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Se
tiene acceso en este apartado a textos completos -o fragmentarios
en el caso de las novelas-, integrados en las obras publicadas
hasta el momento por Ricardo Serna en formato de libro.
El lector hallará los más recientes en primer
lugar, de tal forma que se pueda seguir una cronología
inversa en directa relación con los años
de edición de sus obras.
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DOS
[capítulo segundo de la
novela El laberinto de los goliardos, 2005]
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PRÓLOGO
[segundo relato del libro Caballeros
de la luz, 2004]
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SEVERA VIGILIA
[segundo poema del libro www.anónimo.es,
2001]
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INDICIOS PREOCUPANTES
[capítulo segundo de
la novela Los días amargos, 2000]
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SIN QUERERLO APENAS ESCRIBO
POR TI
[poema II del libro La construcción
de la rosa, 1999]
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VOY TOCANDO FONDO
[poema II del libro Es de
piedra el poeta, 1999]
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FAMILIA, NACIMIENTO
[capítulo II del ensayo
Masonería y Literatura. La Masonería
en la novela emblemática de Luis Coloma,
1998]
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LA SORPRESA
DE INDALECIO IZQUIERDO
[segundo relato del libro Los
escritores, 1995]
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EL FRÍO DE
MARZO
[segundo cuento del libro
La noche de papel (Relatos completos 1968-1987),
1990]
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ANKAK ARIÑAK
ETA (O EL REGRESO DE BEGOÑA LARRAMENDI)
[fragmento del segundo cuento
del libro Relatos del insomnio, 1984]
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DOS
[capítulo segundo de
la novela El laberinto de los goliardos, 2005]
La casa, enclavada en
Sopeira, en la Ribagorza de Huesca, se halla a dos pasos
del Monasterio de Santa María de Alaón.
Cuando la vi por vez primera tuve la certeza de que aquella
casa iba a ser mía necesariamente. No podía
ser de nadie más. Una corazonada, supongo. Digamos,
mejor, que aquella casa estaba hecha a mi medida, como
si el destino oscuro que envolvía sus misterios
hubiese anidado siglos atrás en mi cerebro. La
casa era mía aun mucho antes de poseerla legalmente.
La sensación es difícil de explicar, pero
valdría con señalar que sus muros y yo nos
entendimos a la primera de cambio. Supe asimilar los deseos
ocultos de aquella estructura que se alzaba, soberbia,
a un lado del gran lago verde custodiado por gigantescos
cíclopes de piedra, hijos de dioses y míticos
héroes antiguos. A Sara también le ocurrió
algo similar, según me confesó luego durante
el viaje de regreso. Se enamoró de la casa apenas
le hubo echado el ojo encima.
De tres plantas y un pequeño
desván, tiene a su izquierda un patio lateral embaldosado
con una zona de parterres plantados de parras y enredaderas;
en los intersticios de las losas del solado, el musgo
aparece con timidez dibujando una red perfecta de rectángulos
nítidos, naturales, exactos. El patio mide unos
cuarenta y tantos metros cuadrados, contando en ese cálculo
el espacio de la leñera y el de una barbacoa rústica
de asar hecha de obra. El interior de la casa es sencillo,
igual que la distribución de los huecos. La escalera
divide en dos mitades cada una de las plantas. Abajo hay
un recibidor bastante amplio, el baño y la cocina.
En el segundo piso, un dormitorio de buen tamaño
-unos veinte metros- y una típica cocina antigua
con su hogar y la tradicional cadiera montañesa.
En la tercera planta, un enorme salón con chimenea.
Y arriba del todo, lleno de herramientas, nueces picadas,
botellas vacías, un millar de trastos viejos y
abundante porquería, la casa nos ofreció
en origen un pequeño desván con vistas a
las callejas de atrás, coronando así el
bajotejado sufrido y polvoriento.
A la semana justa de haberla visitado por
vez primera, firmamos las escrituras ante el notario de
Buesa. Me pareció la casa más sugestiva
que había visto nunca. A decir verdad, Sara rebosaba
felicidad; más que yo si cabe. Desde la enorme
ventana del salón pudimos divisar medio pueblo,
sin contar con el magnífico panorama del embalse,
cuyas aguas se desplegaban ante nuestros ojos atónitos
como si el verde intenso de sus entrañas nos llamase
a voces. Desde el salón de la tercera planta, el
lago formado por la presa parece un gigante verde adornado
de espejos. Diríase que nos miraba desde el abismo
de su incertidumbre mansa, que nos animaba a descubrir
sus rincones, que lloraba cuando el sol declinaba en favor
de las sombras habituales del atardecer tempranero. Aun
contando con el buen estado de conservación general
de la vivienda, Sara y yo éramos conscientes desde
el principio de que había que obrar en la casa,
así que pedimos presupuestos y contratamos albañiles
sin demora. Era preciso sanear de humedades la planta
baja, en especial el muro del fondo que lindaba con roca
porosa. Además queríamos poner calefacción
en la vivienda, pintar, reconvertir la chimenea del salón
y agrandar los huecos de arriba tirando medianiles; había
que incorporar el desván al salón por medio
de una balconada, haciendo así una estancia única
de toda la planta superior. Tres meses tardaron los gremios
en acabar la tarea. Tres largos meses durante los que
Sara y yo íbamos y veníamos de la ciudad
al pueblo y del pueblo a la ciudad cada dos por tres a
fin de controlar un poco el desarrollo de las diversas
labores. Un trabajo de titanes capaz de agotar la paciencia
del santo Job. A fines de junio amueblamos por fin la
casa. Lo más duro había pasado ya. Sólo
quedaban pendientes los detalles y minucias de última
hora: que si colgar un par de cuadros acá o acullá,
poner un farolillo de forja en la entrada, colocar un
espejo suplementario en el baño y algunas otras
nimiedades por el estilo. Naderías como quien dice.
Coincidió la compra de los muebles con los últimos
exámenes de mis alumnos. Por cierto que uno de
ellos, un tal Jacobo Estrío, se mató en
un aparatoso accidente de moto el mismo día que
comenzaban las vacaciones de verano. Estrío era,
según lo recuerdo por mi trato con él en
las aulas, una bellísima persona, estudioso, agradable
e inteligente. De padre italiano y madre belga, nació
en España por un capricho de los hados. Su padre,
un romano dedicado a negocios editoriales, se estableció
luego en nuestro país por motivos de trabajo y
Jacobo se educó en la cultura española como
cualquier otro chico de su edad. En fin, no sé
a qué santo recuerdo todos estos detalles ahora,
pues no vienen al caso. Como digo, quedó amueblada
y lista nuestra casa de Sopeira a fines de junio. Resultó
una casona en buen estado, sencilla y rústica pero
no por ello menos grata y confortable. Los lugareños
se admiraban por la magnitud de los cambios y reparaciones.
La gente del pueblo es adusta, aunque amable de trato;
algo retraída en un principio con los forasteros.
Mis vecinos más próximos son un matrimonio
mayor, sin hijos, que viven en Sopeira desde los años
cincuenta. Ella es hija del pueblo, pero él, en
cambio, es oriundo de Jaén. Su casa linda con la
mía por la parte de atrás. Pilar y Esteban
se llaman, y son la mar de agradables y serviciales. Siempre
anda el hombre pasándonos verduras y productos
de la huerta. Y yo sin saber nunca cómo corresponder
a sus atenciones. A primeros de julio, una vez liberado
de mis obligaciones y trabajos en el instituto, empezamos
a residir allí de manera más o menos estable.
