puede que sí, don Jaime, que es muy amigo de leyendas de moros y cosas así.
    Otra vez salían a relucir los moros. Siempre salen los moros a colación cuando se habla de restos antiguos con las gentes de los pueblos.
    Aquella misma tarde, sobre las ocho, entré a la cantina a tomarme un café. Emilio Sierra, el alguacil, me saludó desde una mesa del fondo donde jugaba una partida de cartas en compañía de tres amigos.
    -¿Cómo va eso, don Jaime?
    -Bien. A ti te buscaba, precisamente. Me acerqué hasta la mesa y saludé a los presentes, labradores todos menos Juan, el panadero.
    -Buenas tardes nos dé Dios. ¿Cómo va la partida?
    -Aquí paramos, don Jaime, matando el rato a bastos y espadas -dijo uno.             -Muy bien, hombre, muy bien. Pues yo querría hablar contigo, Emilio -le dije.     -¿Ahora mismo ha de ser, don Jaime?
    -¡No, hombre, no! Tranquilo. Acaba la partida con los amigos y luego, si puedes, te pasas por casa después de cenar y nos tomamos una copa mientras charlamos.
    -Hecho, don Jaime. Allí me tiene como un clavo a eso de las diez.
    -Venga pues, hasta luego a todos. Y que gane el mejor.
    -¡Adiós, hasta más ver, don Jaime! -saludaron a coro los jugadores.
    Todos me llaman don Jaime; los menos formados, señor Jaime. Saben que soy profesor de literatura y que escribo libros y artículos en los periódicos. Por lo primero me respetan; por lo segundo sienten una mezcla de admiración y de curiosidad al cincuenta por ciento. Intuyen que soy como me muestro ante ellos, sencillo y educado con todos. Y se dan cuenta de que me gusta el pueblo, vivir entre ellos y compartir ciertas cosas, como el campo, la buena vecindad o el olor del pan recién hecho al despuntar la luz junto al horno de Juan. No se puede engañar a todo un pueblo inteligente y noble como éste con falsas poses.
    Salí del bar y me di un paseo hasta la puerta del monasterio. Al volver hacia casa sentí frío en los brazos y la espalda. Agosto se muere aprisa en los Pirineos y el otoño enseña los dientes a la primera de cambio. Recuerdo que hablé con Sara en la cena; le comenté que iba a venir Emilio a charlar conmigo acerca de los pasadizos subterráneos.
    -Pues yo, si no te parece mal, me acostaré pronto. No me apetece estar dale que te pego a la blanda hasta las tantas. Y encima -añadió-, con lo que habla el bueno de Emilio. Puede ser mortal.
    -Bien, como quieras. Le diré cualquier cosa y te disculparé, no te apures.

 
 
 
   
 
 
 

PRÓLOGO
[segundo relato del libro Caballeros de la luz, 2004]