Entre mis tareas laborales por un lado, y el jaleo de
las obras en la casa por otro, ese curso se me pasó
en un abrir y cerrar de ojos. Tanto es así que,
de no ser por los pequeños sobresaltos que nos
daban de vez en cuando los albañiles encargados
de las reformas, los meses de invierno, y sobre todo los
de primavera, hubieran pasado por mi vida en un puro santiamén.
Intentábamos pasar cuatro o cinco días en
la ciudad y otros tantos en Sopeira, como seguimos haciendo
ahora. Es un buen sistema para lograr un equilibrio estable
y racional entre la urbe y la paz natural del campo.
En verano el pueblo se llena de risas
de chiquillos y de matrimonios de mediana edad. Son los
veraneantes, hijos de Sopeira en su mayor parte, gentes
que trabajan fuera todo el año y pasan parte del
verano en la casa de los padres o de los abuelos aprovechando
el dilatado asueto de los hijos en edad escolar. En agosto,
el pueblo duplica su número de habitantes. Eso
sin contar los muchos excursionistas que van a visitar
el monasterio de Alaón y se acercan luego a conocer
el lugar.
En julio empezamos a frecuentar el
pueblo con una cierta regularidad. Ofrecimos la casa a
los vecinos y fuimos conociendo a la gente de los alrededores.
Un día, en torno al veinte o veintidós,
vino a vernos Fermín Araujo, el antiguo propietario
de la finca. Pasaba cerca de allí con Mila, su
mujer, camino de Bieres y se desvió seis kilómetros
para hacernos una visita. Le enseñé todos
los cambios habidos en la casa y se quedó boquiabierto
de lo mucho que había ganado el inmueble desde
que él me lo vendiera, allá por el mes de
marzo. Al mostrarle la zona del patio, comentó
algo que me dejó perplejo:
-Pues aquí debajo -dijo, dando
una pisada fuerte en el suelo enlosado- tienes una bodega.
-¿Una bodega, dices? ¿A qué
te refieres?
-Pues a eso, a una bodega del año
de Maricastaña.
-Ahora me entero de semejante cosa. Podrías
habérmelo dicho antes de acabar las obras, Fermín.
-Igual te da, hombre, no te apures.
A fin de cuentas -añadió- este suelo no
se puede excavar con un mínimo de garantías.
Yo lo hubiese hecho hace años, pero no me lo aconsejaron
por temor a posibles hundimientos. Debe estar minado medio
pueblo. En tiempos me aseguraron que la casa de aquí
al lado -dijo, señalando con la diestra- tiene
descubierta una bodega vieja que cruza la calle y alcanza
casi los límites de esta casa. Yo no la he visto,
por eso. Adivina lo que habrá por ahí abajo.
Cualquiera sabe.
Yo escuché su historia con suma
atención, pues la idea de que pudiese haber huecos
o bodegas bajo mi casa me llenaba de un entusiasmo casi
pueril. Estuve con la fantasía en la cabeza durante
dos o tres días y luego me fui olvidando poco a
poco del asunto, hasta que una tarde de agosto, a eso
de las ocho, llamó a la puerta el señor
Esteban, mi vecino del callejón.
-Pase, pase, Esteban. Entre a tomar
un café con nosotros, si le apetece.
-No, que no quiero importunar.
-Ande, hombre, que usted no importuna,
ya lo sabe.
-Hala pues, como guste, don Jaime. Pero nada más
que un momento, que he dejado a mi Pilar sola y me echará
los perros si demoro.
Subimos a la cocina antigua y nos sentamos.
Sara estaba leyendo una revista de chismes al lado del
ventanuco. Al vernos entrar, la dejó enseguida
y preparó un café con leche caliente para
todos. A fines de agosto refresca mucho en el pueblo al
caer la tarde, y un café viene siempre al pelo.
Estuvimos de cháchara con el señor Esteban
hasta cerca de las diez. Y al final, hablando de la humedad
y de las filtraciones de su casa, dio a entender que la
culpa de todo la tenían los túneles.
-Si no estuviesen los dichosos pasadizos
-dijo-, el agua no se llegaría tan cerca.
-¿A qué se refiere con
eso de los pasadizos, Esteban? -pregunté, sin darle
mayor importancia.
-¡Pues a qué ha de ser!
A las grutas que hizo en tiempos la morisma por debajo
del pueblo.
Me vino entonces a la mente la charla
con Fermín Araujo acerca de las bodegas, y quise
profundizar un poco más en el asunto.
-No sabrá usted, Esteban, si
debajo de mi casa hay alguno de esos pasadizos que usted
dice, ¿verdad?
Recuerdo que nos miró extrañado
a Sara y a mí, como si el hecho de ignorar semejante
cosa fuese poco menos que un pecado mortal en gente letrada
y de saber como nosotros.
-Pues no me coge en la cabeza que el
Fermín no les contase nada de las grutas.
-Algo me dijo, Esteban, pero sin detalles,
¿comprende? Así es que ya nos puede contar
usted lo que sepa.
-Poco he de contar porque poco sé.
Lo que se dice por el pueblo únicamente, pero nada
más.
-Pues venga, Esteban, no se haga de
rogar. Bebió un sorbo de café, se pasó
la mano derecha por la boca en ademán de limpiarse
y seguimos charlando.
-Qué rico anda este cafelito,
señora.
-Gracias, Esteban. Algo fuerte me ha salido, pero con
buen aroma -puntualizó Sara.
-Diga que sí, que está
muy gustoso. Hizo una breve pausa mientras dejaba el tazón
sobre la mesa con sus manos temblorosas. Luego recolocó
las asentaderas sobre la silla de anea y volvimos al asunto.
-La cuestión es que eso de las
bodegas, don Jaime -me dijo-, es cosa muy sabida por el
pueblo entero desde siempre. Y es que son como unas minas
o así, túneles o pasadizos de cuando el
tiempo de los moros, sabe usted.
-¿Y por dónde están,
pues?
-En todo el pueblo, sí señor.
Aquí abajo mismamente, en su corralillo o bajo
la casa tiene que haber huecos. Si no hubiese grutas,
mal llegaría el agua y la humedad hasta los muros
bajos de las viviendas, don Jaime.
-Oiga, Esteban, ¿y cómo
podría saber yo con certeza si hay o no túneles
debajo? -Muy malamente. Cavando un poco, en todo caso.
No se me ocurre otra cosa. -¡Pues sí que
estamos apañados! -exclamé.
Esteban se fue aquella noche a su casa
a las diez dadas, cuando Pilar, su mujer, pasó
a reclamarlo. Al acostarme, todo fueron vueltas y revueltas
en la cama de un lado para otro, sin parar de pensar en
la posible manera de acceder a los subterráneos.
El suelo del corral -pensé para mis adentros- está
cementado y enlosado, y la resistencia del hormigón
ha de ser muy grande si lo mandase picar, sin contar con
el desaguisado de las nuevas obras. Ese sistema había
que descartarlo. Al final, tras mucho pelear con la almohada,
conseguí dormir unas horas.