    Escribir cuentos es una labor apasionante. Hasta es posible que inventarlos y componerlos –ejecutando correcta y felizmente ambas tareas- resulte más complicado que confeccionar una novela digna. A fin de cuentas, la novela no es sino un cuento largo lleno de cuentos.
    Me viene a las mientes ahora la voz grave y la palabra severa, y sin embargo amiga, de Tomás Salvador, el fallecido e injustamente postergado escritor palentino(1) , cuando me decía con la mayor convicción hace años, poco antes de su muerte, que escribir cuentos consiste sobre todo en usar la imaginación y el talento para reducir novelas a la mínima expresión. Qué razón tenía. Hay que ser un escritor talentoso, y algo jíbaro también, para hacer cuentos de calidad, para fabricar mixtificaciones que se nutran de la realidad circundante y hasta de la verdad en estado puro. Que lleguen y gusten a más o menos gente, o que los libros del tal escribidor –que diría Borges- se vendan o no, dependerá de otros factores ajenos a él, sobre todo de la edición –de la empresa editora y del producto que ésta presente en los anaqueles de las librerías, quiero decir- y de la promoción comercial que se haga de los libros. Hoy por hoy, vendes tanto como eres anunciado; y esto al margen de la valía literaria, porque hay autores de libros que venden mucho y sin embargo escriben muy mal. O mejor dicho, escriben medianamente bien para no ser escritores en absoluto. Lo mismo que venden libros, podrían vender chorizos artesanos de El Bierzo, que están muy ricos y son la mar de nutricios; venden porque están apoyados en el sólido aparato propagandístico de ciertas editoriales poderosas que, por serlo, trabajan con mayores y mejores medios.
    Pero volvamos a lo nuestro, que es el cuento. Llevo muchos años practicando la escritura por culpa de mi vocación literaria –una enfermedad crónica, sin duda- y estoy en condiciones de aseverar que un buen relato, para serlo, ha de poseer un argumento original y entretenido, un planteamiento inteligente y ágil, un desarrollo compatible y un desenlace, si no sorprendente, sí cuando menos audaz e imaginativo(2) . Con estos ingredientes, nada sencillos de localizar y aprehender por cierto, el escritor dispondrá de la materia prima indispensable para empezar a redactar. Tendrá, como si dijéramos, los huevos para guisar la tortilla. Mas no crea nadie que eso de la redacción es cosa baladí, porque llegados a este punto, y aun cuando se tenga en mente una magnífica historia y hasta una conclusión o remate la mar de creativo y especial, el escritor se plantea siempre –al menos yo lo hago irremediablemente- cómo arrancar a la pluma la primera frase. Esa primera frase, créanlo, va a determinar la hechura general del cuento, su ritmo y puede que también su final(3) . El modo de abordar la redacción (la forma o estructura morfológica del texto es otra cosa bien distinta, en la que no vamos a entrar) será el responsable último de que la materia prima con la que contamos a priori acabe cuajando, tomando cuerpo, y se desarrolle con aparente naturalidad en medio de semejante armazón plagado de artificios, o de que, por contra, termine siendo un simple revuelto insulso de huevos con nada.
    Otro tema será que quien se coloque ante el folio en blanco sepa escribir o simplemente escriba, que son cosas completamente disímiles, sin puntos de contacto que valgan. En la actualidad hay mucha gente que escribe y publica libros, pero de ahí a que sepan escribir –y a que, por tanto, se les pueda calificar de escritores- va un trecho gigantesco. No es escritor quien escribe, sino quien sabe hacerlo y tiene plena conciencia de serlo, frente a lo que opinen los demás, sean críticos o particulares. Parece una perogrullada decir que sólo es escritor quien sabe escribir, pero no lo es tanto si analizamos el fondo de la locución. Y aun a riesgo de parecer pedante, yo añadiría que no escribe quien quiere, sino quien puede. Porque saber escribir implica dominar el código escrito de la lengua, tener creatividad y alimentarla, poseer un bagaje cultural amplio que permita ofrecer sin violencia un decir fluido y ameno en la veta de escritura, y sentir dentro la necesidad explícita de comunicar algo a los demás. Son, por tanto, unos requisitos mínimos que complican en sumo grado eso de saber escribir.
    Es curioso constatar cómo la sociedad ha depositado su confianza en los medios de comunicación, haciendo de ellos en conjunto un semidiós al que se idolatra y reverencia sin cuenta de manera irreflexiva. Adolfo Antúnez -con el que coincidí en El Escorial el pasado año, en un curso de la universidad Complutense de Madrid que versaba sobre los vicios del periodismo cultural en España- apunta que son los medios los que dictan en la actualidad sus pautas estéticas en el ámbito del arte, y sobre todo en el campo de la literatura. “Somos los periodistas –puntualiza con valentía- los que señalamos qué libros valen y cuáles no, qué autores merecen subir al podio de la celebridad o quedarse, en cambio, en la oscuridad anónima de su cubil, o qué obras literarias han de instalarse en el ara de las elegidas y cuáles no. En otras palabras, dictamos la moda –cuando los editores poderosos nos dejan- ante la impotencia desesperada de algunos escritores vocacionales de calidad, con reseñas y comentarios que no pasan de ser, la mayoría de las veces, opiniones personales fundadas en la subjetividad y en el desconocimiento de los valores puramente literarios”(4).
    En esta misma línea se situó, ya en 1988, Ernest Michel Lacoux, periodista francés bien conocido por sus sorprendentes colaboraciones en los medios escritos del país galo. Lacoux denunciaba entonces el intrusismo de los periodistas en el ámbito de la literatura creativa, diciendo que ciertos colegas suyos –y citaba un prolijo listado de profesionales franceses y belgas, con nombres y apellidos- se estaban aprovechando con impudor de la plataforma literaria, utilizándola como sistema viable para medrar en su profesión y consolidar estatus. “Sin ser escritores ni de lejos –escribe Lacoux-, figuran como tales gracias al corporativismo benévolo de la profesión, que los arropa en toda circunstancia regalándoles el plácet, sean o no de calidad las obras que publican. Esos advenedizos de la literatura no son sino gusanos indeseables en la, otrora sana, manzana de la literatura nacional”(5) .