Dediqué los días siguientes
a localizar y hablar con el alcalde, con el alguacil -hombre
muy afable por cierto- y con un arquitecto conocido mío,
primo hermano de un buen amigo.
El alcalde, pastor de mediana edad,
me dijo que la zona baja del pueblo está llena
de túneles y bodegas, la mayoría sin pisar
desde hace siglos, aunque no supo darme más detalles
de interés.
-Mi abuelo me contó que al trazar
la primitiva red de alcantarillado -añadió-
se aprovecharon algunos viejos pasillos subterráneos
que había por esta zona de su casa.
Hizo una pausa y se encendió
un pitillo con parsimonia.
-Pero a decir verdad -prosiguió-, no sé
yo qué coño puede haber de cierto en todo
ese asunto. Muy turbio lo veo yo, don Jaime.
-Gracias, hombre. A ver si pesco a
Emilio y me sabe decir algo más.
-Puede que sí, don Jaime, que
es muy amigo de leyendas de moros y cosas así.
Otra vez salían a relucir los
moros. Siempre salen los moros a colación cuando
se habla de restos antiguos con las gentes de los pueblos.
Aquella misma tarde, sobre las ocho,
entré a la cantina a tomarme un café. Emilio
Sierra, el alguacil, me saludó desde una mesa del
fondo donde jugaba una partida de cartas en compañía
de tres amigos.
-¿Cómo va eso, don Jaime?
-Bien. A ti te buscaba, precisamente.
Me acerqué hasta la mesa y saludé a los
presentes, labradores todos menos Juan, el panadero.
-Buenas tardes nos dé Dios.
¿Cómo va la partida?
-Aquí paramos, don Jaime, matando
el rato a bastos y espadas -dijo uno.
-Muy bien, hombre,
muy bien. Pues yo querría hablar contigo, Emilio
-le dije. -¿Ahora mismo ha de
ser, don Jaime?
-¡No, hombre, no! Tranquilo.
Acaba la partida con los amigos y luego, si puedes, te
pasas por casa después de cenar y nos tomamos una
copa mientras charlamos.
-Hecho, don Jaime. Allí me tiene
como un clavo a eso de las diez.
-Venga pues, hasta luego a todos. Y
que gane el mejor.
-¡Adiós, hasta más
ver, don Jaime! -saludaron a coro los jugadores.
Todos me llaman don Jaime; los menos
formados, señor Jaime. Saben que soy profesor de
literatura y que escribo libros y artículos en
los periódicos. Por lo primero me respetan; por
lo segundo sienten una mezcla de admiración y de
curiosidad al cincuenta por ciento. Intuyen que soy como
me muestro ante ellos, sencillo y educado con todos. Y
se dan cuenta de que me gusta el pueblo, vivir entre ellos
y compartir ciertas cosas, como el campo, la buena vecindad
o el olor del pan recién hecho al despuntar la
luz junto al horno de Juan. No se puede engañar
a todo un pueblo inteligente y noble como éste
con falsas poses.
Salí del bar y me di un paseo
hasta la puerta del monasterio. Al volver hacia casa sentí
frío en los brazos y la espalda. Agosto se muere
aprisa en los Pirineos y el otoño enseña
los dientes a la primera de cambio. Recuerdo que hablé
con Sara en la cena; le comenté que iba a venir
Emilio a charlar conmigo acerca de los pasadizos subterráneos.
-Pues yo, si no te parece mal, me acostaré
pronto. No me apetece estar dale que te pego a la blanda
hasta las tantas. Y encima -añadió-, con
lo que habla el bueno de Emilio. Puede ser mortal.
-Bien, como quieras. Le diré
cualquier cosa y te disculparé, no te apures. |
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PRÓLOGO
[segundo relato del libro Caballeros
de la luz, 2004]
Escribir cuentos es
una labor apasionante. Hasta es posible que inventarlos
y componerlos –ejecutando correcta y felizmente
ambas tareas- resulte más complicado que confeccionar
una novela digna. A fin de cuentas, la novela no es sino
un cuento largo lleno de cuentos.
Me viene a las mientes ahora la voz
grave y la palabra severa, y sin embargo amiga, de Tomás
Salvador, el fallecido e injustamente postergado escritor
palentino(1) , cuando me decía con la mayor convicción
hace años, poco antes de su muerte, que escribir
cuentos consiste sobre todo en usar la imaginación
y el talento para reducir novelas a la mínima expresión.
Qué razón tenía. Hay que ser un escritor
talentoso, y algo jíbaro también, para hacer
cuentos de calidad, para fabricar mixtificaciones que
se nutran de la realidad circundante y hasta de la verdad
en estado puro. Que lleguen y gusten a más o menos
gente, o que los libros del tal escribidor –que
diría Borges- se vendan o no, dependerá
de otros factores ajenos a él, sobre todo de la
edición –de la empresa editora y del producto
que ésta presente en los anaqueles de las librerías,
quiero decir- y de la promoción comercial que se
haga de los libros. Hoy por hoy, vendes tanto como eres
anunciado; y esto al margen de la valía literaria,
porque hay autores de libros que venden mucho y sin embargo
escriben muy mal. O mejor dicho, escriben medianamente
bien para no ser escritores en absoluto. Lo mismo que
venden libros, podrían vender chorizos artesanos
de El Bierzo, que están muy ricos y son la mar
de nutricios; venden porque están apoyados en el
sólido aparato propagandístico de ciertas
editoriales poderosas que, por serlo, trabajan con mayores
y mejores medios.
Pero volvamos a lo nuestro, que es
el cuento. Llevo muchos años practicando la escritura
por culpa de mi vocación literaria –una enfermedad
crónica, sin duda- y estoy en condiciones de aseverar
que un buen relato, para serlo, ha de poseer un argumento
original y entretenido, un planteamiento inteligente y
ágil, un desarrollo compatible y un desenlace,
si no sorprendente, sí cuando menos audaz e imaginativo(2)
. Con estos ingredientes, nada sencillos de localizar
y aprehender por cierto, el escritor dispondrá
de la materia prima indispensable para empezar a redactar.
Tendrá, como si dijéramos, los huevos para
guisar la tortilla. Mas no crea nadie que eso de la redacción
es cosa baladí, porque llegados a este punto, y
aun cuando se tenga en mente una magnífica historia
y hasta una conclusión o remate la mar de creativo
y especial, el escritor se plantea siempre –al menos
yo lo hago irremediablemente- cómo arrancar a la
pluma la primera frase. Esa primera frase, créanlo,
va a determinar la hechura general del cuento, su ritmo
y puede que también su final(3) . El modo de abordar
la redacción (la forma o estructura morfológica
del texto es otra cosa bien distinta, en la que no vamos
a entrar) será el responsable último de
que la materia prima con la que contamos a priori acabe
cuajando, tomando cuerpo, y se desarrolle con aparente
naturalidad en medio de semejante armazón plagado
de artificios, o de que, por contra, termine siendo un
simple revuelto insulso de huevos con nada.
Otro tema será que quien se
coloque ante el folio en blanco sepa escribir o simplemente
escriba, que son cosas completamente disímiles,
sin puntos de contacto que valgan. En la actualidad hay
mucha gente que escribe y publica libros, pero de ahí
a que sepan escribir –y a que, por tanto, se les
pueda calificar de escritores- va un trecho gigantesco.