    Me temo que la pasión personal por los problemas que acarrea la creación literaria, me lleva a perderme en andurriales que, aun teniendo sumo interés, no cabe desarrollar en este momento. Por eso, haremos un esfuerzo y volveremos al redil de la cuestión para decir que un cuento es, en palabras del filólogo Joaquín Alegría, “el resultado de unir en un texto único y breve la imaginación y la vida”(6) . Se bate bien la mixtura y se le añade una pizca de sal de buen estilo, luego se echa la mezcla a la sartén caliente del buen decir y tendremos lista la tortilla en un santiamén. Alegría comenta en otra de sus obras que “al escritor vocacional le resulta difícil a veces deslindar vida y creación, haciendo de ambas una sola manera de existir y de ser”(7) . En esto de mezclar realidad y ficción, no sólo en la vida real sino también en los cuentos, imagino que estará de acuerdo mi amiga Soledad Puértolas, quien señaló tiempo ha en uno de sus ensayos que le resultaba prácticamente “imposible deslindar la vida de la literatura. Supongo –añadía- que es una especie de deformación profesional, pero vivo con la sensación de que todo acaba o puede convertirse en literatura y supongo que le he cogido cierto gusto a vivir así”(8) . A mí, como lector fidelísimo de su narrativa, se me antoja que su punto de vista en relación a cómo escribir un cuento y qué integrar en él, no diferirá mucho del expresado por Joaquín Alegría. El relato es vida en buena parte, sentimiento, invención también, y por tanto mentira, suceso, apariencia, color, movimiento, pesadilla. El cuento viene a ser lo que queramos que sea e incluso más. Es ficción, creatividad, ensueño, búsqueda. De la unión de esos ingredientes, aliñados con gracia y destreza, bien puede salir un guiso sabroso, una historia que, sin ser verdad a pies juntillas, tampoco sea mentira. O que sin ser falsa, tampoco sea cierta del todo aun siendo creíble y atractiva. Como quizá dijese hoy Tomás Salvador, con ese hablar suyo tan recio y humano, un cuento es la novela de la vida reducida a media docena de folios llenos de palabras entretejidas.
    Sea como fuere, y definamos el relato de un modo u otro, tengo la certeza, como afirmaba al principio, de que escribir cuentos es una labor apasionante.(9)                                                                                         Ricardo Serna
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1.- Conocí a Tomás Salvador (Villada, Palencia, 1921) en 1984, en la capital palentina, con ocasión de un acto literario en el que tuve el honor de recibir de sus manos el premio “Ciudad de Palencia” de narrativa, que llevaba su nombre. Me pareció buena persona, hombre recto, tradicional, exigente consigo mismo. Me confesó que él había empezado a escribir en 1950, sin prisa, y me recomendó que, si de verdad quería ser escritor, trasladase mi residencia a Madrid o Barcelona, que era donde estaban los editores. También me alentó a tener más paciencia que el santo Job porque –dijo textualmente- “antes tira la gente su dinero por una alcantarilla que compra un libro”. Si bien no le hice caso en su primer consejo, el de trasladarme, sí procuré seguir el segundo, y así me tengo por un ser paciente y voluntarioso. Y la prueba es que, contra viento y marea, sigo escribiendo. Tomás Salvador consiguió quedar finalista del premio Nadal de novela en 1951, y obtuvo entre otros el premio Ciudad de Barcelona y el Nacional de Literatura.
2.- Natacha Olinova, reconocida lingüista rusa y buena amiga, me dice a menudo que lo del argumento original es lo de menos, y que lo importante para acertar con un buen relato es conseguir un planteamiento que enganche al lector, un desarrollo nítido y fugaz, que despiste lo menos posible, y un remate campanudo –ella se refiere a que sea un desenlace sonado, drástico, sorpresivo- que descoloque y asombre. A mí, sin embargo, tampoco me parece indispensable que un buen final tenga que sorprender; bastaría con que fuese imaginativo y no cayese en la cansina reincidencia de lo vulgar. Personalmente, me gustan mucho los finales abiertos, esos en los que dejas al lector babeando medio lelo –más abobado y atónito de lo que es habitual en él- porque se percata de pronto, con cierto estupor y algo de pánico, de que el escritor ha dejado en sus manos el destino de los personajes. Véase, en todo caso, el interesante y actualísimo ensayo de OLINOVA, Natacha, El universo expresivo de la palabra escrita, Madrid, Barcanoya, 1998.
3.- Sobre el arranque del relato se ha escrito bastante, aunque a veces de manera difusa y escasamente centrada. Véase SUSO RIZ, M. Laura, La primera línea, Buenos Aires, Rulfo Editores, 2001. De esta obra interesa en especial el capítulo IV, titulado “No sé qué hacer contigo”, p. 74 y siguientes de la 1ª edición. O también el estupendo ensayo de MÚJICA ESTERAS, Déborah, Cómo principiar un cuento lindo, México D.F., Zarzamora, 1997. Es posible acudir, si se prefiere, a SERRANO ESPLÚ, Paula, Qué hacer ante el folio en blanco, Madrid, Santaengracia Editores, 2002.
4.- ANTÚNEZ, Adolfo, Literatura y mundo literario en los umbrales del siglo XXI, Barcelona, Textos de Hiel, 2000, pág. 236. Véase también, a este respecto, DORADO SINGLER, Magdalena, El palo y la zanahoria. Una historia de buenos y malos, Valencia, Trotamundi, 2002.
5.- LACOUX, Ernest Michel, Periodismo y literatura. Dos mundos, el mundo, Barcelona, Pirex Ediciones, 1990, p. 191. El volumen es traducción al español de la versión francesa de la editorial Gouvert, 1988.
6.- ALEGRÍA, Joaquín, Disquisiciones acerca del cuento literario, Zaragoza, Moyuela Editores, 2001, p. 565. Véase también el muy atinado y desternillante ensayo de GARCÍA SANJUÁN, José Manuel, Cómo diantre se fabrica un cuento, Pamplona, Editorial Cortes de Navarra, 1999. O si se prefiere, PASCUAL PUIG DEL VALLE, Purificación, The best way of writing a story, London, Shambles, 2002. Disponible sólo en primera o segunda edición inglesa.
7.- ALEGRÍA, Joaquín, La vida en la obra y viceversa, San Sebastián, Milagro Editores, 2000, p. 112.
8.- PUÉRTOLAS, Soledad, La vida oculta, Barcelona, Anagrama, 1993, págs. 247-248.
9.- Me pregunto con curiosidad si gustará este relato.