No es escritor quien escribe, sino quien sabe hacerlo
y tiene plena conciencia de serlo, frente a lo que opinen
los demás, sean críticos o particulares.
Parece una perogrullada decir que sólo es escritor
quien sabe escribir, pero no lo es tanto si analizamos
el fondo de la locución. Y aun a riesgo de parecer
pedante, yo añadiría que no escribe quien
quiere, sino quien puede. Porque saber escribir implica
dominar el código escrito de la lengua, tener creatividad
y alimentarla, poseer un bagaje cultural amplio que permita
ofrecer sin violencia un decir fluido y ameno en la veta
de escritura, y sentir dentro la necesidad explícita
de comunicar algo a los demás. Son, por tanto,
unos requisitos mínimos que complican en sumo grado
eso de saber escribir.
Es curioso constatar cómo la
sociedad ha depositado su confianza en los medios de comunicación,
haciendo de ellos en conjunto un semidiós al que
se idolatra y reverencia sin cuenta de manera irreflexiva.
Adolfo Antúnez -con el que coincidí en El
Escorial el pasado año, en un curso de la universidad
Complutense de Madrid que versaba sobre los vicios del
periodismo cultural en España- apunta que son los
medios los que dictan en la actualidad sus pautas estéticas
en el ámbito del arte, y sobre todo en el campo
de la literatura. “Somos los periodistas –puntualiza
con valentía- los que señalamos qué
libros valen y cuáles no, qué autores merecen
subir al podio de la celebridad o quedarse, en cambio,
en la oscuridad anónima de su cubil, o qué
obras literarias han de instalarse en el ara de las elegidas
y cuáles no. En otras palabras, dictamos la moda
–cuando los editores poderosos nos dejan- ante la
impotencia desesperada de algunos escritores vocacionales
de calidad, con reseñas y comentarios que no pasan
de ser, la mayoría de las veces, opiniones personales
fundadas en la subjetividad y en el desconocimiento de
los valores puramente literarios”(4).
En esta misma línea se situó,
ya en 1988, Ernest Michel Lacoux, periodista francés
bien conocido por sus sorprendentes colaboraciones en
los medios escritos del país galo. Lacoux denunciaba
entonces el intrusismo de los periodistas en el ámbito
de la literatura creativa, diciendo que ciertos colegas
suyos –y citaba un prolijo listado de profesionales
franceses y belgas, con nombres y apellidos- se estaban
aprovechando con impudor de la plataforma literaria, utilizándola
como sistema viable para medrar en su profesión
y consolidar estatus. “Sin ser escritores ni de
lejos –escribe Lacoux-, figuran como tales gracias
al corporativismo benévolo de la profesión,
que los arropa en toda circunstancia regalándoles
el plácet, sean o no de calidad las obras que publican.
Esos advenedizos de la literatura no son sino gusanos
indeseables en la, otrora sana, manzana de la literatura
nacional”(5) .
Me temo que la pasión personal
por los problemas que acarrea la creación literaria,
me lleva a perderme en andurriales que, aun teniendo sumo
interés, no cabe desarrollar en este momento. Por
eso, haremos un esfuerzo y volveremos al redil de la cuestión
para decir que un cuento es, en palabras del filólogo
Joaquín Alegría, “el resultado de
unir en un texto único y breve la imaginación
y la vida”(6) . Se bate bien la mixtura y se le
añade una pizca de sal de buen estilo, luego se
echa la mezcla a la sartén caliente del buen decir
y tendremos lista la tortilla en un santiamén.
Alegría comenta en otra de sus obras que “al
escritor vocacional le resulta difícil a veces
deslindar vida y creación, haciendo de ambas una
sola manera de existir y de ser”(7) . En esto de
mezclar realidad y ficción, no sólo en la
vida real sino también en los cuentos, imagino
que estará de acuerdo mi amiga Soledad Puértolas,
quien señaló tiempo ha en uno de sus ensayos
que le resultaba prácticamente “imposible
deslindar la vida de la literatura. Supongo –añadía-
que es una especie de deformación profesional,
pero vivo con la sensación de que todo acaba o
puede convertirse en literatura y supongo que le he cogido
cierto gusto a vivir así”(8) . A mí,
como lector fidelísimo de su narrativa, se me antoja
que su punto de vista en relación a cómo
escribir un cuento y qué integrar en él,
no diferirá mucho del expresado por Joaquín
Alegría. El relato es vida en buena parte, sentimiento,
invención también, y por tanto mentira,
suceso, apariencia, color, movimiento, pesadilla. El cuento
viene a ser lo que queramos que sea e incluso más.
Es ficción, creatividad, ensueño, búsqueda.
De la unión de esos ingredientes, aliñados
con gracia y destreza, bien puede salir un guiso sabroso,
una historia que, sin ser verdad a pies juntillas, tampoco
sea mentira. O que sin ser falsa, tampoco sea cierta del
todo aun siendo creíble y atractiva. Como quizá
dijese hoy Tomás Salvador, con ese hablar suyo
tan recio y humano, un cuento es la novela de la vida
reducida a media docena de folios llenos de palabras entretejidas.
Sea como fuere, y definamos el relato
de un modo u otro, tengo la certeza, como afirmaba al
principio, de que escribir cuentos es una labor apasionante.(9)
Ricardo Serna
________________________________
1.- Conocí a Tomás Salvador
(Villada, Palencia, 1921) en 1984, en la capital palentina,
con ocasión de un acto literario en el que tuve
el honor de recibir de sus manos el premio “Ciudad
de Palencia” de narrativa, que llevaba su nombre.
Me pareció buena persona, hombre recto, tradicional,
exigente consigo mismo. Me confesó que él
había empezado a escribir en 1950, sin prisa, y
me recomendó que, si de verdad quería ser
escritor, trasladase mi residencia a Madrid o Barcelona,
que era donde estaban los editores. También me
alentó a tener más paciencia que el santo
Job porque –dijo textualmente- “antes tira
la gente su dinero por una alcantarilla que compra un
libro”. Si bien no le hice caso en su primer consejo,
el de trasladarme, sí procuré seguir el
segundo, y así me tengo por un ser paciente y voluntarioso.
Y la prueba es que, contra viento y marea, sigo escribiendo.
Tomás Salvador consiguió quedar finalista
del premio Nadal de novela en 1951, y obtuvo entre otros
el premio Ciudad de Barcelona y el Nacional de Literatura.
2.- Natacha Olinova, reconocida lingüista rusa y
buena amiga, me dice a menudo que lo del argumento original
es lo de menos, y que lo importante para acertar con un
buen relato es conseguir un planteamiento que enganche
al lector, un desarrollo nítido y fugaz, que despiste
lo menos posible, y un remate campanudo –ella se
refiere a que sea un desenlace sonado, drástico,
sorpresivo- que descoloque y asombre. A mí, sin
embargo, tampoco me parece indispensable que un buen final
tenga que sorprender; bastaría con que fuese imaginativo
y no cayese en la cansina reincidencia de lo vulgar. Personalmente,
me gustan mucho los finales abiertos, esos en los que
dejas al lector babeando medio lelo –más
abobado y atónito de lo que es habitual en él-
porque se percata de pronto, con cierto estupor y algo
de pánico, de que el escritor ha dejado en sus
manos el destino de los personajes. Véase, en todo
caso, el interesante y actualísimo ensayo de OLINOVA,
Natacha, El universo expresivo de la palabra escrita,
Madrid, Barcanoya, 1998.