 
 
 
   
 
 
 
SEVERA VIGILIA

[segundo poema del libro www.anónimo.es, 2001]
 
 
 

Llegué a la palabra un mes de gracia del cuarenta y ocho.
Quise quedar tumbado
en las colinas sagradas sin mares inmensos
en la sombra de los veinticinco
contra vientos que servían copas acres mareas
de sortilegios y mentiras dicen.

Llovió hasta llorar de agua de viento canino
y un día fiero con cara de mono
me mordió las piernas por tobillos y eso
que miradas furiosas de aquéllos
dejadme en la paz muerto soy digo
a los cuatro vientos sin olfato de almuerzo
que nadie obrará sino caridad conmigo.

Llegué a la palabra de agua de viento canino
y no escucharon el aliento que incipiente firme
viajaba en el aire emborrachado de extraños elementos.
Visitaba covachas oscuras y el acomodador
me decía que fuera que no que allí dentro
se sentaba don coronel que venía con bigote ufano y señora
apestando de París hedores novembrinos.

Y Madrid se hizo carne y habité mía aun con todo etcétera.
Quimera espejo roto alucinación eso y nada en balde
conseguí en la urbe de las palabras huecas
donde yo no fui venerado
en el intelecto mundo que estrenaba
como profeta de tardes y caminos.

Visitaba andarines senderos del Retiro
y veredas sumido en los céntimos escasos que bolsillos
iban y venían luego que más iban que venían
por bailes sudorosos con alcohol
empapando el pecho de cada uno dos tres meses casi.

Publiqué ese libro del que tengo dicho
que vergüenza dio venderlo porque decía
baratos o caros sentidas palabras que huían
burlando el cara al sol en la sombra murga
de los afanes y cómo se pusieron algunos barbados
fuera de sí. Así que me vomité queriendo sin querer
en la zaragozana gusanera de espacio y canas viejas.

Híceme aquí guardián de la palabra porque la palabra
es mi yo mismo mi hondura casi en la boca del estómago
amarillo como el caracol que se mete y rebusca
en el centro de su concha con todo
y decidí morirme para Madrid indecente
y sin ojeras. Que los gorilas de manos enormes
se queden pensé sin el postre suculento
de estas carnes regresadas del fastidio.

Y con poco olvidar qué ciudad que quiero
no vive de noche pensamientos sin título retuve llamando
marzos y abriles de nubes y cierzo. Vigilia severa
con pluma de pavo y amores y nadas de fuegos.
Con poco olvidar de querubes y pájaros mordidos
pues aquí llegaron mis pasos y mi calva extenso
desierto de ideas tan lleno que nunca
pude enderezar la nuca mi cuello de gallo de oso.

He aquí pues mi yo pródigo hijo de vuelta mía
de Madrid al cielo y casi nada por eso
que no quise meterme en degüellos sino aulas muy frías
sin doctores barbudos con eso sí niños latosos locos
que gritaban y amordazaban la voz director del obeso búfalo
aun hoy y los despachos del pasillo tan largo y quedo
en el poniente apenas.

 


 

 
   
 
 
 
INDICIOS PREOCUPANTES
[capítulo segundo de la novela Los días amargos, 2000]

    La llaga seguía creciendo muy lentamente en el borde izquierdo de mi lengua. Me acuerdo de las curas que yo mismo me hacía a diario, hasta dos y tres veces, frente al espejo del cuarto de baño, con mil y un potingues distintos. A finales de diciembre, ya no sabía cuál de ellos podría curarme la herida. Pensaba en lo rebelde de la dichosa ulceración y empecé a preocuparme en serio. Eso de llevar una llaga en la boca desde el mes de julio no era normal, se me antojaba raro. Y más habiéndola tratado con cien ungüentos supuestamente apropiados al caso.
    Al final, el día veintinueve, tras la festividad de los santos inocentes, acudí al médico de cabecera de la Seguridad Social, en el dispensario de la avenida de Navarra, sito ahora en la calle Santa Orosia. Allí tenía yo asignado a Anselmo de Torres, un médico cirujano de mediana edad, que trabajaba también, según pude saber luego, en un antiguo centro médico del barrio de Casablanca. El doctor me examinó la llaga y comentó que no parecía nada serio.
    -De todas formas -añadió-, no cuesta nada que le eche un vistazo el especialista.
    Entonces me extendió un volante para la consulta del dermatólogo. Esa misma tarde subí al ambulatorio Inocencio Jiménez, en el número cuarenta y seis de la carretera de Madrid, donde me dieron cita para el ocho de enero nada menos, a pesar de mi rotunda insistencia en que me viese el médico antes de esa fecha. Alegaron que no era posible, pues nada decía el volante del médico de cabecera de que el asunto fuese tan urgente como yo alegaba o que revistiese siquiera la menor importancia.
    Volví a casa muy decepcionado. No me parecía prudente esperar más tiempo de brazos cruzados sin hacer nada. A ese paso, y con once días por delante antes de la cita con el especialista, la llaga podría crecer más de la cuenta.
    Hablé con Laura del asunto. Y ella, harta de oír hablar de mi herida, quiso verla de una vez por todas. Hasta ese momento no se la había enseñado nunca.
    -A ver, abre la boca.
    Confieso que al observar la expresión de sus ojos, sentí una sensación de extrañeza, de miedo, una especie de mal presagio que inundó de pronto mi espíritu y lo llenó de frío.
    -Oye, Eduardo, ¿siempre la has llevado así de grande? -me interrogó.
    -¡Nada de eso, qué va! Esta semana me ha crecido mucho, ya te digo, pero antes la tenía por la mitad; o menos, si me apuras.
    -Pues yo que tú me la iría a mirar otra vez, y sin esperar al ocho de enero.
    -¿Tan mal la ves?
    -No, si yo no soy médico, oye. Pero te quedarás más tranquilo si te dicen que no es nada, supongo.
    -Desde luego que sí, por descontado.
    -Pues ya está. No te lo pienses más y ve a Carlos Moreira, a ver qué te dice.
    -Vale. Mañana mismo iré sin falta por la mañana.
    -¿Quieres que pida permiso en la oficina y te acompañe?
    -No, no, en serio, que no merece la pena. Si no será nada -añadí, no sin cierta desconfianza.
    -Como quieras. Pero sobre todo no dejes de ir, no vayamos a hacer el tonto y luego nos tengamos que lamentar.
    Carlos Moreira me visitó en su clínica privada al día siguiente. Lo llamé por teléfono sobre las nueve y hablé personalmente con él.
    -Vente cuando quieras, Eduardo. Mejor sobre las once, si no te va mal. Ya te haremos un hueco como podamos.

**

    Llegué a su consulta con diez minutos de antelación. Me sentía inquieto, no porque creyese que la llaga podía ser el síntoma de algo serio, sino por tanto jaleo de ir y venir a unos médicos y a otros.
    Dieron las once y aún tuve que esperar en la antesala de Carlos Moreira otros diez minutos. Luego salió una paciente de mediana edad, una señora rubia con estilo, que dijo adiós muy correcta al pasar a mi lado. Enseguida me vino a llamar Marijóse, la enfermera.
Tras saludar a Carlos, le expliqué lo que me pasaba y solicitó verme la llaga.
    -Siéntate un momento, por favor.
    Me acomodé en el sillón quirúrgico y seguí hablándole desde allí de mi problema. Él andaba mientras por detrás, preparando no sé qué cosas para otro paciente al que atendía simultáneamente en un segundo gabinete. Luego me preguntó por la familia de Laura y estuvimos charlando amablemente unos minutos, hasta que vino y se sentó a mi lado en un pequeño taburete metálico.
    -Vamos a mirar esa llaga, Eduardo. A ver, abre la boca, por favor.
    Hice lo que me dijo. Acercó una lupa grande hasta mi rostro y miró a su través unos segundos. Luego la apartó, masculló dos palabras que no pude captar y me dijo que podía levantarme.
    -Mira, Eduardo, no te digo que esto vaya a ser algo serio necesariamente, verdad, pero te voy a dar la dirección de un médico que podrá diagnosticarte con más seguridad. Yo no lo conozco, sabes, pero me han llegado rumores de que es un buen especialista. Yo te podría recetar algo ahora, naturalmente, pero si me dices que has tomado tantas cosas... Conviene mejor que te lo mires a fondo, sabes.
    Al cabo del tiempo, cuando hubo pasado lo peor, comprendí que Carlos barruntó aquel día mi dolencia.
    Me apuntó el nombre, la dirección y el teléfono de ese otro médico en una cuartilla de recetas. La arrancó del taco y me la dio.
    -No dejes esto de lado, eh.
    -No, no, qué va. Hoy mismo llamaré para pedir la cita -contesté, mientras él me acompañaba en persona hasta la puerta.
    Carlos estuvo muy agradable conmigo y se negó en redondo a cobrarme un duro por la visita.
La llaga me empezaba a fastidiar un poco a las horas de comer. Los alimentos rozaban la herida y sentía una leve molestia que se iba acrecentando con el paso de los días.

**

    Por la tarde, a las cuatro y cinco, llamé por teléfono al doctor Heriberto Cid, el especialista que Carlos Moreira me había recomendado aquella misma mañana. Apagué mi pitillo a medio consumir y marqué las seis cifras de rigor. Al otro lado del hilo, una voz tajante, algo ronca y lejana, me respondió muy queda:
    -Dígame.
    -¿Es el consultorio del doctor Heriberto Cid, por favor?
    -Sí, soy yo mismo.
    -Mire, doctor, llamo para pedir una cita con usted.
    -Bien, un momento.
    Calló por unos instantes, como si estuviese reflexionando o consultando una agenda, y enseguida volvió a llegarme su voz a través del auricular.
    -El día cinco a las seis, ¿de acuerdo?
    -Por favor, ¿no podría ser antes? -supliqué-. Es que tengo una llaga en la boca y me siento algo preocupado. La llevo hace tiempo y no consigo que se me vaya.
    -No, lo lamento. Estoy con gripe y no creo que pueda recibir pacientes estos días.
    -Vaya, lo siento. Espero que se alivie, doctor.
    No quise insistir. Me tomó el nombre y me despedí con la debida corrección, intuyendo que el carácter del especialista no concordaba con el mío ni de lejos.
    Cuando colgué el auricular, algo dentro de mí me decía que las palabras de aquel desconocido iban a dañarme en lo más hondo. Quizá fuera el tono de su voz, el amargor de su cadencia o cualquier otra cosa, no sé. Resulta difícil ahora, después de tantos años, explicar una sensación semejante. Puede que fuese miedo; o si no, algo parecido al miedo. Es como cuando te alarmas porque te parece que huele a gas dentro de casa. Algo así. Se siente uno molesto, inquieto, repentinamente preocupado. Te levantas de la silla o de la cama como un resorte, llegas hasta la cocina y compruebas inmediatamente la llave de paso, ves que está cerrada y respiras aliviado.
    Creo que aquel miedo me duró una media hora. Recuerdo que me senté en mi estudio delante de un libro de Soledad Puértolas -Burdeos, creo- y empecé a leer, aunque sin enterarme de nada. Las palabras impresas pasaban a gran velocidad ante mis ojos como pájaros en una tormenta, deprisa, muy deprisa, alborotadas por completo. A la vez, pensaba en la voz del médico, en su posible diagnóstico, en que Dios no permitiría que fuese nada de particular y en otras mil cosas al tiempo. Y al cabo de nueve o diez páginas, me negué a seguir fingiendo. Cerré el libro de Soledad, lo dejé sobre mi mesa de trabajo y me fui a la cocina a prepararme un té con leche. Relaja mucho.