3.- Sobre el arranque del relato se ha escrito bastante,
aunque a veces de manera difusa y escasamente centrada.
Véase SUSO RIZ, M. Laura, La primera línea,
Buenos Aires, Rulfo Editores, 2001. De esta obra interesa
en especial el capítulo IV, titulado “No
sé qué hacer contigo”, p. 74 y siguientes
de la 1ª edición. O también el estupendo
ensayo de MÚJICA ESTERAS, Déborah, Cómo
principiar un cuento lindo, México D.F., Zarzamora,
1997. Es posible acudir, si se prefiere, a SERRANO ESPLÚ,
Paula, Qué hacer ante el folio en blanco,
Madrid, Santaengracia Editores, 2002.
4.- ANTÚNEZ, Adolfo, Literatura y mundo literario
en los umbrales del siglo XXI, Barcelona, Textos
de Hiel, 2000, pág. 236. Véase también,
a este respecto, DORADO SINGLER, Magdalena, El palo
y la zanahoria. Una historia de buenos y malos, Valencia,
Trotamundi, 2002.
5.- LACOUX, Ernest Michel, Periodismo y literatura.
Dos mundos, el mundo, Barcelona, Pirex Ediciones,
1990, p. 191. El volumen es traducción al español
de la versión francesa de la editorial Gouvert,
1988.
6.- ALEGRÍA, Joaquín, Disquisiciones
acerca del cuento literario, Zaragoza, Moyuela Editores,
2001, p. 565. Véase también el muy atinado
y desternillante ensayo de GARCÍA SANJUÁN,
José Manuel, Cómo diantre se fabrica
un cuento, Pamplona, Editorial Cortes de Navarra,
1999. O si se prefiere, PASCUAL PUIG DEL VALLE, Purificación,
The best way of writing a story, London, Shambles,
2002. Disponible sólo en primera o segunda edición
inglesa.
7.- ALEGRÍA, Joaquín, La vida en la
obra y viceversa, San Sebastián, Milagro Editores,
2000, p. 112.
8.- PUÉRTOLAS, Soledad, La vida oculta,
Barcelona, Anagrama, 1993, págs. 247-248.
9.- Me pregunto con curiosidad si gustará este
relato. |
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SEVERA VIGILIA [segundo poema
del libro www.anónimo.es, 2001] |
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Llegué a la
palabra un mes de gracia del cuarenta y ocho.
Quise quedar tumbado
en las colinas sagradas sin mares inmensos
en la sombra de los veinticinco
contra vientos que servían copas acres mareas
de sortilegios y mentiras dicen.
Llovió hasta llorar de agua
de viento canino
y un día fiero con cara de mono
me mordió las piernas por tobillos y eso
que miradas furiosas de aquéllos
dejadme en la paz muerto soy digo
a los cuatro vientos sin olfato de almuerzo
que nadie obrará sino caridad conmigo.
Llegué a la palabra de agua
de viento canino
y no escucharon el aliento que incipiente firme
viajaba en el aire emborrachado de extraños
elementos.
Visitaba covachas oscuras y el acomodador
me decía que fuera que no que allí
dentro
se sentaba don coronel que venía con bigote
ufano y señora
apestando de París hedores novembrinos.
Y Madrid se hizo carne y habité
mía aun con todo etcétera.
Quimera espejo roto alucinación eso y nada
en balde
conseguí en la urbe de las palabras huecas
donde yo no fui venerado
en el intelecto mundo que estrenaba
como profeta de tardes y caminos.
Visitaba andarines senderos del Retiro
y veredas sumido en los céntimos escasos
que bolsillos
iban y venían luego que más iban que
venían
por bailes sudorosos con alcohol
empapando el pecho de cada uno dos tres meses casi.
Publiqué ese libro del que
tengo dicho
que vergüenza dio venderlo porque decía
baratos o caros sentidas palabras que huían
burlando el cara al sol en la sombra murga
de los afanes y cómo se pusieron algunos
barbados
fuera de sí. Así que me vomité
queriendo sin querer
en la zaragozana gusanera de espacio y canas viejas.
Híceme aquí guardián
de la palabra porque la palabra
es mi yo mismo mi hondura casi en la boca del estómago
amarillo como el caracol que se mete y rebusca
en el centro de su concha con todo
y decidí morirme para Madrid indecente
y sin ojeras. Que los gorilas de manos enormes
se queden pensé sin el postre suculento
de estas carnes regresadas del fastidio.
Y con poco olvidar qué ciudad
que quiero
no vive de noche pensamientos sin título
retuve llamando
marzos y abriles de nubes y cierzo. Vigilia severa
con pluma de pavo y amores y nadas de fuegos.
Con poco olvidar de querubes y pájaros mordidos
pues aquí llegaron mis pasos y mi calva extenso
desierto de ideas tan lleno que nunca
pude enderezar la nuca mi cuello de gallo de oso.
He aquí pues mi yo pródigo
hijo de vuelta mía
de Madrid al cielo y casi nada por eso
que no quise meterme en degüellos sino aulas
muy frías
sin doctores barbudos con eso sí niños
latosos locos
que gritaban y amordazaban la voz director del obeso
búfalo
aun hoy y los despachos del pasillo tan largo y
quedo
en el poniente apenas. |
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INDICIOS PREOCUPANTES [capítulo
segundo de la novela Los días amargos, 2000]
La llaga
seguía creciendo muy lentamente en el borde izquierdo
de mi lengua. Me acuerdo de las curas que yo mismo me
hacía a diario, hasta dos y tres veces, frente
al espejo del cuarto de baño, con mil y un potingues
distintos. A finales de diciembre, ya no sabía
cuál de ellos podría curarme la herida.
Pensaba en lo rebelde de la dichosa ulceración
y empecé a preocuparme en serio. Eso de llevar
una llaga en la boca desde el mes de julio no era normal,
se me antojaba raro. Y más habiéndola tratado
con cien ungüentos supuestamente apropiados al caso.
Al final, el día veintinueve,
tras la festividad de los santos inocentes, acudí
al médico de cabecera de la Seguridad Social, en
el dispensario de la avenida de Navarra, sito ahora en
la calle Santa Orosia. Allí tenía yo asignado
a Anselmo de Torres, un médico cirujano de mediana
edad, que trabajaba también, según pude
saber luego, en un antiguo centro médico del barrio
de Casablanca. El doctor me examinó la llaga y
comentó que no parecía nada serio.
-De todas formas -añadió-,
no cuesta nada que le eche un vistazo el especialista.
Entonces me extendió un volante
para la consulta del dermatólogo. Esa misma tarde
subí al ambulatorio Inocencio Jiménez, en
el número cuarenta y seis de la carretera de Madrid,
donde me dieron cita para el ocho de enero nada menos,
a pesar de mi rotunda insistencia en que me viese el médico
antes de esa fecha. Alegaron que no era posible, pues
nada decía el volante del médico de cabecera
de que el asunto fuese tan urgente como yo alegaba o que
revistiese siquiera la menor importancia.
Volví a casa muy decepcionado.
No me parecía prudente esperar más tiempo
de brazos cruzados sin hacer nada. A ese paso, y con once
días por delante antes de la cita con el especialista,
la llaga podría crecer más de la cuenta.