**

    Del día treinta y uno apenas recuerdo nada significativo, a no ser la cena de nochevieja; y de una forma un tanto difusa además. Mis padres nunca han celebrado el final de año; por espíritu cristiano, según ellos. Mi padre solía decir a menudo que la despedida del año viejo es una fiesta pagana, y que un católico que se precie no tiene que mezclar el rito pagano con la tradición ortodoxa de la iglesia. Lo escucharía algún domingo en el sermón de la misa parroquial, imagino.
    Bueno, pues el caso es que no quisieron salir. Laura y yo acudimos a casa de Laura madre. Me parece que no se preparó una cena formal, sino una especie de merienda cena a base cosas frías y calientes, para ir picando. Mejor así, no obstante. Más divertido.
    Vimos la retransmisión en directo de las doce campanadas de la Puerta del Sol de Madrid por televisión. Y a la vez, todos se zamparon, menos yo, las uvas de año nuevo. Nunca me las he comido al son de las campanas. Me parecía una estupidez hacerlo así, y aún me lo sigue pareciendo, a lo mejor por influencias paternas, no sé. Y no es que me las dejase, que me las comí como todos los años, ya lo creo, pero a mi ritmo, haciendo caso omiso del dichoso y atropellado repique de campana. Trasnochamos poco: antes de la una y media, Laura y yo estábamos durmiendo en casa tan ricamente.
    El primer día de 1987 amaneció nublado. Oímos misa por la mañana. Luego, al salir de la iglesia, fuimos a buscar a mis padres con el coche para llevarlos a casa de Laura madre. Comimos todos juntos allí.
    Ignoro por qué, pero lo cierto es que las fiestas navideñas tienen un punto de tristeza muy especial, un algo que las hace distintas de otras fiestas sonadas del calendario. La Navidad es una especie de retorno a la infancia, al belén, al ensueño de una niñez que se nos escapa muy despacio como agua entre los dedos. Para mí, la Navidad era ese nacimiento de corcho que mi padre montaba siempre en un lateral del comedor, con sus luces intermitentes de colores dentro de las casitas de piedra, sus montañas nevadas de harina tan blanca, sus pastores, sus caminos de serrín amarillo y ese río mágico de plata de chocolate con su puente arriba. Representaba la fe en unos principios sólidos y, a la vez, el cambio, la huida de esa rutina terca que nos acaba encerrando poco a poco en nuestras miserias y pequeñeces de seres indefensos.
    Aquella Navidad del ochenta y seis también tuvimos belén. Mi padre lo montó el domingo anterior a la fiesta de nochebuena. Aunque sin luces de colores, me parece. A fuerza de lucir año tras año, se habían fundido todas las bombillas de puro viejas.
    El dos de enero cayó en viernes. Aun así, la ciudad recuperó en buena medida su ritmo habitual de actividad. La gente iba y venía a toda prisa, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Había algunos, mujeres en su mayor parte, que apuraban el dinero en la compra de algún que otro regalo navideño de última hora. Para la mayoría, las fiestas habían llegado a su fin.
    Los más afortunados, en cambio, aún teníamos vacaciones hasta después de Reyes. Según el decir de la gente, todo un privilegio de los profesores. Puedo asegurar por experiencia, pues no en vano he trabajado diez años largos como docente, que la enseñanza es una labor agotadora e históricamente mal retribuida. Y eso que yo he tenido suerte, porque he dado clases con auténtico placer y encima he cobrado por ello. Pero aun trabajando con vocación, hay momentos al cabo del curso en que hacen falta unos días de respiro, de ruptura con el aula, con los horarios, con la corrección de exámenes y con la tensión de lo cotidiano. Las vacaciones de Navidad vienen que ni pintadas para descargar las primeras tensiones; pasa lo mismo, o algo parecido, en Semana Santa. En verano, en cambio, la cosa es distinta: los días son más largos, o nos lo parecen al menos, las vacaciones se dilatan mucho y hasta se pierden las buenas costumbres adquiridas en invierno.