Hablé con Laura del asunto.
Y ella, harta de oír hablar de mi herida, quiso
verla de una vez por todas. Hasta ese momento no se la
había enseñado nunca.
-A ver, abre la boca.
Confieso que al observar la expresión
de sus ojos, sentí una sensación de extrañeza,
de miedo, una especie de mal presagio que inundó
de pronto mi espíritu y lo llenó de frío.
-Oye, Eduardo, ¿siempre la has
llevado así de grande? -me interrogó.
-¡Nada de eso, qué va!
Esta semana me ha crecido mucho, ya te digo, pero antes
la tenía por la mitad; o menos, si me apuras.
-Pues yo que tú me la iría
a mirar otra vez, y sin esperar al ocho de enero.
-¿Tan mal la ves?
-No, si yo no soy médico, oye.
Pero te quedarás más tranquilo si te dicen
que no es nada, supongo.
-Desde luego que sí, por descontado.
-Pues ya está. No te lo pienses
más y ve a Carlos Moreira, a ver qué te
dice.
-Vale. Mañana mismo iré
sin falta por la mañana.
-¿Quieres que pida permiso en
la oficina y te acompañe?
-No, no, en serio, que no merece la
pena. Si no será nada -añadí, no
sin cierta desconfianza.
-Como quieras. Pero sobre todo no dejes
de ir, no vayamos a hacer el tonto y luego nos tengamos
que lamentar.
Carlos Moreira me visitó en
su clínica privada al día siguiente. Lo
llamé por teléfono sobre las nueve y hablé
personalmente con él.
-Vente cuando quieras, Eduardo. Mejor
sobre las once, si no te va mal. Ya te haremos un hueco
como podamos.
Llegué
a su consulta con diez minutos de antelación. Me
sentía inquieto, no porque creyese que la llaga
podía ser el síntoma de algo serio, sino
por tanto jaleo de ir y venir a unos médicos y
a otros.
Dieron las once y aún tuve que
esperar en la antesala de Carlos Moreira otros diez minutos.
Luego salió una paciente de mediana edad, una señora
rubia con estilo, que dijo adiós muy correcta al
pasar a mi lado. Enseguida me vino a llamar Marijóse,
la enfermera.
Tras saludar a Carlos, le expliqué lo que me pasaba
y solicitó verme la llaga.
-Siéntate un momento, por favor.
Me acomodé en el sillón
quirúrgico y seguí hablándole desde
allí de mi problema. Él andaba mientras
por detrás, preparando no sé qué
cosas para otro paciente al que atendía simultáneamente
en un segundo gabinete. Luego me preguntó por la
familia de Laura y estuvimos charlando amablemente unos
minutos, hasta que vino y se sentó a mi lado en
un pequeño taburete metálico.
-Vamos a mirar esa llaga, Eduardo.
A ver, abre la boca, por favor.
Hice lo que me dijo. Acercó
una lupa grande hasta mi rostro y miró a su través
unos segundos. Luego la apartó, masculló
dos palabras que no pude captar y me dijo que podía
levantarme.
-Mira, Eduardo, no te digo que esto
vaya a ser algo serio necesariamente, verdad, pero te
voy a dar la dirección de un médico que
podrá diagnosticarte con más seguridad.
Yo no lo conozco, sabes, pero me han llegado rumores de
que es un buen especialista. Yo te podría recetar
algo ahora, naturalmente, pero si me dices que has tomado
tantas cosas... Conviene mejor que te lo mires a fondo,
sabes.
Al cabo del tiempo, cuando hubo pasado
lo peor, comprendí que Carlos barruntó aquel
día mi dolencia.
Me apuntó el nombre, la dirección
y el teléfono de ese otro médico en una
cuartilla de recetas. La arrancó del taco y me
la dio.
-No dejes esto de lado, eh.
-No, no, qué va. Hoy mismo llamaré
para pedir la cita -contesté, mientras él
me acompañaba en persona hasta la puerta.
Carlos estuvo muy agradable conmigo
y se negó en redondo a cobrarme un duro por la
visita.
La llaga me empezaba a fastidiar un poco a las horas de
comer. Los alimentos rozaban la herida y sentía
una leve molestia que se iba acrecentando con el paso
de los días.
Por la tarde, a las cuatro y cinco, llamé por teléfono
al doctor Heriberto Cid, el especialista que Carlos Moreira
me había recomendado aquella misma mañana.
Apagué mi pitillo a medio consumir y marqué
las seis cifras de rigor. Al otro lado del hilo, una voz
tajante, algo ronca y lejana, me respondió muy
queda:
-Dígame.
-¿Es el consultorio del doctor
Heriberto Cid, por favor?
-Sí, soy yo mismo.
-Mire, doctor, llamo para pedir una
cita con usted.
-Bien, un momento.
Calló por unos instantes, como
si estuviese reflexionando o consultando una agenda, y
enseguida volvió a llegarme su voz a través
del auricular.
-El día cinco a las seis, ¿de
acuerdo?
-Por favor, ¿no podría
ser antes? -supliqué-. Es que tengo una llaga en
la boca y me siento algo preocupado. La llevo hace tiempo
y no consigo que se me vaya.
-No, lo lamento. Estoy con gripe y
no creo que pueda recibir pacientes estos días.
-Vaya, lo siento. Espero que se alivie,
doctor.
No quise insistir. Me tomó el
nombre y me despedí con la debida corrección,
intuyendo que el carácter del especialista no concordaba
con el mío ni de lejos.
Cuando colgué el auricular,
algo dentro de mí me decía que las palabras
de aquel desconocido iban a dañarme en lo más
hondo. Quizá fuera el tono de su voz, el amargor
de su cadencia o cualquier otra cosa, no sé. Resulta
difícil ahora, después de tantos años,
explicar una sensación semejante. Puede que fuese
miedo; o si no, algo parecido al miedo. Es como cuando
te alarmas porque te parece que huele a gas dentro de
casa. Algo así. Se siente uno molesto, inquieto,
repentinamente preocupado. Te levantas de la silla o de
la cama como un resorte, llegas hasta la cocina y compruebas
inmediatamente la llave de paso, ves que está cerrada
y respiras aliviado.
Creo que aquel miedo me duró
una media hora. Recuerdo que me senté en mi estudio
delante de un libro de Soledad Puértolas -Burdeos,
creo- y empecé a leer, aunque sin enterarme de
nada. Las palabras impresas pasaban a gran velocidad ante
mis ojos como pájaros en una tormenta, deprisa,
muy deprisa, alborotadas por completo. A la vez, pensaba
en la voz del médico, en su posible diagnóstico,
en que Dios no permitiría que fuese nada de particular
y en otras mil cosas al tiempo. Y al cabo de nueve o diez
páginas, me negué a seguir fingiendo. Cerré
el libro de Soledad, lo dejé sobre mi mesa de trabajo
y me fui a la cocina a prepararme un té con leche.
Relaja mucho.
Del día
treinta y uno apenas recuerdo nada significativo, a no
ser la cena de nochevieja; y de una forma un tanto difusa
además. Mis padres nunca han celebrado el final
de año; por espíritu cristiano, según
ellos. Mi padre solía decir a menudo que la despedida
del año viejo es una fiesta pagana, y que un católico
que se precie no tiene que mezclar el rito pagano con
la tradición ortodoxa de la iglesia. Lo escucharía
algún domingo en el sermón de la misa parroquial,
imagino.
Bueno, pues el caso es que no quisieron
salir. Laura y yo acudimos a casa de Laura madre. Me parece
que no se preparó una cena formal, sino una especie
de merienda cena a base cosas frías y calientes,
para ir picando. Mejor así, no obstante. Más
divertido.
Vimos la retransmisión en directo
de las doce campanadas de la Puerta del Sol de Madrid
por televisión. Y a la vez, todos se zamparon,
menos yo, las uvas de año nuevo. Nunca me las he
comido al son de las campanas. Me parecía una estupidez
hacerlo así, y aún me lo sigue pareciendo,
a lo mejor por influencias paternas, no sé. Y no
es que me las dejase, que me las comí como todos
los años, ya lo creo, pero a mi ritmo, haciendo
caso omiso del dichoso y atropellado repique de campana.
Trasnochamos poco: antes de la una y media, Laura y yo
estábamos durmiendo en casa tan ricamente.
El primer día de 1987 amaneció
nublado. Oímos misa por la mañana. Luego,
al salir de la iglesia, fuimos a buscar a mis padres con
el coche para llevarlos a casa de Laura madre. Comimos
todos juntos allí.
Ignoro por qué, pero lo cierto
es que las fiestas navideñas tienen un punto de
tristeza muy especial, un algo que las hace distintas
de otras fiestas sonadas del calendario. La Navidad es
una especie de retorno a la infancia, al belén,
al ensueño de una niñez que se nos escapa
muy despacio como agua entre los dedos. Para mí,
la Navidad era ese nacimiento de corcho que mi padre montaba
siempre en un lateral del comedor, con sus luces intermitentes
de colores dentro de las casitas de piedra, sus montañas
nevadas de harina tan blanca, sus pastores, sus caminos
de serrín amarillo y ese río mágico
de plata de chocolate con su puente arriba. Representaba
la fe en unos principios sólidos y, a la vez, el
cambio, la huida de esa rutina terca que nos acaba encerrando
poco a poco en nuestras miserias y pequeñeces de
seres indefensos.
Aquella Navidad del ochenta y seis
también tuvimos belén. Mi padre lo montó
el domingo anterior a la fiesta de nochebuena. Aunque
sin luces de colores, me parece. A fuerza de lucir año
tras año, se habían fundido todas las bombillas
de puro viejas.
El dos de enero cayó en viernes.
Aun así, la ciudad recuperó en buena medida
su ritmo habitual de actividad. La gente iba y venía
a toda prisa, de casa al trabajo y del trabajo a casa.
Había algunos, mujeres en su mayor parte, que apuraban
el dinero en la compra de algún que otro regalo
navideño de última hora. Para la mayoría,
las fiestas habían llegado a su fin.
Los más afortunados, en cambio,
aún teníamos vacaciones hasta después
de Reyes. Según el decir de la gente, todo un privilegio
de los profesores. Puedo asegurar por experiencia, pues
no en vano he trabajado diez años largos como docente,
que la enseñanza es una labor agotadora e históricamente
mal retribuida. Y eso que yo he tenido suerte, porque
he dado clases con auténtico placer y encima he
cobrado por ello. Pero aun trabajando con vocación,
hay momentos al cabo del curso en que hacen falta unos
días de respiro, de ruptura con el aula, con los
horarios, con la corrección de exámenes
y con la tensión de lo cotidiano. Las vacaciones
de Navidad vienen que ni pintadas para descargar las primeras
tensiones; pasa lo mismo, o algo parecido, en Semana Santa.
En verano, en cambio, la cosa es distinta: los días
son más largos, o nos lo parecen al menos, las
vacaciones se dilatan mucho y hasta se pierden las buenas
costumbres adquiridas en invierno.
Aquellos
días primeros de 1987 no se diferenciaron demasiado
de los primeros del enero anterior. Hasta ese año,
mi vida estuvo edificada sobre tres pilares sacrosantos:
Dios, razón y esfuerzo. Y con estas bases, sólidas
en apariencia como pocas, no resulta sencillo vivir de
manera original, atrevida o diferente. Son tres principios
conservadores y burgueses que te hacen ser respetuoso
hasta la médula, prudente, trabajador y muy reflexivo
sobre todo. Ningún joven es así, qué
duda cabe. Para ser joven, joven de verdad, no puede usar
uno la razón casi nunca, al menos de la manera
que la usa quien tiene fama de razonable, y yo siempre
la he tenido. Y nada digamos de la prudencia.
Tampoco se puede disfrutar en serio de la juventud siendo
esforzado y constante en el trabajo. Así que yo
no habré sido joven en toda mi vida, supongo.
Una educación parecida a la
mía, aunque menos rígida en el aspecto moral
y religioso, tuvo también Carlos Javier Guerrero
-sin el Javier para mí, Carlos a secas-, uno de
los más viejos amigos de mi época colegial
en los hermanos de La Salle, en la Gran Vía de
Zaragoza.
Conocí a Carlos Javier por mediación
de uno de los frailes, un profesor del colegio cuyo nombre
no consigo recordar ahora -¿el hermano Isidoro,
quizá?-, quien nos debió ver a los dos poco
menos que incapaces de hacer amistades por cuenta propia
con la sencillez que es habitual entre los chiquillos
de doce o trece años. Así que le dio mi
teléfono a Carlos y le dijo que me llamase si le
apetecía. Y un buen día Carlos llamó.
Desde entonces somos amigos, y eso que sus caminos y los
míos han sido muy distintos desde entonces, careciendo
de puntos de contacto reales.
Al año de habernos conocido,
yo salí de La Salle para ir interno a un colegio
de franciscanos en la provincia de Teruel. Luego volví
a estudiar a Zaragoza, pero como alumno libre del Instituto
Goya. Y acabé matriculado en el bachillerato nocturno
del Instituto Pignatelli, edificio del antiguo orfanato
y sede actual de la Diputación General de Aragón.
El inmueble ha sido saneado y remodelado hasta en los
más pequeños detalles. Cuando yo estudiaba
en él -aún vivía entonces el general
Franco-, no había ni un cristal sano en los pasillos,
las baldosas se levantaban al pisar, crujían de
un modo alarmante las tarimas de madera, los servicios
eran espantosos y las aulas se caldeaban en invierno con
estufas de leña que nada podían contra el
frío terco que penetraba por doquier desde la calle.
Carlos, en cambio, no se movió
de La Salle hasta concluir el bachillerato superior. Y
luego, tras hacer la mili, no quiso estudiar más.
Dijo que estaba harto de libros y que no pensaba volver
a verlos ni de lejos.
Esto viene a cuenta de que, durante
esos primeros días del año ochenta y siete,
de triste memoria para mí, salí por ahí
con Carlos en varias ocasiones. Él andaba entonces
preparando unas oposiciones para la administración
del Estado. Se le había metido en la cabeza ser
funcionario, y al final ha terminado dándose el
gustazo.
Ya no recuerdo bien adónde fuimos
esos días. Seguramente, a tomar algún café
por ahí y a charlar de nuestras cosas: yo de mis
clases, mis alumnos y mis escritos, él de sus problemas
con las dichosas oposiciones de marras que tanto le obsesionaban.