**

   Aquellos días primeros de 1987 no se diferenciaron demasiado de los primeros del enero anterior. Hasta ese año, mi vida estuvo edificada sobre tres pilares sacrosantos: Dios, razón y esfuerzo. Y con estas bases, sólidas en apariencia como pocas, no resulta sencillo vivir de manera original, atrevida o diferente. Son tres principios conservadores y burgueses que te hacen ser respetuoso hasta la médula, prudente, trabajador y muy reflexivo sobre todo. Ningún joven es así, qué duda cabe. Para ser joven, joven de verdad, no puede usar uno la razón casi nunca, al menos de la manera que la usa quien tiene fama de razonable, y yo siempre la he tenido. Y nada digamos de la prudencia.
Tampoco se puede disfrutar en serio de la juventud siendo esforzado y constante en el trabajo. Así que yo no habré sido joven en toda mi vida, supongo.
    Una educación parecida a la mía, aunque menos rígida en el aspecto moral y religioso, tuvo también Carlos Javier Guerrero -sin el Javier para mí, Carlos a secas-, uno de los más viejos amigos de mi época colegial en los hermanos de La Salle, en la Gran Vía de Zaragoza.
    Conocí a Carlos Javier por mediación de uno de los frailes, un profesor del colegio cuyo nombre no consigo recordar ahora -¿el hermano Isidoro, quizá?-, quien nos debió ver a los dos poco menos que incapaces de hacer amistades por cuenta propia con la sencillez que es habitual entre los chiquillos de doce o trece años. Así que le dio mi teléfono a Carlos y le dijo que me llamase si le apetecía. Y un buen día Carlos llamó. Desde entonces somos amigos, y eso que sus caminos y los míos han sido muy distintos desde entonces, careciendo de puntos de contacto reales.
    Al año de habernos conocido, yo salí de La Salle para ir interno a un colegio de franciscanos en la provincia de Teruel. Luego volví a estudiar a Zaragoza, pero como alumno libre del Instituto Goya. Y acabé matriculado en el bachillerato nocturno del Instituto Pignatelli, edificio del antiguo orfanato y sede actual de la Diputación General de Aragón. El inmueble ha sido saneado y remodelado hasta en los más pequeños detalles. Cuando yo estudiaba en él -aún vivía entonces el general Franco-, no había ni un cristal sano en los pasillos, las baldosas se levantaban al pisar, crujían de un modo alarmante las tarimas de madera, los servicios eran espantosos y las aulas se caldeaban en invierno con estufas de leña que nada podían contra el frío terco que penetraba por doquier desde la calle.
    Carlos, en cambio, no se movió de La Salle hasta concluir el bachillerato superior. Y luego, tras hacer la mili, no quiso estudiar más. Dijo que estaba harto de libros y que no pensaba volver a verlos ni de lejos.
    Esto viene a cuenta de que, durante esos primeros días del año ochenta y siete, de triste memoria para mí, salí por ahí con Carlos en varias ocasiones. Él andaba entonces preparando unas oposiciones para la administración del Estado. Se le había metido en la cabeza ser funcionario, y al final ha terminado dándose el gustazo.
    Ya no recuerdo bien adónde fuimos esos días. Seguramente, a tomar algún café por ahí y a charlar de nuestras cosas: yo de mis clases, mis alumnos y mis escritos, él de sus problemas con las dichosas oposiciones de marras que tanto le obsesionaban.
    También me cité esa semana con José Manuel y con Puri. Estuvimos tomando algo en un local muy agradable próximo a la calle Bretón. Eso fue el sábado por la mañana. Éramos entonces, como digo, un trío magnífico y bien tramado, y nada se nos ponía por delante a la hora de quedar citados para vernos un rato.
    Y no sé si ese mismo día o al siguiente, también estuve en casa de mi tía Rosario, hermana de mi madre, y de mi primo Pedro. Se me antoja que fue el sábado a la hora del café. En honor a la verdad, debo decir que Pedro hace un café a fuego lento de los que quitan el hipo. Y el sueño. Y todo lo que haga falta.
Estuve charlando un rato con ellos y luego marché a recoger a Laura para dar un paseo por ahí. Me esperaba en casa de su madre a eso de las siete.

 
   
 
 
 


SIN QUERERLO APENAS ESCRIBO POR TI
[poema II del libro La construcción de la rosa, 1999]

 
 
                        II

 
 

Sin quererlo apenas escribo por ti.
Algodón templado bajo acero blanco.

Sin buscarlo apenas anhelo tu sueño
y el beso de la mar en mis labios nuevos.

Las manos escriben cansinas al alba
mirando la estela que la noche hilvana.
Campiña de vidrio, sentidos marchitos
en plena inconsciencia siniestra del alma.

Sin quererlo apenas te evoco despierto.
Te quiero, mi bien. Aguardaré en silencio

 

 


 

 
   
 
 
 


VOY TOCANDO FONDO
[poema II del libro Es de piedra el poeta, 1999]

 
 
                        II

 
 

Voy tocando fondo
entre lirios blancos de perfume eterno.
Voy palpando el hoyo de tus ojos muertos,
de tus manos frías o tu aliento quedo.

Y me voy llorando, sufriendo por dentro.
Muero al recordarte mientras pasa el tiempo.

Se quedan mis rosas marchitas, ajadas,
maltrechas, desnudas al pie de la tumba.
Se muere la tarde, solloza la luna.
Sempiterna quietud de la tierra muda.