También me cité esa semana
con José Manuel y con Puri. Estuvimos tomando algo
en un local muy agradable próximo a la calle Bretón.
Eso fue el sábado por la mañana. Éramos
entonces, como digo, un trío magnífico y
bien tramado, y nada se nos ponía por delante a
la hora de quedar citados para vernos un rato.
Y no sé si ese mismo día
o al siguiente, también estuve en casa de mi tía
Rosario, hermana de mi madre, y de mi primo Pedro. Se
me antoja que fue el sábado a la hora del café.
En honor a la verdad, debo decir que Pedro hace un café
a fuego lento de los que quitan el hipo. Y el sueño.
Y todo lo que haga falta.
Estuve charlando un rato con ellos y luego marché
a recoger a Laura para dar un paseo por ahí. Me
esperaba en casa de su madre a eso de las siete.
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SIN QUERERLO APENAS ESCRIBO POR TI
[poema II del libro La
construcción de la rosa, 1999]
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II
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Sin quererlo apenas escribo por
ti.
Algodón templado bajo acero blanco.
Sin buscarlo apenas anhelo tu sueño
y el beso de la mar en mis labios nuevos.
Las manos escriben cansinas al alba
mirando la estela que la noche hilvana.
Campiña de vidrio, sentidos marchitos
en plena inconsciencia siniestra del alma.
Sin quererlo apenas te evoco despierto.
Te quiero, mi bien. Aguardaré en silencio
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VOY TOCANDO FONDO
[poema II del libro Es
de piedra el poeta, 1999]
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II
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Voy tocando fondo
entre lirios blancos de perfume eterno.
Voy palpando el hoyo de tus ojos muertos,
de tus manos frías o tu aliento quedo.
Y me voy llorando, sufriendo por
dentro.
Muero al recordarte mientras pasa el tiempo.
Se quedan mis rosas marchitas, ajadas,
maltrechas, desnudas al pie de la tumba.
Se muere la tarde, solloza la luna.
Sempiterna quietud de la tierra muda.
Te has quedado triste, muy fría,
sin habla.
Y es que ya no sientes los golpes del viento
contra el pulso abierto de la etérea frente.
Adoro tu nombre y afirmo que yerra
quien llamarte quiera con verbo de muerte |
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FAMILIA, NACIMIENTO
[capítulo II del ensayo Masonería
y Literatura. La Masonería en la novela emblemática
de Luis Coloma, 1998]
El testimonio más antiguo para
conocer la vida de este escritor atípico data de
1891. Se trata de la Biografía de Luis
Coloma escrita por Emilia Pardo Bazán(1). Vendrían
después un estudio del P. Constancio Eguía,
publicado por Razón y Fe en 1915, y, sobre todo,
el Estudio biográfico y crítico
del jesuita Rafael María de Hornedo(2). Hay alguna
cosa más, pero nada esencial para el descubrimiento
de alguna faceta desconocida o poco estudiada de Luis
Coloma(3).
Dejando aparte a los antepasados lejanos
del escritor, cuya vida y milagros vamos a obviar aquí
por variadas razones, recalaremos brevemente en sus padres.
Los ascendientes del padre de Luis Coloma procedían
del valle de Mena, en la zona montañosa de la provincia
de Burgos. El abuelo paterno de Coloma emigró a
Cuba, dejando en España a su esposa doña
María y a su hijo Ramón, estudiante de medicina.
Este Ramón sería, con los años, el
padre de nuestro insigne y controvertido novelista(4).
Una vez asentados en Cádiz,
Ramón conoce a Rita Michelena Espiau, que iba a
ser su primera esposa aunque no la madre de Luis, fruto
del segundo matrimonio de su padre. Se casaron Rita y
Ramón el 13 de febrero de 1832 en la parroquia
de San Antonio, de Cádiz. Transcurrido breve tiempo
en su nuevo estado civil, el padre de Coloma se embarca
como médico de fragata con destino a las Antillas(5).
Regresó a España en 1833 y se estableció
en Jerez con la familia, donde compró una casa
que había sido propiedad, en tiempos, de los marqueses
de Zafra(6).
Fallecida Rita Michelena el 20 de enero
de 1846, tras el octavo parto, dejó viudo a don
Ramón con cinco hijos vivos. Pasados diez meses,
y por consejo de parientes y amigos, Ramón volvió
a casarse, esta vez con María de la Consolación
Roldán García, jerezana de veintiún
años de edad. Lo hacen el 26 de noviembre de 1846
en la parroquia de San Miguel. La nueva esposa, diecisiete
años más joven que él, fue querida
por todos, incluso por sus hijastros, quienes la llamarían
familiarmente "mamá Consuelo". Con ella
tuvo Ramón Coloma catorce hijos, de los que once
llegaron a la mayoría de edad.
El tercer hijo de este matrimonio fue
Luis, que vino al mundo en Jerez de la Frontera, el 9
de enero de 1851, a las seis de la mañana.
_____________________________
1.- La
escritora coruñesa publica Estudio crítico
de Feijoo (1876), La cuestión palpitante
(1883), intento de conciliar el radicalismo naturalista
de la novela francesa, poco acorde con el cristianismo,
con el movimiento realista español, más
delicado en su estética formal; La revolución
y la novela en Rusia (1887), Polémicas
y estudios literarios (1892) y La literatura
francesa moderna (1910). Su tendencia naturalista
se manifestó, como sabemos, en sus novelas: Un
viaje de novios (1881), La tribuna (1882),
El cisne de Vilamorta (1885), La madre naturaleza
(1887) y, sobre todo, Los pazos de Ulloa
(1887). Vendrían luego Insolación
(1883), La prueba (1890), La piedra angular
(1891) y Un destripador de antaño (1900).
Conforme la novelista entra en años tiende hacia
el pesimismo, algo nada extraño en la literatura
finisecular. La fluidez en los diálogos es una
de sus características, y de ella es tributaria,
sin duda, la obra de Luis Coloma, quien además
de admirador de la dama, fue también cordial y
fiel amigo suyo. Cfr. GONZALEZ LOPEZ, E., Emilia Pardo
Bazán, novelista de Galicia. Nueva York. Hispanic
institute, 1944. Cfr. PAREDES, J., Los cuentos
de Emilia Pardo Bazán. Granada. Universidad,
1979. Cfr. LOPEZ SANZ, M., Naturalismo y espiritualismo
en la novelística de Galdós y Pardo Bazán.
Madrid. Pliegos, 1985.
2.- Este documentado y minucioso estudio se editó
como introducción a la 4ª edición de
las Obras completas, Madrid, Razón y Fe,
1960. En él, Hornedo se explaya a gusto y da lo
que sabe, que no es poco, acerca de Coloma.
3.- Tenemos, por ejemplo, lo publicado por GARCIA CARRAFFA,
Alberto y Arturo, Españoles ilustres (1918),
que tampoco desvela nada nuevo en relación a la
vida o la obra del escritor jerezano. Interesante, en
cambio, es la correspondencia privada del escritor, consultada
en su día por Hornedo. En 1947, Luis FERNANDEZ
publicó el epistolario de Coloma con los duques
de Villahermosa, documentación de valor, no sólo
por los contenidos de las misivas, sino también
por el conocimiento humano que de ellas se desprende.
Algo parecido podríamos decir de las cartas familiares
de Coloma y los papeles y anotaciones personales, recogidos | | |