Te has quedado triste, muy fría, sin habla.
Y es que ya no sientes los golpes del viento
contra el pulso abierto de la etérea frente.
Adoro tu nombre y afirmo que yerra
quien llamarte quiera con verbo de muerte

 


 

 
   
 
 
 
FAMILIA, NACIMIENTO
[capítulo II del ensayo Masonería y Literatura. La Masonería en la novela emblemática de Luis Coloma, 1998]


   El testimonio más antiguo para conocer la vida de este escritor atípico data de 1891. Se trata de la Biografía de Luis Coloma escrita por Emilia Pardo Bazán(1). Vendrían después un estudio del P. Constancio Eguía, publicado por Razón y Fe en 1915, y, sobre todo, el Estudio biográfico y crítico del jesuita Rafael María de Hornedo(2). Hay alguna cosa más, pero nada esencial para el descubrimiento de alguna faceta desconocida o poco estudiada de Luis Coloma(3).
   Dejando aparte a los antepasados lejanos del escritor, cuya vida y milagros vamos a obviar aquí por variadas razones, recalaremos brevemente en sus padres. Los ascendientes del padre de Luis Coloma procedían del valle de Mena, en la zona montañosa de la provincia de Burgos. El abuelo paterno de Coloma emigró a Cuba, dejando en España a su esposa doña María y a su hijo Ramón, estudiante de medicina. Este Ramón sería, con los años, el padre de nuestro insigne y controvertido novelista(4).
    Una vez asentados en Cádiz, Ramón conoce a Rita Michelena Espiau, que iba a ser su primera esposa aunque no la madre de Luis, fruto del segundo matrimonio de su padre. Se casaron Rita y Ramón el 13 de febrero de 1832 en la parroquia de San Antonio, de Cádiz. Transcurrido breve tiempo en su nuevo estado civil, el padre de Coloma se embarca como médico de fragata con destino a las Antillas(5). Regresó a España en 1833 y se estableció en Jerez con la familia, donde compró una casa que había sido propiedad, en tiempos, de los marqueses de Zafra(6).
    Fallecida Rita Michelena el 20 de enero de 1846, tras el octavo parto, dejó viudo a don Ramón con cinco hijos vivos. Pasados diez meses, y por consejo de parientes y amigos, Ramón volvió a casarse, esta vez con María de la Consolación Roldán García, jerezana de veintiún años de edad. Lo hacen el 26 de noviembre de 1846 en la parroquia de San Miguel. La nueva esposa, diecisiete años más joven que él, fue querida por todos, incluso por sus hijastros, quienes la llamarían familiarmente "mamá Consuelo". Con ella tuvo Ramón Coloma catorce hijos, de los que once llegaron a la mayoría de edad.
    El tercer hijo de este matrimonio fue Luis, que vino al mundo en Jerez de la Frontera, el 9 de enero de 1851, a las seis de la mañana.
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1.- La escritora coruñesa publica Estudio crítico de Feijoo (1876), La cuestión palpitante (1883), intento de conciliar el radicalismo naturalista de la novela francesa, poco acorde con el cristianismo, con el movimiento realista español, más delicado en su estética formal; La revolución y la novela en Rusia (1887), Polémicas y estudios literarios (1892) y La literatura francesa moderna (1910). Su tendencia naturalista se manifestó, como sabemos, en sus novelas: Un viaje de novios (1881), La tribuna (1882), El cisne de Vilamorta (1885), La madre naturaleza (1887) y, sobre todo, Los pazos de Ulloa (1887). Vendrían luego Insolación (1883), La prueba (1890), La piedra angular (1891) y Un destripador de antaño (1900). Conforme la novelista entra en años tiende hacia el pesimismo, algo nada extraño en la literatura finisecular. La fluidez en los diálogos es una de sus características, y de ella es tributaria, sin duda, la obra de Luis Coloma, quien además de admirador de la dama, fue también cordial y fiel amigo suyo. Cfr. GONZALEZ LOPEZ, E., Emilia Pardo Bazán, novelista de Galicia. Nueva York. Hispanic institute, 1944. Cfr. PAREDES, J., Los cuentos de Emilia Pardo Bazán. Granada. Universidad, 1979. Cfr. LOPEZ SANZ, M., Naturalismo y espiritualismo en la novelística de Galdós y Pardo Bazán. Madrid. Pliegos, 1985.
2.- Este documentado y minucioso estudio se editó como introducción a la 4ª edición de las Obras completas, Madrid, Razón y Fe, 1960. En él, Hornedo se explaya a gusto y da lo que sabe, que no es poco, acerca de Coloma.
3.- Tenemos, por ejemplo, lo publicado por GARCIA CARRAFFA, Alberto y Arturo, Españoles ilustres (1918), que tampoco desvela nada nuevo en relación a la vida o la obra del escritor jerezano. Interesante, en cambio, es la correspondencia privada del escritor, consultada en su día por Hornedo. En 1947, Luis FERNANDEZ publicó el epistolario de Coloma con los duques de Villahermosa, documentación de valor, no sólo por los contenidos de las misivas, sino también por el conocimiento humano que de ellas se desprende. Algo parecido podríamos decir de las cartas familiares de Coloma y los papeles y anotaciones personales, recogidos